2017 - DOMINGO DE PASCUA: SOLEMNE VIGILIA PASCUAL

(S.I. Catedral, 15/16-IV-2017) - "Muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús

            Gn 1,1-31; 2,1-2; etc.; Sal 117             Rm 6,3-11             Mt 28,1-10

                        ¡Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo¡

            En el corazón de la noche santa de la Pascua ha resonado, un año más, el anuncio gozoso de la resurrección del Señor, dirigido inicialmente a las mujeres que, muy de mañana, se dirigieron al sepulcro de Jesús para embalsamar su cuerpo: “Buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho” (Mt 28,5b-6a). Hoy escuchamos con alegría este anuncio que resuena igualmente en todas las iglesias y lugares donde se congregan los creyentes en Cristo. Pasados los días de la Cuaresma y del recuerdo de la Pasión en los que percibíamos una cierta ausencia del Señor, de nuevo podemos comprobar la verdad de aquel mensaje de Jesús a sus discípulos hablando de su muerte inminente: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros” (Jn 14,18).

1. El misterio de una ausencia transformada en presencia

            Este es el misterio de la resurrección, la gran noticia que se repite cada año al llegar la Pascua. Hasta su muerte en la cruz Jesús estuvo sujeto a las condiciones materiales de la existencia terrena. Como sucede con todos los cuerpos Él solo podía estar en un solo lugar o espacio material, y de la misma manera su vida estaba sometida a la caducidad de las cosas y al paso del tiempo que acontece y ya no vuelve. Pero ahora es diferente. La resurrección le dio el poder de salir fuera de estas coordenadas en las que transcurre nuestra vida mortal y hacerse presente de un modo tan absolutamente nuevo y profundo que escapa a la experiencia humana porque es el modo propio de Dios que, ya en el Antiguo Testamento, se manifestó a Moisés afirmando: “Yo soy el que soy… el Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”  (Ex 3,14.15).

       Jesucristo entró entonces, corporalmente también, en esa dimensión divina del ser que a nosotros se nos escapa pero que nos conforta y consuela porque confiamos en sus palabras cuando dijo: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”(Mt 28,20; cf. 18,20; Jn 14,23). Por eso, si el morir significa partir, salir de este mundo, el resucitar representa en cambio regresar a la vida pero de un modo diferente del actual, como recordaba san Pablo a los fieles de Corinto: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Cor 2,9). Pero esto quiere decir también que los bautizados en Cristo empezamos a participar ya en esa vida nueva inaugurada por Él en su resurrección y que se completará en la nuestra. Una vida en la que se percibirán también los frutos de cuanto se haya sembrado en este mundo de verdad, de bondad y de amor.

2. Los frutos del Bautismo y de los demás sacramentos

            Deseo insistir en este aspecto. No pensemos que la dicha que se nos anuncia en la resurrección de Cristo es una realidad tan solo de la existencia futura en el más allá de esta vida. Aunque de manera imperfecta o incompleta podemos disfrutar ya de lo que se nos ha prometido. Digo esto porque en este mundo estamos todavía en situación de interinidad y Dios, que respeta nuestra libertad, quiere que pongamos algo también de nuestra parte para alcanzar lo que se nos ha prometido. En este sentido somos dueños y responsables de nuestros actos y decisiones y aquí radica también nuestro mérito. No estamos, por tanto, solos y abandonados a nuestra suerte. El Resucitado que nos regeneró en el bautismo y nos fortalece con los demás sacramentos de la vida cristiana, ha unido su vida a la nuestra y viene continuamente a nosotros haciéndonos a sus seguidores miembros vivos de su cuerpo, de manera que se cumpla en nosotros lo que afirmaba san Pablo en la II lectura: Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en la muerte, para que, lo mismo que él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva(Rom 6,4; cf. 6,3.5ss.).

            Esta es la consecuencia primera del bautismo que vais a recibir los catecúmenos y elegidos para la vida nueva en Cristo y cuyas promesas vamos a renovar todos en esta noche santa. Él, el Resucitado, viene hoy a vosotros entrando por la puerta de vuestro corazón para unir su vida a la vuestra, introduciéndoos en su cuerpo misterioso que es la Iglesia como miembros vivos que cumplen cada uno su función en relación con los demás pero teniendo cada uno sus propios dones (cf. Rom 12,4ss.; cf. 1 Cor 12,12ss.; Ef 4,4.16). Para que mantengáis vigorosos vuestros compromisos bautismales seréis fortalecidos también con la unción del Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación y alimentados con la Eucaristía, el pan de los fuertes y el alimento para perseverar en la observancia de los mandamientos de Dios que os han enseñado también en la etapa del catecumenado.

            Queridos hermanos, los que vais a ser bautizados y los que ya lo estáis: En esta noche santa de la Pascua el Señor nos concede encontrarnos con Él en la misma fe, en la misma esperanza y en el mismo amor que nos conforman e identifican como miembros vivos de su cuerpo y cercanos a todos los seres humanos. Que nunca nos sintamos extraños entre los discípulos de Jesucristo. Nuestra identidad más profunda, la de ser hijos de Dios y hermanos los unos de los otros, será siempre la raíz y la fuente de nuestra felicidad y el estímulo de nuestra conducta porque Cristo ha resucitado y nos ha dado su Espíritu. ¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Amén, aleluya!

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65