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2017 - EUCARISTÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS EN EL 75 ANIVERSARIO DE LAS RR. DISCÍPULAS DE JESÚS

(León, 2 de diciembre de 2017)                 Fil 3,8-14; Sal 39          Jn 1,35-42

          Estamos a punto de estrenar un nuevo año litúrgico con el Adviento, un tiempo especialmente simpático no solo porque inaugura un renovado “sagrado recuerdo” del misterio Cristo (cf. SC 103) sino también porque nos dispone para celebrar y anunciar con nuestras palabras y testimonio el acontecimiento, siempre actual, de la presencia del Señor en nuestras vidas. El Adviento, tiempo esencialmente de espera y de esperanza, nos prepara para esa venida del Señor en el misterio de la Navidad, pero enfocando también nuestra mirada hacia la manifestación gloriosa de Cristo al final de los tiempos.

1.- El Adviento, marco ideal para celebrar y dar gracias

             No perdamos de vista, pues, esta realidad y actuemos de manera coherente. El mensaje del Adviento es una llamada para que aprovechemos el tiempo que transcurre veloz con el pasar de los días, de las semanas, de los meses y de los años, pero que constituye la oportunidad que Dios nos da para hacer el bien: “¡Despierta, que viene el Señor!” es el grito de aviso que nos hace la liturgia. Aunque es cierto que vino ya en el pasado histórico y que vendrá en el futuro, sin embargo sigue viniendo hoy en cada acontecimiento grande o pequeño de nuestra vida. El Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que no es un Dios instalado en el cielo y desinteresado de nuestra existencia y de nuestras pequeñas o grandes cosas, sino que es el “Dios-que-viene y que está siempre cerca”, el “Dios con nosotros” que en Jesucristo se hizo hermano nuestro y compañero de viaje en esta vida.


            Al comienzo de este tiempo, litúrgico y existencia, nos han convocado hoy las Religiosas Discípulas de Jesús para dar gracias al Señor por los primeros 75 años de la Fundación de su Instituto Religioso en el año 1942, aunque su fundador, el beato Pedro Ruiz de los Paños, sacerdote operario diocesano, había sido asesinado por odio a la fe en Toledo seis años antes, exactamente el 23 de julio de 1936, apenas iniciada la contienda civil, habiendo trazado ya las líneas fundamentales de su obra. D. Pedro fue beatificado por el papa san Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995. Junto al recuerdo de este testigo de la fe, ¿cómo no evocar hoy también la figura de otro beato mártir que colaboró con D. Pedro y que tenía que ser más conocido en León puesto que fue rector de nuestro Seminario Diocesano desde el año 1931? Me refiero a D. Miguel Amaro Ramírez que  y dio su vida igualmente en testimonio de la fe el 2 de agosto en el mismo año que D. Pedro y en la misma ciudad de Toledo, beatificado a su vez en 2013 en Tarragona.

2.- La fundación del Instituto de las Discípulas de Jesús

          Este celoso sacerdote, que trabajó siempre con plena dedicación y entrega y que aprovechaba las horas libres para confesar, cuando tuvo conocimiento del proyecto del beato Pedro Ruiz de los Paños de fundar la Congregación de las Discípulas de Jesús, le proporcionó las primeras vocaciones entre sus dirigidas espirituales. Tengo especial interés en recordar al beato Miguel Amaro como gran promotor de vocaciones,  precisamente en este Año pastoral diocesano y vocacional que estamos celebrando en nuestra diócesis. El hecho es que aquella obra de Dios esbozada por D. Pedro Ruiz de los Paños, hizo posible que en 1952 las Discípulas se estableciesen en León con varias dedicaciones, de las que permanecen hoy la atención a los sacerdotes en nuestra Residencia Sacerdotal y la educación en el Colegio de las Discípulas.

         Estamos en Adviento, como recordé al principio, en un Adviento que no es ya el de los intrépidos fundadores y ensoñadores mencionados sino el nuestro, el que nosotros debemos vivir y celebrar con la mirada puesta, especialmente durante las dos primeras semanas de este tiempo litúrgico, en la venida del Señor al final de los tiempos. A todos nos resulta más fácil pensar en la Navidad, fiesta de gozo desbordante, ¡cómo no! Sin embargo la liturgia nos hace levantar la mirada hasta enfocarla en la última manifestación del Señor en la historia humana. Este ejercicio no resulta tan fácil, porque comprende un toque de atención en nuestra vida para que olvidemos que no tenemos aquí morada permanente. Lo sabemos, es cierto, pero procuramos no pensar demasiado en ello. Muy al contrario de lo que hicieron los beatos fundadores de las Discípulas a los que he aludido antes.  

3.- En el clima del Adviento

         Al preparar esta homilía me he fijado especialmente en las palabras finales de la primera lectura porque me parecen de una gran belleza y muy estimulantes para todos: “Solo busco una cosa -decía el Apóstol-: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante,  corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús” (Fil 3,13-14). San Pablo hablaba de su vida pasada, de lo que fue como converso y de lo que hizo como apóstol. Pero eso ya no le importaba. Antes había dicho que lo consideraba “basura”, es decir, un peso inútil del que se desprendió sin sentimiento porque, como a todo corredor en el estadio de la vida, lo que importa es alcanzar la meta, el premio por el que vale la pena esforzarse sin volver la mirada al pasado. En la vida cristiana hay metas, sobre todo una gran meta según las promesas del Señor, que consiste en el premio asegurado a quien persevera. No precisamente a quien llega el primero, sino al que resiste hasta el final.

            En el evangelio proclamado, bajo otra imagen, la de una invitación a ir con Jesús y ver dónde vivía, se nos viene a decir lo mismo: hay que ponerse en camino, es preciso avanzar para alcanzar un deseo, un ideal, una posesión que en el caso de los discípulos de Juan consistió en entrar en el círculo de Jesús aunque para eso tuvieran que dejar al Bautista. “Venid y veréis” les dijo el Señor. Y”entonces fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él” (Jn 1,39). Uno de esos discípulos fue Andrés que, enseguida, compartió la buena nueva con su hermano Simón Pedro y lo condujo hasta Jesús (cf. Jn 1,40-42). El otro discípulo fue posiblemente el propio Juan. ¡Qué tres hermosas vocaciones se lograron aquel día! Aquellos discípulos pusieron en práctica lo que más tarde diría san Pablo: dejar el pasado, representado por Juan el Bautista, para encontrar en Jesús lo que realmente esperaban.

            Con mi felicitación y con el agradecimiento de la diócesis de León a las Discípulas de Jesús por su presencia y testimonio, pido al Señor, por intercesión de los beatos Pedro Ruiz de los Paños y Miguel Amaro que las confirme en su hermosa vocación docente como expresión también de su personal seguimiento de Jesús -no en vano se llaman “discípulas” suyas- y les conceda, a ellas y a nuestra Iglesia diocesana, las vocaciones que tanto necesitamos.

            + Julián, obispo de León

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