2016 Mayo - VIGILIA DE PENTECOSTÉS

JUBILEO DE LA ACCIÓN CATÓLICA Y DEL APOSTOLADO SEGLAR
(Basílica de S. Isidoro, 14-V-2016)
"El que tenga sed, que venga a mí"

            Jl 2,28-32; Sal 103            Rm 8,22-27             Jn 7,37-39       

            La solemnidad de Pentecostés que comienza ya en esta Misa de la Vigilia, dentro de la celebración del Año Jubilar de la Misericordia, hace aún más viva la invocación del Espíritu Santo que debe brotar en todos nosotros, especialmente en los que militáis en la Acción Católica o pertenecéis a alguna asociación de Apostolado  Seglar en nuestra diócesis participando de un modo más explícito e intenso en la vocación y misión de todos los bautizados. Esta invocación que hace toda la Iglesia, tiene su apoyo en la promesa del Señor en la última cena con sus discípulos cuando dijo: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14, 16-17a).

1. Atravesar la Puerta Santa del Jubileo

            Vuestra entrada por la puerta santa de esta Real Colegiata-Basílica de San Isidoro, teniendo en cuenta el significado religioso del gesto de atravesar el umbral que es tránsito de la calle al santuario donde está el Señor, debe ayudaros a comprender la  profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Por eso vuestra peregrinación, en vuestra condición de militantes seglares, no supone el dejar atrás los compromisos y las exigencias del bautismo y las urgencias del apostolado, sino todo lo contrario. Habéis venido a encontraros con el Espíritu Santo que es el que  empuja a la Iglesia a salir de los miedos y de las cautelas que muchas veces la han recluido en sí misma, para retomar con entusiasmo el camino misionero.

     Atravesar la Puerta Santa, como señaló el papa Francisco, al inaugurar este Jubileo de la Misericordia, debe ser signo, en primer lugar, de una verdadera conversión personal. Pero al pasar por ese umbral debemos recordar también la necesidad de tener abierta igualmente la puerta del propio corazón. Esto supone una actitud de retorno a Dios, de arrepentimiento de nuestras flaquezas y debilidades, como el propósito también de compartir nuestra esperanza y los demás dones que el Señor nos ofrece y otorga. Eso significa abrir la puerta de nuestros corazones. No tendría mucha eficacia el Año Santo, advertía también el papa Francisco, si la puerta de nuestro corazón no dejar pasar a Cristo que nos empuja a caminar hacia los otros, llevándole a Él y portando su amor. Por eso, así como la Puerta Santa permanece abierta durante todo este año, porque es el signo de la acogida que Dios mismo nos reserva, nuestra propia puerta, la del corazón, ha de estar siempre abierta para no excluir a nadie, ni siquiera a aquellas personas que nos molestan.

     De este modo, vuestra peregrinación jubilar como fieles laicos facilitará un verdadero encuentro de gracia para nuestra Iglesia diocesana y para los hombres de nuestro tiempo. Un encuentro marcado por el poder del Espíritu Santo que nos transforma y nos hace capaces de retomar el camino para ir nuevamente allí donde vive y trabaja cada hombre: en su casa, en su mundo, en su empresa, en su círculo de relaciones.... Donde hay una persona, allí está llamada la Iglesia, allí está llamado a ir cada uno llevar la alegría del Evangelio, la misericordia y el amor de Dios.

2. Transformados por el poder del Espíritu Santo

            Para que todo esto se haga realidad en vosotros y en nuestra Iglesia diocesana es preciso que acudamos a la fuente del agua viva de la que brota el Espíritu Santo con todos los dones, ministerios y funciones que desparrama por la Iglesia (cf. 1 Cor 12, 4-11; Ef 4, 7.11-12). Lo acabamos de escuchar en el Evangelio. El último día de la fiesta de los Tabernáculos, Jesús gritó: “El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí” (Jn 7, 37b-38a). La sed es una imagen elocuente que refleja un estado de necesidad acuciante e insoportable. Más aún, cuando falta el agua, peligra la vida misma de todos los seres. De ahí que esta imagen aparezca muchas veces en la Biblia para expresar el deseo de Dios y la búsqueda de los bienes más apreciados por el hombre religioso, como es el conocimiento de la verdad y la palabra de la salvación.

            Con la imagen de la sed que solo puede apagarse acudiendo a él, Jesús nos está diciendo: todo el que busque sentido transcendente para su vida, el que quiera ser feliz realmente, el que no se conforme con la mediocridad, el que se esfuerce en favor de la verdad y de la justicia, el que quiera hacer el bien y basar sus relaciones en el amor y en el servicio a los demás, que no pierda el tiempo buscando una felicidad que no existe. Lo que tiene que hacer es venir a mí y creer de verdad en mi palabra. Esto significa beber el agua viva hasta saciarse. Lo prometió también el Señor cuando se presentó como el pan bajado del cielo: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás” (Jn 6, 35).

            Jesucristo es el único capaz de colmar plenamente las aspiraciones del hombre. Por eso, el que cree en él, como dice la Escritura: ‘de sus entrañas manarán ríos de agua viva’”. Y añade el evangelista: “Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él” (Jn 7, 39a). Estas palabras constituyen una invitación a todos, laicos, personas consagradas, sacerdotes y diáconos, a no buscar el agua de las aspiraciones más nobles de vuestra existencia en los pozos secos del consumismo y del materialismo de nuestro mundo paganizado, a no acudir en busca de la verdad y de la justicia, de la solidaridad y del bien, a los aljibes contaminados del poder o de la ganancia indebida, a no dejarse engañar por una libertad sin compromisos éticos o sin referencias a los valores auténticos, los que se inspiran, entre otros bienes, en el amor y en la misericordia.

3. Mensajeros de la misericordia del Padre

            He mencionado el amor y la misericordia entre los bienes a los que debemos aspirar todos. La invitación no solo está en consonancia con el mensaje del Jubileo que estamos celebrando sino también con la gran afirmación hacía san Pablo en la II lectura al recordarnos que “toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo” (Rm 8, 22-23).  En esto consiste, en última instancia, nuestra debilidad y la de los hombres de nuestro tiempo, una debilidad que afecta también a la naturaleza como ha recordado el papa Francisco en la encíclica “Laudato Si’”: La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8, 22)” (n. 2).

            Merece la pena meditar también en esta realidad e invocar al Espíritu Santo para que nos dé un corazón compasivo y misericordioso también con nuestro entorno, con nuestra tierra y nuestro mundo, en el que hemos nacido y crecido, en el que habitamos y del que nos nutrimos. Pero el gemido al que alude san Pablo no se queda en la naturaleza, apunta a la plenitud de nuestra condición de hijos de Dios, cuando se verificará también la redención de nuestro cuerpo. El Espíritu Santo inspira así en nosotros la fe, la caridad, la esperanza, que son las condiciones de nuestro auténtico progreso y de nuestra verdadera felicidad, también en este mundo. El cristiano que no tiene estas aspiraciones espirituales, aunque trabaje y se esfuerce en mejorar este mundo, no percibirá el dinamismo misterioso que empuja a todo lo creado, especialmente, a los hombres, hacia la plenitud de la vida y de la felicidad. Por eso el Espíritu Santo acude en ayuda de nuestra debilidad… e intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26).

            Queridos fieles laicos: sed todos “testigos de la misericordia” como dice el lema del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. 

+ Julián, Obispo de León

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