2016 - DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN - MISA ESTACIONAL

(Santa Iglesia Catedral, 26/27-III-2016)
"Predicar al pueblo dando solemne testimonio"

            Hch 10,34a.37-43; Sal 117             Col3,1-4             Jn 20,1-9

            ¡Aleluya!
¡Este es el día en que actuó el Señor,
sea nuestra alegría y nuestro gozo!
Celebremos a Jesucristo resucitado entre los muertos.
¡Aleluya!

            Hoy, domingo de Pascua en la resurrección de nuestro Redentor Jesucristo, es el “día en que actuó el Señor” (Sal 118 [117], 24). Después de la celebración del “encuentro entre el Resucitado y María, su Madre”, debemos entrar aún más profundamente en el acontecimiento que acabamos de evocar en medio del fervor popular. Ahora es la palabra de Dios y son los ritos sagrados los que nos introducen en el sorprendente misterio de nuestra fe que es la resurrección de Jesucristo, pero sin detrimento de la alegría, la emoción y otros sentimientos que afloran con fuerza al término de las manifestaciones religiosas de la Semana Santa. Celebremos, pues, esta eucaristía con gratitud y activando nuestra fe en lo que hemos vivido estos días.

1. Los signos de la resurrección y la fe de los discípulos

            El Evangelio que se acaba de proclamar nos invita, efectivamente, a hacer un acto de fe en Jesucristo resucitado, un acto de fe semejante al que, al final del episodio que hemos escuchado, hicieron los apóstoles Pedro y Juan. El evangelista centra el relato en María Magdalena que fue la primera en encontrar la losa quitada del sepulcro y  pensó que alguien había robado el cuerpo de Jesús. Porque el sepulcro estaba vacío, los lienzos con que lo habían envuelto aplastados contra el suelo y el sudario enrollado en un sitio aparte (cf. Jn 20, 6-7). Ella alertó a los apóstoles que, al llegar, quedaron desconcertados ante lo que vieron.

            María Magdalena saborearía más tarde el encuentro gozoso con Jesús resucitado, pero ahora son estos apóstoles los que inspeccionan el sepulcro. Desconocemos cual fue su primera reacción. Posiblemente ellos pensaron también en el posible robo del cuerpo de Jesús (cf. Jn 20,2). Pero uno cayó en la cuenta de lo que hasta entonces no habían comprendido: que Jesús habría de resucitar de entre los muertos (cf. Jn 20, 6-9). De este modo, ante el sepulcro vacío, superado el desconcierto inicial, brotó con toda su fuerza la fe en la resurrección. En efecto, el apóstol Juan,el discípulo predilecto de Jesús, que, andando el tiempo, escribiría el cuarto evangelio concluyéndolo con una alusión a los signos realizados por Jesús y recogidos por él para que todos creyesen que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo”, tuviesen “vida en su nombre” (Jn 20, 31), dice claramente que él, después de ceder el paso a Pedro, entró también en el sepulcro y "vio y creyó"(20, 8). Juan habla de sí mismo pero tiene en cuenta también a Pedro al añadir que hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (20, 9).

2. Nuestra fe, apoyada en el testimonio apostólico, se manifiesta en la obras

            A nosotros, inclinados como somos a poner en duda todo aquello que no comprobamos personalmente o que no nos ofrece garantías suficientes, la fe en la resurrección de Jesucristo puede parecernos la expresión de un mito o de una leyenda con consecuencia moral o, en cualquier caso, un ejemplo de autosugestión. Recordemos al apóstol Tomás que quería palpar con sus manos el cuerpo de Jesús para creer en la resurrección (cf. Jn 20, 25). Pero la autosugestión, con toda su fuerza personal, no traspasa el ámbito subjetivo, puesto que se trata, ante todo, de un auto-convencimiento. Por eso, lo que vino después del hallazgo del sepulcro vacío fue una experiencia efectuada en las apariciones del Resucitado y compartida por todos los discípulos de Jesús, que se tradujo en lo que el apóstol Pedro asegura en la I lectura que se ha proclamado: Nosotros somos testigos... Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos” (Hch 10, 39.42). Es muy significativo el modo como creyeron aquellos discípulos de la primera hora, convertidos después en mensajeros de la resurrección.

            A nosotros se nos invita hoy a creer también y a dar testimonio de nuestra fe en la resurrección de Jesucristo. Reconozco que no es fácil para muchas personas aceptar esa fe y compartirla. Nunca lo ha sido porque las palabras no bastan para anunciar a Jesucristo y predicar la resurrección. Nuestra propia experiencia de creyentes nos dice que, para transmitir la fe, no suele ser suficiente predicarla. Es necesario también el testimonio de la vida, la coherencia de la conducta, y muy especialmente la práctica real y no solo intencional del mandamiento del amor cristiano, la caridad fraterna, como lo señaló Jesús en la última cena: En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Jn 13, 35; cf. 15, 12; etc.). Recordar esto me lleva a aludir a la necesidad, especialmente en estos tiempos, de ofrecer antes el testimonio de la caridad que el testimonio de la fe. Esta vendrá a continuación, cuando nos pregunten por qué practicamos el amor cristiano.

3. ¿Las obras de misericordia antes que la fe?

            Creo que esto nos lo está diciendo cada día con su propia actuación personal el papa Francisco. Por eso ha convocado este Año Jubilar de la Misericordia en el que nos invita a poner en práctica el amor cristiano de una manera muy precisa y concreta que, quizás, teníamos olvidada. Me refiero a las obras de misericordia, corporales y espirituales. Sin duda muchos las recordarán tal y como las aprendimos en el catecismo. El papa Francisco las menciona actualizando, además, los ejemplos que pone el Señor, para que podamos comprobar si vivimos o no como verdaderos discípulos suyos: “Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero… si ayudamos a superar la duda, que  hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia… sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió… si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios… si encomendamos al Señor en la oración a nuestros hermanos y hermanas” (MV 15).

            Queridos hermanos: “La fe sin obras está muerta”, decía el apóstol Santiago (Sant 2, 26). También la fe en Jesucristo resucitado necesita traducirse en un amor fraterno sólido y constante, pues como señala san Juan en su I Carta: Si alguno dice: «Amo a Dios» y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20; cf. 3, 17; etc.). La caridad, el amor fraterno, generoso y desinteresado no solo es una consecuencia de la fe. A veces es la expresión de una fe que se abre camino, una manera de creer en Cristo resucitado que nos espera también en los pobres y necesitados.  

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65