2016 - DOMINGO DE RAMOS

(S.I. Catedral, 20-III-2016)

"Bendito el rey que  viene en el nombre del Señor"

Lc 19,28-40        Is 50,4-7; Sal 21;     Fl 2,6-11      Lc 22,14-23,56

            La eucaristía de este domingo, que conmemora la entrada de Jesús en Jerusalén, se ha abierto con una gran procesión de entrada, evocadora de la que nuestro Redentor realizó en Jerusalén entre el entusiasmo de sus discípulos y la mirada nada complaciente de los que buscaban un pretexto para quitarlo de en medio. Los que nos identificamos con los seguidores de Jesús, entre los que habría sin duda muchos niños a los que él propuso un día como ejemplo para poder entrar en el reino de los cielos (cf. Mt 18,3), hemos querido acompañarle con palmas y ramos cantando: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” (Lc 19,38).

1. El pórtico de la Semana Santa centrada en la pasión del Señor

            Pero la procesión de los Ramos ha sido solamente el pórtico necesario para entrar en la gran semana de la Pascua, la semana mayor del año cristiano que hace también de tránsito entre la Cuaresma con su llamada a la conversión y a la penitencia, y el tiempo pascual definido por la alegría de la resurrección y la esperanza en nuestra propia transformación gloriosa, anticipada ya en esta vida mediante los sacramentos que nos unen a Jesucristo. Pero antes hemos de contemplar el misterio de la pasión, porque se acerca la hora en que el Hijo del Hombre, fue entregado en manos de los pecadores” (Mc 14,41), hora anunciada y temida a la vez, pero aceptada libre y voluntariamente por Él porque fue la hora de la glorificación (cf. Jn 12, 23.28).   

            La pasión del Señor que la Iglesia proclama y medita el Domingo de Ramos siguiendo este año la narración del san Lucas, representa el momento supremo de la actividad de Jesús, el tiempo de completar su obra. El propio Jesús comparó ese momento con la hora de la mujer que da a luz, hora de angustia y de gozo porque alumbra en el mundo una nueva vida (cf. Jn l6,21). Del mismo modo la hora de Jesús es una hora de ansiedad y de combate interior (cf. Mc l4, 35) que desembocará en la victoria. El enemigo está preparado para el asalto final. El propio Señor lo dijo claramente a sus enemigos: Estando a diario en el templo con vosotros, no me prendisteis. Pero esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas” (Lc 22,53).

2. Nuestra participación en la pasión de Cristo

            Al evocar ese momento terrible que pasó Jesús a las puertas de la pasión, cada uno de nosotros debería preguntarse: ¿Tengo yo que ver algo en la pasión de Cristo? ¿Es posible contemplar fríamente tanta angustia, tanto dolor? Él está pagando por mis pecados, por mi indiferencia ante la pobreza ajena o ante el sufrimiento de tantos inocentes, por mi comodidad y egoísmo. Atrás ha quedado la cuaresma, el tiempo oportuno para la renovación espiritual y la conversión interior, para el arrepentimiento de alguna falta oculta, quizás. ¿En qué va a consistir ahora nuestra participación en la pasión de Cristo? ¿Tan solo en contemplar, en las procesiones de la Semana Santa, su rostro de varón de dolores como lo pintaba el profeta Isaías en la I lectura (cf. Is 50,6)? ¿En conmovernos ante el paso de la Virgen Dolorosa?

            Las imágenes y las procesiones, son una ayuda, un estímulo, pero casi siempre insuficientes si en el interior de quien las contempla no hay voluntad sincera de cambio de actitud y de conversión de actitudes. Es tan fácil perderse en la aparatosidad de los desfiles, en la música y en el ruido de la gente que llena calles y plazas. Si al menos se acudiese a las celebraciones en el interior de las iglesias y se escuchase la palabra de Dios, el relato de la pasión o se meditase el impresionante himno que san Pablo recoge en la segunda lectura de hoy, referente a Cristo que, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo  tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fl 2,6-8).

3. La Semana Santa del Año jubilar de la Misericordia

            Esto es lo que vamos a celebrar y a revivir en estos días, el misterio del total rebajamiento del Hijo de Dios, su absoluto sometimiento a un destino de muerte redentora en favor nuestro, como decimos en el Credo: “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”, y en la consagración eucarística: “por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Por eso, porque este misterio tiene mucho que decirnos, mucho que enseñarnos, mucho que revelarnos, no podemos permanecer indiferentes. Del misterio de la Cruz brotan para cada uno de nosotros la renovación, la gracia, el perdón, la paz, el amor, la vida.

            Recordad que estamos en el Año jubilar de la Misericordia, esa misericordia que el papa Francisco nos invita a contemplar y a trasladar a nuestra vida: “Jesucristo -nos recuerda el papa- es el rostro de la misericordia de Dios Padre”. Con su palabra, con sus gestos y con toda su vida nos ha mostrado ese rostro de amor compasivo. No podemos permanecer indiferentes. Acojamos esa misericordia y manifestémosla cada día poniendo en práctica “las obras de misericordia, corporales y espirituales. Será un modo paradespertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza”y del sufrimiento de mucha gente, y “para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina” (MV 15).

            Queridos hermanos: En los días de la Semana Santa procuremos unirnos a Jesucristo que padece, sufre y muere en los hombres y mujeres, adultos y niños, enfermos y sanos, y tratemos de aliviar al menos su dolor. Solo así caeremos comprobaremos con absoluta certeza “si vivimos o no como discípulos suyos”.

+ Julián, Obispo de León

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