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2017 - EXEQUIAS DE MONS. ANTONIO RECIO DÍEZ

(Parroquia de San Pedro ad Vincula, Crémenes 24-XI-2017)
"No nos aflijamos como los que no tienen esperanza"

2 Cor 4,l4-5,l; Sal 114                                               Jn 14,1-6

            Con profundo sentimiento nos reunimos para confiar en las manos amorosas de Dios a nuestro hermano Antonio, a quien la muerte lo ha arrebatado después de una larga y dura enfermedad. Todos los que lo hemos conocido y nos hemos beneficiado de su buen hacer, de su lealtad y competencia, hemos sufrido también al percibir su progresivo deterioro físico. Los últimos años de su vida han representado una dura prueba y una manifestación de la impotencia humana ante la evolución de una situación irreversible y desesperanzadora. Sin embargo, estaba entre nosotros y para todos era un motivo de admiración ver su paciencia y su dejarse en las manos de quienes le cuidaban con profundo amor y delicadeza.

            Situaciones como la que ha vivido D. Antonio no son fáciles de asumir porque la enfermedad frustra todas las expectativas y echa por tierra cualquier proyecto de vida comenzando por las responsabilidades confiadas y siguiendo por las tareas pastorales propias. La decadencia física, a veces acompañada del debilitamiento espiritual, contribuye también al fortalecimiento interior y a una unión más intensa del hombre con Dios Padre compasivo y misericordioso. La hoja de servicios de nuestro querido D. Antonio a la diócesis ha abarcado, podemos decir, los más variados grados del servicio pastoral: Ordenado sacerdote en junio de 1973 por el obispo Mons. Luis María Larrea, atendió durante una primera etapa varias parroquias de la zona de Babia, de la que fue también arcipreste, antes de realizar estudios de Derecho Canónico en Roma, pasando posteriormente, entre otros cometidos, a ser Vicecanciller y Canciller Secretario del Obispado, Juez prosinodal, profesor del Seminario y miembro de varios organismos diocesanos hasta ser Secretario general del Sínodo Diocesano de León y miembro de los principales organismos colegiados de la diócesis con Mons. Antonio Vilaplana y, ya conmigo, Vicario General de la Diócesis y colaborador del Cabildo colegial de San Isidoro hasta que la enfermedad que ha padecido se manifestó con su fuerza arrolladora obligándole a pasar a nuestra residencia sacerdotal de asistidos “San Juan Pablo II”.

            En todas estas dedicaciones, pero muy especialmente en el último testimonio pastoral que ha sido su enfermedad, todos los que hoy sentimos su pérdida encontramos un motivo de profunda admiración y gratitud porque en las cosas de Dios lo que más cuenta no es el brillo externo y el éxito humano sino la identificación con Jesucristo, el Siervo probado y varón de dolores. Esto no es fácil de comprender y menos en nuestra época en la que todo el mundo aspira a triunfar y a deslumbrar. Solo desde la fe, o sea, mirando a Jesucristo que nos redimió en la cruz, empezamos a encontrar una primera explicación, nada fácil de aceptar y menos en nuestra sociedad que admira solo a los que triunfan. 

            Porque aquí es donde el creyente, ayudado por la solicitud amorosa de personas amigas, de los compañeros y de la familia, experimenta un cambio que se va haciendo consciente y lúcido poco a poco. Es cuando la confianza se vuelve hacia Dios y la fe asegura que "si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos” (2 Cor 5,1).

            Los que atienden a los enfermos, los que los visitan, los que están más cerca de ellos por los vínculos familiares o de la amistad, a veces sólo perciben largos silencios y algún que otro gesto de tristeza o de resignación pero que, en el fondo, es también de aceptación de los cuidados de los demás y de confianza en la bondad de Dios y de profunda paz interior. Se trata de una experiencia muy difícil, pero real y posible. Es justamente lo que decía san Pablo como palabra de Dios: "Aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día " (2 Cor 4,16). Y algo que a todos cuesta tanto aceptar: que "todo esto es para vuestro bien", como aseguraba la misma lectura (cf. ib. 4,15). San Pablo, que sabía mucho de persecuciones y de sufrimientos de toda clase, recuerda también, en la Carta a los Romanos, que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio" (Rom 8,28).

           Queridos hermanos: No nos aflijamos como “los que no tienen esperanza" (1 Tes 4,13), porque, efectivamente, todo es para nuestro bien (cf. 2 Cor 4,15) y si miramos a lo que nos espera más allá de esta vida, cualquier tribulación nos parecerá breve, cualquier sufrimiento nos resultará soportable, y cualquier carga será ligera. Porque "lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno" (Jn 14,18). El Señor nos ha dicho en el Evangelio: "No se turbe  vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas... voy a prepararos un lugar" (ib. 14,2). Esta promesa la hizo el Señor a los discípulos en la última Cena, a los que más adelante llamó "amigos" porque quería compartir con ellos los secretos del Reino de Dios (cf. ib. 15,14-15).

         El Señor quiere que donde está Él, estemos también todos sus discípulos (cf. Jn 14,2-3), pero especialmente los que han sido asociados y asimilados a él no solo como sacerdotes y ministros suyos sino, muy especialmente, mediante ese otros sacerdocio ejercido en el altar de la cama o de la silla de ruedas. Con esta confianza, con la certeza de que el Señor cumplirá su promesa, encomendamos a nuestro querido D. Antonio a la misericordia infinita del Padre, al tiempo que nos despedimos de él y agradecemos, en nombre de la Iglesia diocesana y de todo el presbiterio, no solo su dedicación ministerial sino también y muy especialmente su mansa identificación final con el Cristo de la pasión y de la cruz. Que el Señor conceda también a sus familiares y personas más cercanas el consuelo cristiano.

+ Julián, Obispo de León        

Ayer, antes de dejar la asamblea de la Conferencia Episcopal comuniqué el fallecimiento de D. Antonio a varios obispos que lo conocieron. Todos de manera unánime y sentida me manifestaron el afecto hacia D. Antonio, que lo encomendaban al Señor y que transmitiera su sentimiento a su familia y al presbiterio diocesano. Fueron el hoy cardenal D. Fernando Sebastián que fue obispo de León,  D. Ricardo Blázquez, D. Carlos Osoro (que fue vicario general de Santander) y los obispos que pertenecieron y los que pertenecen actualmente a la Provincia Eclesiástica de Oviedo, muy especialmente el actual obispo de Astorga y el más cercano a D. Antonio y a todos nosotros D. Jesús Fernández, actual obispo auxiliar de Santiago, vicario de pastoral cuando D. Antonio lo era general.

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