2017 - FIESTA DE SAN JUAN DE ÁVILA

BODAS DE ORO Y DE PLATA SACERDOTALES

 (S.I. Catedral de León, 22 de mayo de 2017)

“Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo”

Hch 13,46-49            Sal 22              Mt 13, 15-19

Este año, a causa de las obras que se realizan en el Seminario, celebramos nuestra fiesta del Santo Patrono del Clero español, san Juan de Ávila, en la catedral. Esto hace aún más patente la vinculación del presbiterio diocesano con nuestra Iglesia local, signo y presencia de la Iglesia de Cristo que reconocemos en la fe y a la que nos debemos, especialmente, los que somos sus ministros en virtud del sacramento del Orden.

1.- La vida y el testimonio sacerdotal de San Juan de Ávila

            Las lecturas que se acaban de proclamar, un texto del “Libro de los Hechos de los Apóstoles” alusivo a los trabajos apostólicos de san Pablo y de su discípulo Bernabé, y el fragmento del “Sermón de la Montaña” en el que el Señor exhorta a sus seguidores a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”, se aplican en primer término a san Juan de Ávila. Y no solo porque son las recomendadas por el Leccionario de la Misa para la Memoria del Santo Patrono del Clero español,sino también a causa del uso que el propio santo hacía del citado texto evangélico en sus pláticas a los sacerdotes,aunque anteponiendo la referencia a la luz. Decía: Luz del mundo y sal de la tierra nos llama Cristo […] porque el sacerdote es un espejo y una luz en la cual se han de mirar los del pueblo”[1].  

“Luz del mundoy sal de la tierra” son las expresiones usadas por N.S. Jesucristo para hablar de la vocación cristiana como un gran don y, a la vez, como una notable exigencia de vida. Tomadas por san Juan de Ávila en su predicación y reconocidas en su vida de santidad, nos hacen percibir de qué manera él fue capaz de encarnar las cualidades y las exigencias de la sal y de la luz. Ser sal en el sentido de que su doctrina y su testimonio sacerdotal tenían verdadero sabor, es decir, autenticidad y verdad en cuanto al contenido de la predicación y de sus enseñanzas. Y ser luz porque especialmente su conducta como creyente y como sacerdote fue una referencia y un modelo de vida para los demás. En este sentido se puede apreciar en san Juan de Ávila no solo esa coherencia entre el ser y el hacer, o sea, entre la vida y la acción, sino también la importancia que tiene, en  el ministerio pastoral, la primacía o prioridad del ser sobre el hacer. El Señor dijo, efectivamente: “Vosotros sois… sal y luz” para dar  sabor a la propia vida y poder iluminar la existencia de las personas que están a nuestro lado llevándoles la luz de Cristo. En consecuencia, todos somos “sal y luz” en la medida en que vivamos y manifestemos a los demás nuestra fe y las demás actitudes cristianas, liberados de la mentalidad mundana, del egoísmo unido al dinero o al poder, y del afán de dominar que a veces nos tienta.

2. Homenaje a los sacerdotes que celebran su Jubileo

Nos ayudará a lograrlo la valiosa intercesión de San Juan de Ávila que, como decía la oración colecta de la Misa, fue “maestro ejemplar… por la santidad de su vida y por su celo apostólico”, porque, efectivamente, creía y vivía realmente lo que predicaba; y predicaba lo que tenía arraigado en su espíritu y en su vida. Fray Luis de Granada, que lo conoció bien y le dedicó una biografía[2], llamó a San Juan de Ávila “predicador evangélico y limpio espejo de las propiedades y condiciones que ha de tener el que usa este oficio”. En efecto, la santidad del pastor, que es amor a Dios y amor a sus ovejas, se transforma necesariamente en celo apostólico.

