2016 - SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

(S.I. Catedral, 29 de mayo de 2016)

“Comieron todos y se saciaron”

                       Gn 14,18-20; Sal 109             1 Cor 11,23-26            Lc 9,11b-17

            Este año la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo se inscribe en el Año Jubilar de la Misericordia. Esta hermosa circunstancia invita considerar la relación que existe entre la misericordia divina y el sacramento de la Eucaristía. Hace años, exactamente en el Jueves Santo de 2003, el papa San Juan Pablo II en uno de sus más bellos documentos dedicado a la relación entre la Eucaristía y la Iglesia, evocando la fe en el Memorial de la muerte y resurrección del Señor, hacía esta afirmación: Deseo, una vez más, llamar la atención sobre esta verdad, poniéndome con vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida” (Ecclesia de Eucharistia, n. 11).

1. La fiesta del amor más grande

            “Un amor que no conoce medida”:Hace más de cien años que nuestro pueblo, al llegar la fiesta del Corpus Christi y siempre que quiere manifestar su fe en la Eucaristía, entona con fuerza el himno del Congreso Eucarístico Internacional de Madrid (año 1911): “Cantemos al amor de los amores”. Hoy volverá a resonar este canto en nuestras calles y plazas porque celebramos una fiesta muy estimada por los fieles cristianos en honor de la Eucaristía, el gran don que Jesús ofreció antes de su pasión y muerte. Debemos recordarlo especialmente este año, Año Jubilar de la Misericordia divina, porque el sacramento de la presencia real de Cristo en medio de nosotros y memorial perfecto de su sacrificio en la cruz, es testimonio permanente también de la generosidad ilimitada del Señor que evocamos en la liturgia de la palabra de Dios de esta solemnidad. Es la misericordia del Señor lo que se manifiesta en las tres lecturas de este día.

            Especialmente en el evangelio apreciamos la generosidad de Jesús. Le seguía mucha gente para escuchar su palabra y pedirle que curase a los enfermos. Pero el día comenzaba a declinar, y la gente estaba hambrienta… Ante esta situación, los discípulos proponen a Jesús una solución realista, de sentido común: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado” (Lc 9,12). Sin embargo, el Señor sugiere una solución completamente diferente. Dice a sus discípulos: "Dadles vosotros de comer" (12,13). Los discípulos advierten que no es posibleencontrar comida suficiente para tanta gente: hay sólo cinco panes y dos peces. Pero Jesús pasa a la acción: “Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno”(12,14b).A continuación toma en sus manos la poca comida disponible, levanta los ojos al cielo en comunicación con el Padre Celestial, pronuncia una plegaria de bendición, parte los panes y los da a los  discípulos para que los distribuyan a la multitud. Son los mismos gestos que realizaría en la última cena. “Y comieron todos y se saciaron” (12,17a).

2. Anuncio de una generosidad mayor

El milagro demuestra el poder de Jesús, pero al mismo tiempo su generosidad en comunión con el Padre celestial “de quien viene todo buen regalo, todo don perfecto” (Sant 1,17). Jesús estaba siempre unido al Padre compartiendo su amor y su misericordia. Por eso hizo el milagro. Más aún, aquel episodio de la multiplicación de los panes tuvo el significado de ser anuncio profético de otra multiplicación: la de la Eucaristía, expresión mucho más rica e importante de la generosidad del corazón de Cristo cuando, en la última cena con sus discípulos ofreció su Cuerpo como comida y su Sangre como bebida bajo los signos del pan y del vino diciendo a los presentes: "Haced esto en memoria mía" (Lc 22,19; 1 Cor 11,24.25).

Nos lo ha recordado san Pablo en la segunda lectura de hoy adoptando un tono solemne y conmovedor a la vez: “He recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado…” (1 Cor 11, 23). Estas palabras recuerdan las circunstancias dolorosas en las que Jesús instituyó la Eucaristía. Él sabía que iba a ser “entregado”, es decir, traicionado y puesto en las manos de sus enemigos que le darían muerte. Por los relatos evangélicos de la última cena sabemos que lo había anunciado explícitamente: Mientras estaban a la mesa comiendo dijo Jesús: ‘En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo’”(Mc 14,18 y par.). No obstante, en medio de ese sufrimiento, se adelantó a hacer donación total de sí mismo, transformando las humillaciones que iba a soportar y la misma muerte en el motivo central de la Nueva Alianza sellada con su sangre y derramada por nosotros (cf. Lc  22,20 y par.).  

