2017 - JORNADA DE LA ESCUELA CATÓLICA

Martes de la I semana de Cuaresma (7 de marzo de 2017) - “Vosotros orad así: ‘Padre nuestro que estás en el cielo’”

Is 55,10-11       Mt 6,7-15

Nos encontramos en la I semana de Cuaresma y la liturgia de este día nos invita a sentirnos alumnos del verdadero maestro que es Jesucristo. Basta atender al comienzo del relato evangélico: “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos” para que percibamos lo que significa escuchar al Hijo de Dios hecho hombre, en el papel de docente de un grupo de discípulos al que a todos nos hubiera gustado pertenecer. En el evangelio según san Juan hay una frase, pronunciada por el mismo Jesús, en la que se dice: Está escrito en los profetas: ‘Serán todos discípulos de Dios’. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí” (Jn 6,45).

1.- Jesús, el Maestro que enseña a orar

Los fieles cristianos, incluso los que por vocación, profesión o ministerio hemos recibido la misión de enseñar, deberíamos sentirnos siempre discípulos” de Jesucristo, como aquellas muchedumbres que le seguían a todas partes (cf. Mt 4,23-5,1; 6,1; 8,1; 19,2; etc.). Uno de los títulos más significativos que daban a Jesús, tanto la gente como algunos personajes, era el de “maestro” (cf. Mt 8,18; 12,38; etc.), de tal manera que él lo reconocía y actuaba como tal. En la última cena hizo un comentario a propósito de este título:  Vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy…” (Jn 13,13).

El evangelio de hoy nos ofrece un ejemplo de como Jesús entendía esta función. El estaba enseñando a orar a sus discípulos y lo hacía partiendo del conocimiento de una realidad. En aquella época la oración era practicada también por los gentiles como se deduce del relato evangélico. Por la historia de la cultura se sabe que los pueblos paganos tenían también sus cultos, sus plegarias y sus sacrificios. Pero el Señor advierte a sus discípulos -y nos lo dice también a nosotros- que en la oración debemos evitar la palabrería vana, puesto que no se trata de informar a Dios sobre algo que aparentemente no sabe, lo cual es absurdo porque él lo ve todo y todo tiene todo presente. Tampoco se trata de convencerle de algo que puede concedernos sin que se lo pidamos. Jesús rechaza estos modos de orar de quienes“se imaginan que por hablar mucho les harán caso”. Jesús hace una confidencia que denota cercanía y afecto: “No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis” (Mt 6,8).

2. Importancia de la oración en la función educadora

En este clima de cercanía afectuosa, Jesús nos enseña la oración del Padrenuestro: “Vosotros orad así: ‘Padre nuestro que estás en el cielo…’” (6,8 ss.). Con toda razón esta plegaria es llamada “la oración del Señor” no solo porque él nos la ha enseñado sino porque refleja su propia relación personal con Dios Padre. Se trata, por tanto, de una oración verdaderamente única e insuperable que revela la íntima comunicación del Hijo, el Verbo eterno, con el Padre en la unidad del Espíritu Santo. Y Jesús ha tenido la deferencia de compartir esa relación con nosotros, puesto que nos ha capacitado para dirigirnos a Dios como él lo hacía. Para nuestra misión de educadores nos conviene saber lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica acerca del Padrenuestro: “Jesús no sólo nos enseña las palabras de la oración filial, sino que nos da también el Espíritu por el que éstas se hacen en nosotros “espíritu y vida” (Jn 6, 63). Más todavía: la prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre “ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ‘¡Abbá, Padre!’” (Ga 4, 6)” (CCE 2766).

Desde entonces la “oración del Señor”  es la oración de la Iglesia, de todos los que nos sentimos hijos de Dios y, por tanto, hermanos los unos de los otros que, al recitarla, hemos de ser conscientes también de que nos compromete a vivir como hermanos perdonándonos mutuamente cuando nos hemos enfrentado o tenemos algo contra otros. El Padrenuestro fue siempre un elemento específico de la Iniciación cristiana, es decir, de la preparación para el bautismo, la confirmación y la eucaristía. Debemos tenerlo muy presente en nuestra misión como educadores cristianos. En el catecumenado hay un momento en el que a los catecúmenos se le explica el Padrenuestro y después lo recitan públicamente a modo de “devolución” a la comunidad que se lo ha transmitido y como testimonio de que lo han acogido en sus vidas.

3. La eficacia de la palabra de Dios

            Por otra parte, la I lectura, tomada del profeta Isaías, nos presentaba la fuerza intrínseca que tiene la palabra de Dios, que es siempre viva y eficaz. La comparación está tomada de la naturaleza y la podemos entender todos: esa palabra es como la lluvia  y la nieve que bajan del cielo y empapan la tierra haciéndola fecunda. Las palabras del profeta encierran también una hermosa lección para todos nosotros. Sin duda sería un buen propósito para esta Cuaresma el abrirnos más a la palabra de Dios, dispuestos a escuchar lo que el Señor quiera comunicarnos. Incluso podríamos proponer esta sugerencia a nuestros jóvenes alumnos evocando la escena del pequeño Samuel cuando vivía en el templo junto al Sumo Sacerdote y que, una noche, oyó una voz que le llamaba. Hasta tres veces se levantó pensando que era su maestro. Pero este le hizo ver que se trataba de la voz de Dios, de manera que, cuando la volviera a oír respondiera: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha” (1Sam 3,9; cf. 3,1-10).

            Escuchar a Dios, atender su llamada y acoger su palabra es la primera actitud del cristiano especialmente durante la Cuaresma. Merece la pena que lo hagamos porque esa palabra se identifica con Cristo mismo en persona que en la eucaristía se nos ofrece primero como alimento espiritual y después como pan de la vida. Una buena sugerencia para este tiempo fuerte consiste en dedicar diariamente un espacio a la lectura del evangelio o de la Biblia tratando de meditar e interiorizar lo que leemos. Es un modo de imitar a Jesucristo en los cuarenta días del desierto: acoger la palabra que Dios nos dirige no solo en la Sagrada Escritura sino también en los acontecimientos pequeños o grandes de nuestra vida. Esta actitud nos ayudará a superar la rutina diaria convirtiéndose en un sencillo pero eficaz encuentro con Jesucristo en la certeza de que él siempre nos escucha.

+ Julián, Obispo de León

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