2016 - DOMINGO DE PASCUA - SOLEMNE VIGILIA PASCUAL

(S.I. Catedral, 26/27-III-2016)
“Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en la muerte”

            Gn 1,1-31; 2,1-2; etc.             Sal 117             Rm 6,3-11             Lc 24,1-12

            En esta noche santa de la Pascua la Iglesia nos ha convocado para celebrar la vigilia que san Agustín llamaba “la madre de todas las vigilias". Una liturgia que debería ser la más solemne y participada del año en la que se ofrece toda una cascada de lecturas de la palabra de Dios, de salmos de meditación y alabanza, de símbolos y de ritos sacramentales.  

1. Signos y símbolos a la luz de la palabra de Dios

            Para que comprendamos más a fondo lo que estamos celebrando, quiero evocar los momentos que ya hemos vivido. Comenzábamos la vigilia a oscuras, en plena noche, para apreciar aún más el contraste cuando se hiciera la luz. Nos reuníamos junto al fuego que bendecíamos para evocar la resurrección de Jesucristo. De la misma manera que el fuego se prende al encenderse una chispa, así Él salió vivo y glorioso de la muerte. Después encendíamos el cirio pascual que representa a Cristo resucitado que nos va guiando en la noche de nuestra ignorancia y de nuestros pecados. Llegamos así hasta el altar, alumbrados por este cirio. Por tres veces resonó en la oscuridad la aclamación: "¡Luz de Cristo!", hasta que toda la catedral quedó inundada de luz. Después se ha cantado la alabanza de ese cirio pascual encendido.

            Y comenzaron varias lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento que han hecho un breve pero intenso recorrido de la historia de nuestra salvación para que recordemos y  tengamos en cuenta lo que Dios ha hecho para que seamos sus hijos y vivamos como tales. Ante nosotros pasaron varios acontecimientos y reflexiones: la creación del hombre y la promesa de la salvación, el sacrificio de Abrahán, el paso del mar Rojo que anunciaba la liberación que ofrece el bautismo, la voz de los profetas, la reflexión de san Pablo sobre dicho sacramento y, finalmente, el anuncio jubiloso de la resurrección de Cristo y del triunfo definitivo de la vida sobre la muerte. Por eso, "esta es la noche de la que estaba escrito: 'será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo'" (Pregón pascual).

            Ahora nos disponemos a pasar a otra secuencia de signos y palabras. Ahora van a ser los sacramentos que brotaron del cuerpo de Cristo en la cruz para transmitirnos su vida: el agua del bautismo que nos hizo hijos de Dios, el aceite de la confirmación que sella con el don del Espíritu Santo esa dignidad, el pan y el vino de la eucaristía, en los que se hacen presentes el Cuerpo y la Sangre del Señor como comida y bebida de salvación. En esta noche santa, ya desde los primeros siglos cristianos, eran iniciados en estos sacramentos los que, después de un largo catecumenado, entraban en la comunidad eclesial, como sucederá también entre nosotros esta noche.      

2. Los sacramentos de la Iniciación cristiana

            Por eso, profundicemos brevemente en esta secuencia. Como todos sabéis, el bautismo consiste en la ablución con el agua o la inmersión en ella. El agua es un elemento absolutamente necesario para sobrevivir. Por eso fue elegido para realizar el primero de los sacramentos que incorpora al hombre al misterio de la muerte y resurrección de Cristo, como recordaba la lectura apostólica: "Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que  Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva" (Rom 6, 4).

            Después del bautismo, cuando este sacramento lo reciben personas jóvenes o adultas, se administra también el sacramento de la confirmación que reafirma y afianza con la fuerza del Espíritu Santo el don ya recibido en el bautismo. La confirmación se realiza mediante una unción en la frente que marca al cristiano como discípulo de Jesucristo, y la imposición de la mano del obispo significando de este modo la fortaleza necesaria para perseverar en la vida cristiana.    

            Pero esa vida necesita también ser alimentada y desarrollada. La Madre Iglesia, que ha engendrado a los hijos de Dios en el bautismo y los ha fortalecido en la confirmación, se dispone a alimentarlos con la Eucaristía, pan de vida eterna para todos los que crean en Él (cf. Jn 6, 52-58). De este modo los nuevos cristianos completan así su iniciación sacramental en esta noche de Pascua. A los que estamos bautizados, esta noche debe traernos el recuerdo de nuestra propia iniciación cristiana, de manera que somos invitados a renovar las promesas de nuestro bautismo teniendo en la mano nuevamente la vela encendida que representa nuestra fe y recibiendo también, primero la aspersión con el agua y después el alimento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

            Queridos hermanos: Dispongámonos a celebrar con alegría y gratitud al Señor todos estos sacramentos en los que la Iglesia evoca y actualiza en esta noche santa el gran misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo. Participemos sinceramente en la alegría de la Iglesia porque verdaderamente ha resucitado el Señor. ¡Amén, aleluya!

                                                           + Julián, Obispo de León

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