2017 - JUEVES SANTO: MISA VESPERTINA DE LA CENA DEL SEÑOR

(S.I. Catedral, 13-IV-2017) - "Una tradición que procede del Señor"

Ex 12,1-8.11-14; Sal 115            1 Cor 11,23-26            Jn 13,1-1

 Celebremos el misterio de la nueva  Pascua
que N.S. Jesucristo instituyó como memorial
de su muerte y resurrección.

            Estamos celebrando la Misa de la Cena del Señor pues así se denomina la liturgia eucarística propia de esta tarde, comienzo del sagrado Triduo pascual de Jesucristo muerto, sepultado y resucitado. Si bien es verdad que toda eucaristía es conmemoración y actualización de lo que hizo nuestro Redentor “la noche en que fue entregado instituyendo el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección” (SC 47), la celebración de hoy tiene una atmósfera especial que suscita en nosotros una actitud de sintonía sincera con los sentimientos de Cristo en el comienzo de su sagrada Pasión.

1.- El antecedente pascual de la Cena del Señor y de la Eucaristía

            En efecto, hoy evocamos especialmente la última Cena que Jesús celebró con sus discípulos antes de padecer. Pero aquella celebración tenía unas raíces bien conocidas en el ámbito del pueblo hebreo que venía realizando esta singular comida vespertina desde los tiempos de la salida de Egipto y del retorno a la tierra de los antiguos patriarcas. Nuestro Señor era muy consciente del significado memorial de aquella convocatoria y por eso tuvo un interés especial en realizarla para dar a la cena pascual un nuevo contenido, si bien en coherencia con el significado que ya tenía desde el principio. Para nosotros, los cristianos, la nueva Cena -“novissima Coena” como dice la liturgia- que es la celebración eucarística, sin dejar de evocar su antiguo origen y significado, es ante todo presencia actualizada del nuevo sacrificio pascual que tuvo lugar en el altar de la Cruz.

            Para que comprendamos esta realidad y la vivamos mejor, la primera lectura, tomada del Libro del Éxodo, describía la celebración de la pascua de Israel tal y como establecía la ley del Señor. Más allá de sus posibles orígenes como fiesta de primavera de unos pueblos nómadas, la cena pascual era una celebración ritual de acción de gracias y de anuncio esperanzado de un futuro mejor. En el centro de aquella comida estaba el cordero asado al fuego, como disponía el ritual que lo convirtió en símbolo de la liberación de la esclavitud de Egipto y para que fuera comido entre plegarias y cánticos de acción de gracias. Saber esto nos ayuda a tener en cuenta que Dios no solo no se vuelve atrás de sus promesas sino que las va realizando y perfeccionando. En esa perspectiva profética aquel cordero fue sustituido por Jesucristo, que fue señalado ya por Juan el Bautista como el “verdadero cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29; cf. 1 Pe 1,19).   

2. La nueva Cena pascual es la Eucaristía que el Señor instituyó

Por este motivo, cuanto se refiere al cordero pascual en la Sagrada Escritura tiene su perfecto cumplimiento en Jesucristo y en las realidades que él determinó que se cumpliesen en lo sucesivo. Y de la misma manera que Israel no debía olvidar lo que Dios había realizado liberándolo de la esclavitud de Egipto, quiso el Señor que sus discípulos conmemorásemos el acontecimiento en el que se efectuó nuestra propia redención. Para esto era necesario un nuevo rito que, sobre el modelo celebrativo del antiguo, expresase de manera clara y realizase eficazmente cuanto había sido anunciado y prefigurado en aquel. Es justamente lo que Jesús hizo en la última cena con los apóstoles y cuyo relato hemos escuchado en la II lectura. En ella san Pablo refiere y transmite, según sus propias palabras, una tradición, que procede del Señor” (1 Cor 11,23) describiendo con todo detalle lo que conocemos como la institución de la Eucaristía, relato que se encuentra también en los evangelios de san Mateo, san Marcos y san Lucas.

Jesús instituía así el rito de la nueva Pascua a la vez que disponía que se celebrase perpetuamente “en memoria suya” (cf. 1 Cor 11,24.25 y par.). De este modo, mediante los signos sacramentales del pan y del vino,  el Señor estableció un verdadero puente desde aquella memorable cena hacia todas las generaciones cristianas, puesto que el mandato institucional de la Eucaristía comprendía no solo el hacer memoria sino el participar realmente del Cuerpo y de la Sangre de Cristo comiendo de ese pan y bebiendo de ese cáliz hasta el final de la historia. Es lo que quiere decir san Pablo cuando advierte: Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva(1 Cor 11,26).  

            La Eucaristía es, por tanto, la nueva Cena pascual en la que estamos llamados a participar todos los discípulos de Cristo, hombres y mujeres de hoy, de fe vacilante en ocasiones, de esperanza frágil ante las dificultades de la vida y de amor inconstante muchas veces, pero deseosos de encontrar en ella la fortaleza que necesitamos para vivir como verdaderos discípulos del que lo dio todo por nosotros y por todos los hombres.

3. La Eucaristía y el mandamiento del amor fraterno

Por eso, cada vez que celebramos la Eucaristía, Jesucristo nos alimenta y nos transforma, haciendo de nosotros la comunidad de hermanos que debe mostrar al mundo el signo del amor fraterno para que todos crean que él es el enviado de Dios (cf. Jn 17,21). En este sentido la Eucaristía regenera la fraternidad entre los cristianos, de manera que los miembros de la Iglesia recibimos en ella el impulso necesario para ir deponiendo las actitudes egoístas de individualismo, arrogancia, afán de protagonismo, autosuficiencia,  menosprecio de los demás…, es decir, de todo aquello que socava y erosiona la comunidad eclesial y humana. Celebrar la Eucaristía pide y estimula el compromiso de amar a los demás como el Señor nos ha amado y hace posible construir de este modo la comunidad cristiana, la Iglesia en definitiva.

Nos lo recordaba y propone también el evangelio según san Juan que se proclama hoy, Jueves Santo: “Jesús, sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,3). A continuación el evangelista introduce el relato del lavatorio de los pies de los discípulos (cf. 13,4-11), un gesto inesperado y sorprendente como se deduce de la reacción del apóstol Pedro (cf. 13,6ss.), pero que anunció y “escenificó”, como se dice ahora, la donación total de Cristo a sus discípulos y aun a todos los hombres. Fue un gesto de amor inequívoco y de humillación, un servicio reservado a los esclavos que el Señor escogió deliberadamente como señal de su entrega abnegada y humilde para manifestarnos cómo es su servicio y cómo debe ser el nuestro. Un gesto profético también, que anunciaba de algún modo la muerte cercana, según las propias palabras de Jesús pronunciadas más adelante en el momento de establecer el mandamiento del amor fraterno: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos” (Jn 15,13-14a).

    El relato del lavatorio de los pies es en el evangelio de san Juan el equivalente de la institución de la Eucaristía de manera que el significado final es el mismo en ambos gestos, a saber, la ofrenda que Jesús hizo de su cuerpo y de su sangre, de todo su ser, la señal que nos dejó de un corazón que no se ha cansado nunca de amar. A partir de este doble signo, el lavatorio de los pies y la institución de la Eucaristía, podemos comprender que nuestra participación en ella nos transforma interiormente para que, imitando la actitud generosa de Cristo, nos demos también a los demás y nos dediquemos a cumplir verdaderamente el mandamiento del amor.

+ Julián, Obispo de León 

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