2017 - MIÉRCOLES DE CENIZA

(S.I. Catedral, 1-III-2017)"En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios"

            Jl 2,12-18; Sal 50             2 Cor 5,20-6,2            Mt 6,1-6.16-18

        Un año más en nuestra vida se nos concede inaugurar la Cuaresma o cuarentena de días que desemboca en las fiestas de Pascua, celebración central del año litúrgico y por tanto la meta que no debemos perder de vista en ningún momento. La Iglesia hace suya la afirmación de san Pablo en la II lectura: «En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé». Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2 Cor 6,2).  

1.- Un camino de conversión y reconciliación

Alentados por esta invitación dispongámonos a emprender animosos el itinerario cuaresmal que se caracteriza, como bien sabemos, por un espíritu más intenso de meditación de la palabra de Dios, de oración y de austeridad de vida, de penitencia y de caridad fraterna. La Cuaresma, como ha recordado el papa Francisco en su mensaje para la de este año, es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor”.

            Comencemos, por tanto, este camino en el que la Iglesia nos ayuda a redescubrir el vigor de la fe recibida con el Bautismo y nos lleva a acercarnos al sacramento de la Reconciliación, poniendo nuestra actitud de conversión bajo el signo de la misericordia divina. Es un modo de recordar también que la Cuaresma era el tiempo privilegiado para la preparación de los catecúmenos a los sacramentos de la Iniciación cristiana que se celebraban en la Vigilia pascual. Todavía hoy, entre nosotros, hay algunas personas, muy pocas ciertamente, que se está preparando para recibir el Bautismo, la Confirmación y la Primera Comunión en la noche santa. Pero esto es una excepción, de manera que nuestra Cuaresma a lo que debe contribuir, ante todo, es a poner en práctica la recomendación de la II lectura, ya citada, cuando dice: “actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5,20).

    La reconciliación con Dios, no lo olvidemos, es obra de la misericordia infinita de Dios pero requiere en el hombre una actitud de humilde reconocimiento de sus pecados, algo que cada día se hace más difícil porque en nuestra época se está perdiendo de manera acelerada el sentido del pecado. Por eso se hace urgente y necesario transmitir el mensaje de que Dios sigue esperando, que perdona mucho al que ama mucho y que está siempre dispuesto a la misericordia y al perdón.

2. La Cuaresma es un tiempo especialmente propicio

         La Cuaresma, dice también el papa Francisco en su mensaje, es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia”. De estas tres obras, el ayuno, la oración y la limosna, nos hablaba el Señor en el evangelio. Son tres obras que en la época de Jesús caracterizaban a los judíos creyentes y observantes de la ley pero que ya entonces corrían el riesgo de quedar reducidas a un formalismo externo. De ahí la dureza se las palabras recogidas por el evangelista. Sin embargo la Iglesia nos recuerda hoy esas mismas obras junto con la advertencia divina para que las descubramos de nuevo en su valor ascético y saludable para la vida cristiana, y las pongamos en práctica tratando de vivirlas de un modo profundo y auténtico, no por mero cumplimiento externo o por amor propio sino por amor de Dios, como medios eficaces en el camino de conversión a Él.

        La limosna, la oración y el ayuno. Hoy podríamos decir también: la generosidad hacia las personas con las que nos encontramos a diario, la búsqueda sincera de Dios y la austeridad de vida como gesto solidario con los que sufren ante la falta de trabajo, de perspectivas de futuro o que no tienen lo necesario para vivir con dignidad. Al proponer estas prescripciones de Jesús en la Cuaresma, la Iglesia nos invita a redescubrir bajo estas obras de piedad y caridad la generosidad y misericordia divinas que nos acompañan hacia el encuentro con el Resucitado en las celebraciones pascuales. En el horizonte, por tanto, de este tiempo ascético, litúrgico y solidario, se nos ofrece la renovación interior junto con la alegría profunda de la Pascua y el don del Espíritu Santo que transforma todas las cosas.

        Por eso, aunque la Cuaresma adopta un tono austero y penitencial, invitándonos a reconocer nuestras culpas y pecados como hacía el salmo responsorial con las palabras del rey David después de su delito, esta celebración del Miércoles de Ceniza está presidida por la certeza de la victoria de Jesucristo actualizada en la Pascua. Frente a la tentación del escepticismo y la atonía, abramos nuestro corazón a la confianza en esa victoria sobre el mal en cualquiera de sus manifestaciones porque, aunque parezca que en el mundo domina el pecado, el Señor no permitirá que nos falte nunca el testimonio luminoso de su amor.

   Inauguremos, pues, la Cuaresma con alegría y esperanza. Encomendemos también nuestro camino cuaresmal a la Santísima Virgen María, Reina y Madre de Misericordia, para que nos lleve hasta su Hijo en el gozo de la Pascua.

+ Julián, Obispo de León 

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