            Por eso la Eucaristía es el gran signo de la generosidad de Cristo, de la inmensa misericordia de su corazón, en sintonía perfecta con Dios Padre que mantuvo su fidelidad y su compasión pese a las infidelidades de su pueblo (cf. Ex 34,6-7). Lo anunció el mismo Jesús: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”(Jn 15,13). Dar la vida, ofrecer el propio cuerpo y la propia sangre, superando unas circunstancias en extremo dolorosas, es un exceso de amor tan sobreabundante que nosotros jamás lo comprenderemos suficientemente. Por eso, cuando recibamos la comunión, deberíamos ser conscientes de que recibimos ese mismo dinamismo de amor y de misericordia que Jesús demostró en la última cena y que nos ayudará también a nosotros a ser igualmente compasivos y misericordiosos como él (cf. Sant 5,11).

3. Sumo Sacerdote “misericordioso y fiel”

La primera lectura nos ofrece, a su vez, una nueva luz acerca de la actitud de Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote y Mediador. Narra un episodio del Libro del Génesis que hace referencia a Melquisedec, rey de Salem, un misterioso personaje reconocido como “sacerdote del Dios Altísimo” que hace una ofrenda de pan y de vino (cf. Gn 14,18-20), precisamente los dones que Jesús ofrece al instituir la Eucaristía. Por eso, existe una muy sugestiva relación entre ese hecho de los orígenes del pueblo de Dios, en tiempos de Abraham, y el gesto de Jesús en la última cena. En consecuencia a nuestro Señor se le proclama “Sumo y Eterno Sacerdote según el rito de Melquisedec” (cf. Hb 5,6.10; Sal 110 [109], 4) para distinguirlo del sacerdocio de Aarón, de manera que la ofrenda que realizó en la última cena fue la anticipación del sacrificio efectuado en la cruz, el más perfecto que ha podido darse porque la víctima y el sacerdote son la misma persona. Jesús aceptó y ofreció el sacrificio real, no meramente simbólico, de su cuerpo y de su sangre para extender el amor de Dios en todo el mundo, vencer el pecado y la muerte y dar a toda la humanidad la salvación y la vida eterna.

La Carta a los Hebreos, al reconocer que Cristo ha querido parecerse en el sufrimiento y el dolor a todos sus hermanos, los hombres y mujeres que han sido y serán,  lo proclama también “sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar (así) los pecados del pueblo” (Hb 2,17). En esto ha consistido la misericordia de Jesucristo en lo tocante a nosotros y a nuestra redención, y su fidelidad en lo que tenía que ver con la misión recibida del Padre. En efecto, el ser misericordioso presenta a Jesús lleno de humanidad y de compasión hacia los hombres al participar de su suerte, de la misma manera que el ser fiel en lo tocante a Dios, lo ha revestido de autoridad divina. Por eso el papa Francisco, al convocar el Año Jubilar de la Misericordia, ha recordado que Jesús es la revelación personificada de la misericordia divina llamándolo el “rostro de la misericordia del Padre”, y que la misión de Cristo ha consistido en “revelar el misterio del amor divino en plenitud”,de manera que todo en él lleva el distintivo de la misericordia (cf. MV 1; 8-9). En efecto, “en Jesús todo habla de misericordia. Nada en él está falto de compasión” (MV 8).         

Queridos hermanos: No lo olvidemos. La Eucaristía nos acerca siempre al amor misericordioso del Dios revelado en Jesucristo pero nos exige también que le imitemos teniendo los ojos abiertos a las necesidades de nuestros hermanos y practicando la misericordia con todos. “Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” dejó escrito San Pablo (1 Cor 11,26). O lo que es lo mismo: celebramos y proclamamos la misericordia inagotable de quien, por medio de la Eucaristía, memorial permanente y sacramento de su sacrificio redentor, sale a nuestro encuentro para envolvernos en el amor infinito divino, el amor más fuerte que la muerte y que el pecado, el “amor de los amores”,el que hemos de difundir siendo nosotros también misericordiosos. Hoy, solemnidad del Corpus Christi, es el día de la caridad compartida. No lo olvidéis tampoco: “Practica la justicia, deja tu huella” es el lema elegido por Caritas este año.

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65