2017 - SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

(Santa Iglesia Catedral, 18-VI-2017) "Este es el pan que ha bajado del cielo"

 Dt 8,2-3.14-16; Sal 147            1 Cor 10,16-17            Jn 6,51-58

            ¡Su Carne es alimento y su Sangre bebida;
mas Cristo está todo entero!  (Secuencia).

            Celebramos en este domingo la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, una fiesta de gran tradición en España y que ha permitido realzar el Misterio eucarístico más allá de lo que permite el Jueves Santo. Por eso, mientras en aquel día se evoca la entrega de Cristo bajo los signos del pan que se parte para ser comido y del vino que se escancia para la bebida, hoy, en la celebración del Corpus Christi, el mismo grandioso Sacramento se ofrece a la adoración y la meditación de todos los fieles cristianos en las ciudades y en los pueblos, manifestando que Cristo en persona, aunque nuestros ojos no lo ven, camina vivo y glorioso en medio de nosotros para conducirnos hacia su morada celeste.

1. La Eucaristía, acontecimiento de comunión personal con Cristo

            Celebramos, pues, el mismo acontecimiento del Jueves Santo, pero fijándonos en otros aspectos del misterio eucarístico y recordando especialmente que el amor de Cristo es universal e infinito. En este sentido lo que Jesús nos dio en la intimidad del Cenáculo, hoy lo anunciamos y ofrecemos abiertamente, sin olvidar que la Eucaristía es un misterio profundo que nos interpela y que exige la fe, a la vez que renueva nuestras vidas y acelera la transformación del mundo.

Pero, ¿cómo se realiza esta transformación? ¿Qué podemos y debemos hacer nosotros, los creyentes en Cristo? ¿Es suficiente con que anunciemos el misterio de la fe y manifestemos públicamente el sacramento eucarístico? Como sabemos, la Eucaristía tuvo su origen en el amor de Cristo, cuando en la última Cena, la víspera de su pasión, adelantó simbólicamente su entrega y su ofrecimiento en sacrificio por todos los hombres al instituir este santísimo Sacramento.  Y lo confió a sus discípulos de entonces y de todos los tiempos con el mandato de reiterar lo que él mismo había hecho. La Eucaristía es, por tanto, fruto y presencia a la vez de la entrega que Cristo hizo de sí mismo la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres. Y, por lo mismo, actualización reiterada cuantas veces se celebre este memorial de su muerte redentora y de su resurrección gloriosa. Así lo expresamos en cada celebración eucarística cuando decimos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”.

Del corazón de Cristo, pues, ha brotado todo el dinamismo de la Eucaristía. Por eso es fuente de “comunión”. Esta palabra, que usamos también para designar la Eucaristía, resume en sí misma todos los aspectos que he mencionado: tanto la procedencia del corazón de Cristo como el efecto en nosotros cuando la recibimos con las debidas disposiciones. Por eso es muy hermosa y elocuente la expresión “recibir la comunión”, referida al acto de participar en la mesa eucarística. Esto es muy importante. Cuando comulgamos, entramos en comunicación personal con el Señor, con su vida misma de Hijo de Dios que se entrega a nosotros después de ofrecerse por nosotros. Lo escuchábamos hace un momento en la segunda lectura, en las palabras del apóstol san Pablo: El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan”.(1 Cor 10, 16-17).

2. Comunión con Cristo y comunión entre los que participan en la Eucaristía

Acojamos este regalo extraordinario que el Señor nos ofrece. Pero no olvidemos que la “comunión del cuerpo de Cristo”, la comunión personal a la que me he referido hasta ahora, nos exige también la comunión con quienes“formamos un solo cuerpo” con Él, es decir, con los demás hermanos, con los discípulos de Cristo e incluso con todos los hombres. Es este un aspecto que no podemos olvidar nunca cuando participamos en la Eucaristía, aunque nos cueste asumir esta exigencia de la comunión eucarística. San Pablo lo expuso muy claramente en el capítulo siguiente, después de hablar de la institución de la Eucaristía: “Quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor” (1 Cor 11,27). Con frecuencia hemos reducido esta expresión de Pablo a la necesidad de estar en gracia antes de acercarnos a comulgar. Esto es necesario, ciertamente, pero la palabra del apóstol hace referencia, ante todo, a la situación de ruptura y de falta de comunión que existía en aquella comunidad y que puede darse también en otras comunidades.

Por eso, el acoger personalmente el don de Cristo cada vez que nos acercamos a la mesa eucarística pide y exige a todos el estar en comunión también entre nosotros. Lo advirtió también el Señor: “Si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”(Mt 5,23-24). Esta es, ciertamente, una meta exigente y difícil, pero del todo necesaria, al menos como propósito firme y personal. La Eucaristía, no se olvide nunca, es fuente no solo del amor a Dios sino también del amor al prójimo, de la caridad fraterna. Lo recordamos hoy, solemnidad del Corpus Christi y “Día de Caridad”. El lema de esta jornada eclesial es “Llamados a ser comunidad”. Se trata de disponernos a vivir en comunión, a cultivar actitudes de acogida, de fraternidad y de diálogo, de justicia y de fraternidad, de hacer realidad la “cultura del encuentro” como dice el papa Francisco, una “convivencia más fraternal y solidaria” como hemos pedido más de una vez los obispos españoles (cf. “Iglesia servidora de los pobres”, 9).

3. Propuesta de actitudes de comportamiento y de vida

            Queridos fieles cristianos, hermanas y hermanos en la fe y en el amor de Cristo: El que reconoce verdaderamente a Jesús en la Hostia santa, en la Eucaristía, lo reconoce también en el hermano que sufre, en el que tiene hambre y sed, en el que es extranjero, está desnudo, enfermo o en la cárcel. Y el que está atento a cada persona, se compromete también, de forma concreta y real, en favor de todos aquellos que padecen necesidad. Del don de amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra responsabilidad como cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna. En nuestro tiempo, en el que la globalización nos hace cada vez más dependientes unos de otros, el cristianismo puede y debe hacer que la ciudad terrena no se construya sin Dios, es decir, sin el amor verdadero, ya que, si faltase este amor, se dejaría espacio a un individualismo egoísta y exacerbado, a toda clase de atropellos de todos contra todos.

El Evangelio, desde siempre, ha contemplado la unidad de la familia humana, una unidad que no se impone desde fuera ni por intereses ideológicos o económicos, sino a partir del sentido de responsabilidad de los unos hacia los otros, porque todos nos reconoceremos miembros de un mismo cuerpo, del cuerpo de Cristo. Aprendamos de la celebración eucarística y del Sacramento del Altar que el gesto de compartir, el amor, es el camino de la justicia. Cuando venimos a celebrar la Santa Misa, debemos recordar que el Señor no se limitó a anunciar la buena nueva de la salvación a los pobres y a los que sufren, sino que la ofreció y la dio personalmente de la manera más directa y significativa que cabe, haciéndose Él mismo "pan de vida"y "bebida de salvación" (cf. Jn 6,55). Lo mismo debemos hacer también nosotros. 

            + Julián, Obispo de León

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