            Santidad personal, amor a Dios y celo apostólico son las virtudes que todos los sacerdotes debemos imitar en San Juan de Ávila. Me complace recordarlo precisamente hoy cuando, siguiendo la tradición, un nutrido grupo de hermanos nuestros en el presbiterio de León celebran, respectivamente, 60, 50 y 25 años de ministerio. Es un motivo de profunda alegría para ellos y también para todos nosotros aun cuando, al contemplar los tres grupos, constatamos no sin preocupación que, pese a las ausencias naturales por ley de vida, el grupo más nutrido es precisamente el de los hermanos que celebran las bodas de diamante con 60 años de ministerio: 11 sacerdotes aunque todos no puedan estar presentes. Y sigue el grupo de los que celebran las bodas de oro: 8 sacerdotes. De bodas de plata hay uno solamente, aunque en su momento fueron dos los que recibieron la ordenación.

Estos datos, reflejo de la actual realidad de la mayoría de los presbiterios diocesanos en España, no solo no debe desanimarnos sino, más bien, estimular nuestro testimonio personal como sacerdotes para comprometernos en la pastoral de las vocaciones. Pero centremos nuestra mirada y nuestra gratitud en la vida de todos estos hermanos nuestros porque, en el fondo, celebrar los mencionados aniversarios significa que seguimos creyendo en el ministerio sacerdotal y que reconocemos la importancia de encontrarnos juntos un año más, con ocasión de la fiesta de san Juan de Ávila, para hacer patentes y más intensos los vínculos de amor fraterno y de amistad sacerdotal que el Sacramento del Orden ha creado en todos nosotros y en el presbiterio diocesano.

3. Invitación a la perseverancia sostenida por la oración

            Pero, además, esta celebración nos conforta y nos invita a la confianza para llenar nuestra vida y ministerio de amor pastoral y, en el fondo, de motivos para perseverar. Perseverar: esta es una palabra clave que explica positivamente y en gran medida la fidelidad de nuestros hermanos mayores a los que hoy homenajeamos con especial afecto y gratitud. Pero evoca también la fidelidad de los hermanos más jóvenes a los que, sin duda, les han tocado tiempos especialmente turbulentos de manera que hoy debemos recordar también, con afecto cercano y con exquisito respeto a los que se fueron por otros caminos. La perseverancia, en el fondo, explica nuestra vida, la de todos los sacerdotes presentes. Si estamos aquí no es porque no hayamos tenido dificultades, tentaciones o debilidades sino porque la gracia de Dios y su inmensa misericordia nos han ayudado a seguir el camino emprendido. Posiblemente el Señor se acercó a nosotros más de una vez, en momentos decisivos, a través de quién sabe qué mediaciones y ayudas.

            Seguramente, ante las vacilaciones y los abandonos que nadie debe juzgar salvo Dios, hubo en cada uno un deseo noble o un impulso efectivo, reflejo de la generosidad del corazón y de la meditación de aquellas palabras del Señor: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9,37-38). El amor a Cristo, el amor a las gentes de nuestra tierra, incluso el amor a uno mismo al haber dado una palabra como expresión del compromiso interior, obraron el prodigio de la perseverancia. Sin duda, nuestra perseverancia es más profundamente fidelidad de Dios que fidelidad propia de nosotros. Conocemos, además, la admirable fidelidad en el ámbito de la consagración religiosa, así como en la existencia de tantos laicos en su vida familiar, profesional y apostólica. Y entre estos el amor de nuestros padres que pasarían también sus dificultades y sus crisis y, sin embargo, permanecieron fieles a los compromisos de su matrimonio siendo ejemplo de entrega mutua y de sacrificio hasta el final de sus vidas.

            Queridos hermanos sacerdotes: Estas reflexiones nos llevan e invitan a la oración. Una oración de ferviente acción de gracias por el don de la fidelidad de estos hermanos nuestros que hoy celebran gozosamente sus bodas de plata, de oro y de diamante, pero también de súplica por los que partieron ya de este mundo. Y oración igualmente de súplica confiada por nuestra propia perseverancia, porque la fuente de esta gracia no está en nosotros sino en Jesucristo que, entre otros dones y bienes, se nos da en la Eucaristía, el sacramento por excelencia del amor hasta el extremo y que todo sacerdote debe celebrar diariamente.

+ Julián, Obispo de León


[1]San Juan de Ávila, Plática 1. A sacerdotes, § 8, BAC maior 64, p. 791.

[2]Vida del Padre Maestro Juan de Ávila. Edibesa, Madrid 2000.

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