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2017 - PROFESIÓN SOLEMNE DE UNA MONJA BENEDICTINA

(Monasterio de Santa María de Carbajal, 19-VIII- 2017) 
"Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo"

Flp 3,8-14                Sal 26               Lc 1,26-38

     Con sincera alegría nos disponemos a ser testigos de lo que siempre constituye un motivo de gozo en las comunidades religiosas y en las Iglesias diocesanas, especialmente en estos tiempos de carestía vocacional: una nueva profesión monástica, esta vez bajo la Regla de San Benito en este histórico monasterio leonés de Santa María de Carbajal. En la expectativa de un nuevo curso pastoral que inauguraremos, Dios mediante, el mes próximo y que tendrá como objetivo principal la pastoral de las vocaciones tanto al sacerdocio como a vida consagrada, quiero ver en esta celebración una invitación a la esperanza. Esta virtud, alimento de la fidelidad a la llamada del Señor, la deseo también para la hermana Mercedes que hoy se consagra al Señor, para la comunidad benedictina que la ha recibido y para todas las comunidades religiosas de nuestra diócesis.

1.- El Señor, fuente de esperanza por encima de las dificultades

            En efecto, el salmo responsorial, como un eco de las actitudes que san Pablo manifestaba en la primera lectura, comenzaba precisamente con una afirmación de alegría y de confianza: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Sal 26,1a). El apóstol había aludido a su anterior vinculación al judaísmo y al cambio que se produjo en su vida a raíz del encuentro con Jesucristo en el camino de Damasco (cf. Hch 9,3-9). Aquella primera etapa de su vida, marcada por el deseo de una radical liberación, fue compensada con creces por todo lo que el Señor representó para él. Cuando escribió la Carta a los Filipenses había superado aquella lucha interior experimentada al principio de su conversión, convencido como estaba de que el que había inaugurado en él y en sus discípulos “la obra buena”, la llevaría adelante “hasta el día de Cristo Jesús” (cf. Flp 1,6). Como se narra en el libro de los Hechos de los Apóstoles, el encuentro de Damasco le cambió radicalmente la vida haciéndole ver que las antiguas promesas se habían hecho realidad.

     “El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? (Sal 26,1b), seguía afirmando el salmista. Nos parece estar escuchando otra vez la voz del apóstol cuando proclama en la Carta a los Romanos: “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8,31). He aquí por qué y de qué modo la serenidad interior, la fortaleza de espíritu y la paz son verdaderamente un don, una gracia que se obtiene recurriendo a la oración, tanto personal como comunitaria, y a la vida interior. Tú, hermana Mercedes, en los años de noviciado habrás tenido posiblemente momentos de vacilación y de debilidad, de oscuridad incluso. Momentos que se manifiestan en dudas y en ansiedad. Esto sucede también en la vida de los cristianos que no se conforman con la mediocridad y la rutina y, por eso, buscan en Dios “la esperanza (que) no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5).

2.- El conocimiento de Cristo y de su misterio pascual, clave de la vida consagrada

            Volviendo al salmo responsorial, está claro para el salmista y, sin duda, deberá estarlo también para ti, hermana Mercedes y para todos nosotros, que el Señor no nos abandona jamás en los momentos de ansiedad, y menos aún en las situaciones de crisis o de peligro para la vocación. El salmista exclamaba también: “Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla” (Sal 26,3). Pero nosotros necesitamos convencernos y, de algún modo, experimentarlo. En este sentido las vivencias espirituales durante la etapa del noviciado preparan y fortalecen para la vida futura porque, no lo olvidemos, el enemigo siempre está al acecho, pero el Señor es fiel aunque espera que le digamos cuantas veces sea necesario: “Escúchame, Señor, que te llamo, ten piedad, respóndeme” (Sal 26,7). A san Pablo, la fortaleza interior no le venía de la voluntad de afirmarse a sí mismo, como tampoco de la fuerza de la ley mosaica de la que había sido fanático seguidor y propagador, sino de lo que él, después de su conversión, consideraba verdaderamente una gracia. En esto consistía para él, lo que llamaba “la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Flp 3,8).

            Este conocimiento interior o experiencia religiosa personal de san Pablo se centraba, en primer término, en la muerte y resurrección de Jesucristo, es decir, en el Misterio pascual que se hace presente en los cristianos a través del bautismo y en la existencia de los religiosos y religiosas por medio de la consagración que sigue a la emisión de los votos. Por eso la liturgia de la profesión monástica expresa esta realidad que actualiza y concreta el significado de la Iniciación cristiana, mediante el gesto de la postración en el suelo de la persona que quiere dedicarse a Cristo totalmente. Cuando el elegido o la elegida se levanta, se exterioriza de algún modo la transformación interior y entonces comienza realmente la consagración religiosa que se basa, como el bautismo, en el misterio pascual de Jesucristo. De nuevo las palabras del apóstol nos dan la clave de estos gestos: “para conocerlo a él (a Cristo), y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3,10-11).

3.- El ejemplo de la Santísima Virgen María, modelo acabado para la vida consagrada

            Si la vida perfecta del cristiano consiste en asemejarse a Cristo, la vida de quien se consagra a Dios es un proceso intenso y a veces largo de profundización y enriquecimiento de lo que significa el primer sacramento de la Iniciación cristiana, en palabras de san Pablo también: “¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom 6,3-4). Esta asimilación ritual y simbólica a Cristo en la liturgia, como ya he sugerido antes al aludir a la postración, se hace proceso permanente y experiencia vital en las personas consagradas. 

            Lo recuerdan también las preguntas del escrutinio, el interrogatorio que la Madre Abadesa hace a la nueva profesa aludiendo a la experiencia de la vida comunitaria, verdadera prueba de estabilidad, conversión personal, obediencia y caridad perfecta para quien se consagra definitivamente a Dios observando en este caso la Regla de San Benito en el monasterio, pero procurando siempre la perfección cristiana, naturalmente con la ayuda de Dios y la gracia de Cristo. En este sentido, para la puesta en práctica de este compromiso, el evangelio que se ha proclamado hoy nos ofrece la mejor referencia y el mejor modelo para imitar, que es la Santísima Virgen después del propio Hijo de Dios. ¡Qué bellamente suenan las palabras de María y qué confianza produce escuchar, en este marco de la profesión religiosa, la respuesta de la humilde doncella de Nazaret cuando, después de que el ángel le aclaró cómo iba a producirse lo que Dios esperaba de ella, exclamó: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38)!

            Porque Dios suscita anhelos, atrae, persuade pero nunca fuerza ni impone. Dios quiere obediencia libre, fidelidad gustosa, adhesión incondicional, a la vez que da la gracia y el auxilio necesario. Volviendo nuevamente al Salmo responsorial, en él se sugerían también las actitudes necesarias para responder adecuadamente a la propuesta divina: “Oigo en mi corazón: ‘Buscad mi rostro’. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que Tú eres mi auxilio” (Sal 26,8-9a). 

            Hermana Mercedes: Tu aspiración como benedictina, aunque a veces te veas lejos de lograr el ideal propuesto, es tratar de vivir enteramente para el Señor mediante una entrega constante, renovada diariamente en el “opus Dei”, la obra divina que es la liturgia participada y vivida como una gracia y un encuentro diario con Cristo, el Esposo de la Iglesia en la espera del encuentro definitivo en la Jerusalén celeste. Mientras tanto, cumple  las últimas palabras del Salmo responsorial: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (Sal 26,14).

+ Julián, Obispo de León

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