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2017 - LA VENIDA EN LA CARNE DEL HIJO DE DIOS

(Domingo IV de Adviento -B-, 24-XII-2017) “El misterio manifestado ahora”

2 Sam 7, 1-5.8b-12.14a.16; Sal 88         Rom 16,25-27              Lc 1,26-38

          El IV de Adviento, está consagrado en los tres ciclos de lecturas a proclamar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Es el domingo de las anunciaciones a José (año A), a María (año B) y a Isabel (año C). Este año corresponde proclamar el pasaje evangélico de san Lucas, el relato de la anunciación a María. En torno a este relato giran las demás lecturas de la palabra de Dios, tanto la profecía como la reflexión del apóstol que aluden a la naturaleza y a la misión del Salvador. Jesús es presentado en las palabras del ángel como el Hijo de David, el soberano esperado cuyo reino no tendrá fin (Lucas 1, 32-33). Este evangelio se proclamó ya en la pasada festividad de la Inmaculada Concepción de María para mostrar la razón de los dones y gracias que adornan a la Madre del Señor. Pero hoy nos invita a fijarnos aún más en aquel que es anunciado y en los títulos que lo caracterizan.

La llegada del Mesías anunciado como Siervo paciente  

Durante siglos, Israel esperó la llegada del Salvador, pero el anunciado por los profetas era imaginado de diversas maneras: unos esperaban a un Mesías espiritual y religioso; otros, la mayoría del pueblo, a un libertador que superaría las gestas del rey David y llevaría a Israel a su mayor esplendor. Las palabras de la anunciación a María proclaman que Jesús es, desde la encarnación, el Hijo de Dios e Hijo de David, Dios y hombre verdadero, nacido desde la eternidad del Padre y heredero de una larga tradición que culmina en su persona.

Durante toda su vida el Señor tuvo que soportar la tensión entre esos dos títulos mesiánicos que, ante la falta de fe de los judíos contemporáneos, se convirtieron en motivo de acusación y de su condena a muerte en la cruz. Jesús fue ungido por el Espíritu Santo como Mesías en el bautismo del Jordán, Mesías-Rey, Sacerdote y Profeta. Pero también como Siervo paciente de Yahweh para redimir a los hombres. Fue en la resurrección cuando se demostró que él es el Señor de todos (cf. Jn 20,28). La misma tensión se produce ahora, cuando muchos cristianos no saben reconocer al Hijo de Dios que vino como esperanza de salvación para todos los hombres y que hoy sigue ofreciendo su salvación y su amor para perdón de los pecados e instauración de su reinado de amor, de mansedumbre y de paz.

No hay más que fijarse en cómo se celebra hoy la Navidad en muchos lugares, despojada de su significado cristiano y presentada como la fiesta ancestral del triunfo de la luz sobre las tinieblas de la noche y justificando toda clase de diversiones y de derroches propios de un nuevo paganismo. Por eso es necesario escuchar con más atención y cuidado el eco de la voz de los profetas: Dios es fiel a sus promesas, pero éstas no siempre se realizan como nosotros, desde nuestra limitación, las entendemos o las queremos interpretar.

Jesús, único Salvador del mundo ayer, hoy y siempre

En la segunda lectura se nos decía, como correcta predicación acerca del Mesías anunciado en las Escrituras antiguas y reconocido en el Nuevo Testamento, que Jesucristo puede fortalecernos y consolidarnos verdaderamente, según el Evangelio proclamado “conforme a la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora mediante las Escrituras proféticas, dado a conocer según disposición del Dios eterno para que todas las gentes llegaran a la obediencia de la fe” (Rom 16,25-26; cf. Col 1,26). En nadie más que en Jesucristo se encuentra la salvación. Pero es preciso que los creyentes en Jesucristo lo tengamos en cuenta y lo manifestemos con nuestras palabras y obras. 

La Navidad es una de las fiestas que más profundamente han calado en la cultura de todos los pueblos en los que fue sembrada la semilla de la fe cristiana. Pero hemos de reconocer que, actualmente, como consecuencia del doble fenómeno de la globalización y de la secularización de la vida con olvido de la fe, lo que prevalece no es precisamente la celebración evocadora del nacimiento histórico de Cristo en Belén y de su renovada eficacia transformadora de nuestras vidas sino el ropaje festivo, las luces, el árbol y otros elementos decorativos que incluso han arrinconado poco a poco las representaciones del “Nacimiento”. Sin apenas darnos cuenta, se ha ido destilando lenta pero insistentemente la idea de que la Navidad, en el fondo, no es sino el revestimiento cristiano de ideas y cultos ancestrales relacionados con el solsticio de invierno. Por eso, pública y privadamente, se silencia o disimula la referencia a los hechos narrados en los evangelios y se prima lo puramente superficial y ajeno a la fe cristiana, incluso por personas que se consideran creyentes.

Por este motivo los cristianos conscientes estamos llamados a celebrar la Navidad primando la referencia a Jesucristo y a los hechos transmitidos por la tradición cristiana, sin olvidar su mensaje y su fuerza transformadora, teniendo mucho más en cuenta a aquel cuyo nacimiento se conmemora e imitando las actitudes que tuvieron quienes lo recibieron gozosa y provechosamente en Belén. Para celebrar cristianamente la Navidad debemos imitar la humildad y la fe de María, la obediencia de san José y su asombro ante los planes de Dios; e incluso la alegría de los pastores que acudieron a reconocer al Niño y a su Madre y ofrecerle sus modestos regalos. Pidamos, finalmente, al Señor que nos conceda a todos en esta Navidad “llegar a la alegría de tan gran acontecimiento y celebrarlo siempre con solemnidad y júbilo desbordante” (Misal Romano).

+ Julián, Obispo de León

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