Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. 

2017 - SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

(Santa Iglesia Catedral, 8-XII-2017)  "Estrella de la esperanza"

Gn 3,9-15.20; Sal 97                            Ef 1,3-6.11-22                          Lc 1,26-38

           La solemnidad de la Concepción Inmaculada de la Virgen María, cuando apenas hemos comenzado el tiempo de Adviento, ha representado siempre una invitación a celebrar y vivir con mayor alegría y esperanza, si cabe, este tiempo litúrgico de preparación de la Navidad, caracterizado, entre otros aspectos, por el gozoso anuncio de la renovada venida del Señor. Nadie como Ella, la “llena de gracia” y preservada de toda mancha original “en previsión de la muerte de Cristo”, como enseña el Magisterio de la Iglesia, ha vivido tan intensa y ejemplarmente la espera del Redentor de los hombres.

1.- María, la Virgen del Adviento, esperanza nuestra

La fiesta de “La Purísima”, como la denomina cariñosamente nuestro pueblo, ha gozado siempre de profundo arraigo en España que la nombró Patrona del Reino y de diversos cuerpos castrenses. Anoche, después de la vigilia en la parroquia de Nuestra Madre del Buen Consejo, salimos todos, a pesar de la lluvia, a cantar la Salve ante el monumento a la Inmaculada en la plaza que lleva su nombre. Resulta estimulante también la devoción a María entre los más jóvenes de la Iglesia, los adolescentes y los niños, en el homenaje que los alumnos de varios colegios católicos ofrecieron a la Virgen Blanca que preside la fachada principal de nuestra catedral el pasado lunes, día 4 de diciembre, convocados con motivo del Año pastoral diocesano vocacional que venimos celebrando.

Estamos en Adviento, como dije antes. Y, acercándose la Navidad, María brilla como “Estrella de la esperanza”, título que le dio el papa, hoy emérito, Benedicto XVI en 2007 en la encíclica “Spe salvi”  (“Salvados en la esperanza”), porque, ¿quién mejor que María podría ser para nosotros ‘Estrella de esperanza’? Ella que con su «sí» abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo. Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros y plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)” (Spe salvi, n. 49).

Repasando los evangelios, especialmente los de la infancia de Jesús, reconocemos en María a la más insigne testigo de la expectación del pueblo de Dios que esperaba el “consuelo de Israel” y la “redención de Jerusalén” (cf. Lc 2,25.38). María, que escuchó del ángel Gabriel que concebiría y daría a luz al “Hijo del Altísimo” y descendiente de David en lo humano, para hacer realidad aquella esperanza (cf. Lc 1,32-33), le respondió con su “Hágase en mí según tu palabra” (1,38b). Gracias a Ella y a su respuesta obediente, se cumplieron las promesas hechas a Abrahán y a su descendencia (cf. 1,55). Por eso hoy la invocamos como “Virgen del Adviento, esperanza nuestra”.

2.- María, Inmaculada desde el primer instante de su ser

La Eucaristía de hoy en nuestra catedral, entre las celebraciones más solemnes del año, quiere ser testimonio también de la mencionada relevancia y arraigo de esta fiesta que -no lo olvidemos- tiene también un doble significado, cristológico y eclesial. Es precisamente el prefacio de la Misa el que nos recuerda que María fue liberada “de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna Madre” de Jesucristo y “comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura”.

María, saludada por el arcángel Gabriel como “la llena de gracia”, había sido embellecida por un don singular que la situó muy cerca de Dios. El magisterio de la Iglesia ha definido como verdad de nuestra fe el significado de ese favor divino. Fue la preservación, en la futura Madre del Redentor, de lo que conocemos como el pecado original, esa mancha que desde la desobediencia del paraíso ha contaminada a todo ser humano que viene a este mundo. Solamente María, a semejanza de su Hijo Jesucristo, Dios y hombre verdadero, se vio libre de esa culpa. Por eso en Occidente nos referimos a María como “la Inmaculada” o “la Purísima” como indiqué al principio, mientras que el Oriente cristiano la llama “Panagia”, la “Toda Santa”.

        Detengámonos un momento sobre este sugestivo aspecto del misterio de la María que resalta con fuerza la fiesta de hoy, porque la liberación de toda mancha de pecado desde el primer instante de su ser, fue en ella y para ella una victoria de la gracia divina; y para la humanidad, sujeta a la esclavitud de la culpa original, la confirmación de una esperanza. En efecto, nada en la vida de la Santísima Virgen se había opuesto a la voluntad de Dios o fue fruto de la infidelidad, el egoísmo o la desobediencia.

3.- La fuerza de la gracia de Dios actúa también en nosotros

En María todo fue siempre luz, gracia divina y belleza radiante. Al contrario de lo que sucede en la vida de todos los seres humanos convertida en una lucha entre el bien que deseamos realizar y el mal que termina seduciéndonos. Basta con asomarse a los medios de comunicación e incluso con observar la vida diaria, para advertir, por ejemplo, los signos del lamentable fenómeno de la corrupción que ensucia todo lo que toca. Lo lamentamos, es cierto, pero el hecho está ahí con su fuerza degradante y contagiosa que echa por tierra la moralidad privada y pública, afectando especialmente a los jóvenes. Todos tenemos experiencia de esto. Por eso debemos exigir y exigirnos a nosotros mismos una limpieza mayor en la vida, en las costumbres y en los actos.

La gracia de Dios, victoriosa en María Inmaculada, nos puede ayudar mucho a creer que es posible vencer el mal que anida en la sociedad y en nosotros mismos. Y a confiar, así mismo, en que el respeto por la justicia y el deseo del bien, sobre todo si van acompañados de la fuerza del amor, pueden sanear las estructuras, purificar las conciencias y estimular las voluntades para transformar la realidad que lamentamos. Lo que acabo de decir puede parecer una utopía irrealizable. Sin embargo los creyentes tenemos puesta nuestra confianza en la “gracia de Dios” que actúa en nosotros, y en el auxilio que Él nos ofrece para responder a sus llamadas o requerimientos.

Esa ayuda no limita nuestra libertad sino que la fortalece para que actuemos en conformidad con la voluntad divina. Tengámoslo en cuenta a pesar de que muchos de nuestros deseos y proyectos, inicialmente nobles, se contaminan a veces por moti­vos menos confesables, y porque muchas aspiraciones nobles y de servicio se degradan con frecuencia. Sin embargo, la limpieza de miras, la honestidad y la generosidad siempre son posibles con la ayuda de Dios que nunca niega a quienes la piden sinceramente.

            Que la santísima Virgen María, la “toda hermosa” (“tota pulchra”) y “bendita entre todas las mujeres” (Lc 1,42.), nos alcance la gracia de creer firmemente que la gracia es más poderosa que el pecado, que la honestidad es más vigorosa que la corrupción y que la belleza del corazón y del alma es más atractiva que la figura externa.

 + Julián, Obispo de León

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65