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2017 - SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DEL CAMINO

(Basílica-Santuario, 15-IX-2017) "Se convirtió en autor de salvación eterna"

            Jdt 13,17-20; Sal 30;             Hb 5,7-9             Jn 19,25-27

            Un año más nos encontramos reunidos para celebrar la solemnidad de nuestra Reina y Madre la Santísima Virgen del Camino, Patrona de la Región leonesa. Un año más  nos detenemos a contemplar con amorosa devoción su imagen, evocadora del momento en que Jesús, bajado de la cruz, fue colocado en los brazos de María. Ella había asistido -podemos imaginar con qué dolor y amargura- al último acto de la pasión de su Hijo, posiblemente desde el principio de la crucifixión como se puede deducir del testimonio del evangelista san Juan, presente también en el Calvario: "Estaban de pie junto a la cruz de Jesús su madre, María de Cleofás, hermana de su madre, y María Magdalena..." (Jn 19,25). Así lo refleja también el famoso himno o secuencia “Stabat Mater”"Estaba la madre llorosa,  junto a la cruz dolorosa,  de donde su Hijo pendía".

1.- “Una espada te traspasará el alma”

 Culminaba así toda una etapa, definida por la alternancia de los momentos de gozo y de dolor en la vida de María, unida siempre a su Hijo y asociada a su misión redentora, incluso antes de su nacimiento cuando, buscando alojamiento en Belén, “no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7). Ahora se cumplen y de qué modo las palabras proféticas del anciano Simeón relativas a la espada de dolor que traspasaría el alma de la Madre cuando llevaron al Niño Jesús al templo, cuarenta días después del nacimiento, para cumplir lo prescrito por la ley de Moisés (cf. Lc 2,36). Contemplemos esta escena final: “María al pie de la cruz, enseñó el Concilio Vaticano II, sufrió cruelmente con su Hijo único, asociada con corazón maternal a su sacrificio, dando a la inmolación de la víctima, nacida de su propia carne, el consentimiento de su amor” (LG 58).

             El drama se ha consumado. Ahora es la Madre con el Hijo muerto en sus brazos, la que atrae las miradas de todos. El dolor de María bajo la cruz en la que se había consumado el sacrificio, fue de los más terribles que puedan imaginarse: "¡Oh Madre!, fuente de amor, hazme sentir la fuerza de tu dolor, para que llore contigo" sigue diciendo el ya citado himno “Stabat Mater”. María pronunciaría una vez más el “Hágase en mí” de su aceptación de la voluntad divina ante las palabras del ángel Gabriel cuando este le anunció la concepción virginal del Hijo al que habría de poner por nombre Jesús (cf. Lc 1,31.38). A pesar del sufrimiento que habría de padecer. ¡Pero el amor es donación total a la persona amada! Y María a los pies de la cruz, sosteniendo la Víctima santa inmolada por nuestra salvación y la de todos los hombres, consumaba su amor participando, de la manera más perfecta que cabe, en el sacrificio redentor de Jesucristo, sacerdote y víctima a la vez. De este modo ella ayudó de alguna manera a su Hijo a redimirnos, cooperando sencilla pero verdaderamente a nuestra salvación.

2.- La participación de María en la obra redentora de Cristo

Por eso, como enseñó también el Concilio Vaticano II, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador” (LG 62). En la II lectura escuchábamos un fragmento de la Carta a los Hebreos que hace referencia a las actitudes de Cristo “en los días de su vida mortal” cuando “se convirtió en autor de salvación eterna” mediante su pasión y muerte (cf. Hb 5,7.9). Por eso bien merece que reflexionemos un momento sobre la participación de María en la obra de nuestra salvación. Esto nos ayudará a venerarla con mayor gratitud y reconocimiento y a comprender también de qué manera nosotros debemos cooperar así mismo para que el fruto de la pasión y muerte de nuestro Redentor sea acogido con amor y gratitud por los hombres.

Porque todos debemos aportar algo de nosotros mismos a esa obra redentora. No porque le falte algo o no sea suficiente y eficaz en sí, sino porque Dios ha querido contar también con nuestra libertad humana y espera de nosotros una aceptación libre y gozosa de su bondad y misericordia. El modelo más perfecto de esa actitud lo tenemos precisamente en la Santísima Virgen María, aunque ella había sido concebida sin pecado original y fue inmaculada y santa desde el primer instante de su ser. Sin embargo, como he señalado antes, María estuvo íntima y eficazmente unida a Cristo en su pasión y muerte. Así es como la hemos de ver y admirar, al contemplar con amor y compasión la santa imagen de nuestra Reina y Madre la Virgen del Camino.

En efecto, ya algunos santos Padres como san Agustín, por ejemplo, se refirieron a María como «colaboradora» en nuestra redención (cf. De Sancta Virginitate, 6; PL 40, 399), título que reconoce y proclama su personal identificación con su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en la obra de la salvación humana, primero como Madre, al concebirlo virginalmente y darle un cuerpo en todo semejante al nuestro excepto en el pecado y, después, asociándose a su sacrificio redentor. Y si ya san Pablo llamaba a todos los cristianos “colaboradores de Dios” como servidores suyos en dicha obra, aunque solamente Él es el que la ha desarrollado y hecho crecer (cf. 1 Cor 3,7-9), María hizo mucho más que todos nosotros juntos, porque no solo dio a su Hijo un cuerpo humano con el que nos redimió (cf. Hb 10,5), sino que estuvo siempre unida a Él acompañándolo e identificándose con Él, especialmente en la hora de la pasión y muerte.

3.- Nuestra actitud en la contemplación del dolor de María

             He aquí el ejemplo impresionante de compasión y de sintonía espiritual con su Hijo que María nos ofrece y que hoy contemplamos sobrecogidos y asombrados: Pero, ¿qué pensamos cada uno de nosotros ante esa escena? ¿Qué deberíamos hacer para corresponder de alguna manera a tanto amor y generosidad por parte de la Madre del Señor? Porque a ella también se le pueden aplicar las palabras de la Carta a los Hebreos alusivas a las lágrimaslas oraciones y las súplicas de Cristo en la cruz (cf. Hb 5,7). No lo olvidemos: la actitud de María en aquellos momentos nos benefició también a nosotros. Y como sucede tantas veces en la vida, ante un amor tan profundo y generoso, no existe medida capaz de calcularlo.   

La respuesta la tenemos al final del evangelio que se ha proclamado: Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” o, como suele traducirse también, “la recibió en su casa”, es decir, la acogió en su vida y en su corazón. Era el modo de responder inmediatamente a la voluntad que Jesús acababa de manifestar, aceptando a María con todo el amor de que era capaz el apóstol Juan y mostrándole todo el afecto de un verdadero hijo espiritual, consciente también de que debía sustituir a quien Ella había engendrado y alimentado.

El gesto del apóstol Juan tenía, por tanto, un significado emblemático y ejemplar para todo discípulo de Cristo. Por eso todos los cristianos, obedientes a las palabras de Jesús en la cruz antes de morir, consideradas como un verdadero testamento, hemos de ofrecer, con el mayor amor posible, un "espacio" a María en nuestras vidas. Ante la venerada imagen de la Virgen del Camino, deseo invitar a cada uno a preguntarse cómo acoge a María en su casa, en su vida. Será también un modo de agradecer y de apreciar, cada día más, el inmenso regalo que Cristo crucificado nos hizo desde la cruz al dejarnos como madre a su misma Madre. Que así sea.

+ Julián, Obispo de León

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