2016 - CELEBRACIÓN COMUNITARIA DE LA PENITENCIA

Año Jubilar de la Misericordia (Nuestra Madre del Buen Consejo, 19-II-2016)

"Su padre se le echó al cuello y lo cubrió de besos"

            2 Cor 5,17-21; Sal 33          Lc 15,1-3.11-24

            Queridos hermanos:

            Las conferencias cuaresmales que la diócesis ha ofrecido este año, centradas en el misterio de misericordia divina, teniendo en cuenta la celebración jubilar convocada por el papa Francisco, culminan con la celebración comunitaria del sacramento por excelencia de la misericordia, como ha venido haciéndose desde el comienzo de esta actividad pastoral en 1981 por iniciativa del entonces obispo de León y hoy cardenal de la S. Iglesia Romana Mons. Fernando Sebastián. En efecto, el sacramento de la Penitencia merece ser llamado sacramento de la Misericordia divina según se desprende de la Bula papal “El rostro de la Misericordia”: De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia”(MV 17).

            Por cierto, el papa invita a cada uno de los ministros de este sacramento a ser “verdadero signo de la misericordia del Padre”, un “signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva” acogiendo a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo que “corre al encuentro del hijo no obstante haber dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar a ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado” (ib.). Por eso esta parábola que se acaba de proclamar merece llamarse más que la parábola del hijo pródigo, la “parábola del padre misericordioso”.

1. La fidelidad de Dios Padre frente a nuestras infidelidades

            Y es verdad, porque nunca reconoceremos y agradeceremos lo suficiente el que Dios Padre, a pesar de nuestros fallos e infidelidades, esté dispuesto siempre a la misericordia y al perdón en lugar de tratarnos como merecen nuestros pecados (cf. Sal 103 [102], 8-10). Por eso el salmo 34 [33], después de la I lectura, nos invitaba a proclamar: Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él” (v. 9). Frente a nuestros olvidos e ingratitudes está la fidelidad de Dios a sí mismo y a su condición de Padre que le mueve a manifestarse como lo contemplamos en esta conmovedora parábola saliendo al encuentro del hijo pródigo y no tomándole cuentas del abandono del hogar ni del pecado de haber dilapidado la herencia recibida.

            Sólo Dios puede hacer esto, porque "Dios es amor" como recuerda san Juan en su I Carta (cf. 1 Jn 4,8.16). En una ocasión en que Jesús y sus discípulos se encontraron con un paralítico llevado en una camilla y el Señor le dijo: "Tus pecados quedan perdonados" (Mc 2,5), los que oyeron estas palabras se preguntaron asombrados: "¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?" (Mc 2,7). Y es verdad, porque a nadie se le escapa que la única persona que puede perdonar verdaderamente es la persona ofendida, es decir, agredida por la ofensa. En todo pecado, aun cuando se produzca contra un ser humano o contra cualquiera de sus derechos, se ofende siempre a Dios que ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y es el garante supremo de la dignidad de las personas. Lo mismo ocurre con aquellos pecados que atentan contra uno mismo, contra la propia salud o contra aquellos valores que cada persona debe respetar en ella misma. Todo pecado es, en última instancia, una ofensa a Dios.

2. Del pecado a la reconciliación mediante la misericordia

            El hombre que carece de fe, difícilmente entenderá esto. Incluso los creyentes se preguntan a veces: ¿cómo es posible que una ofensa contra una persona determinada, un acto más o menos delictivo, pueda ir contra Dios, si el que lo comete ni siquiera ha pensado en Él? Sin embargo, aquí se encierra un aspecto de lo que podemos llamar también misterio del pecado frente al misterio de la misericordia, porque todo pecado supone siempre un desorden moral y una ruptura respecto a aquel que ha dispuesto todas las cosas buscando siempre el bien y la felicidad de todos, especialmente de los que le aman (cf. Rm 8,28). 

            Cuando el hijo pródigo tomó conciencia de la situación lamentable en la que se encontraba, acordándose de los bienes que había perdido, pensó: "Me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: 'Padre, he pecado contra el cielo y contra ti'. Ya no merezco llamarme hijo tuyo" (Lc 15, 18-19a). Aquí reside, por tanto, el auténtico meollo de la cuestión: el pecado nos aparta del amor del Padre, destruye su proyecto de amor sobre nosotros, rompe la relación filial y daña gravemente nuestra dignidad de hijos y nuestra unión con Él. Por eso mismo sólo Dios puede perdonar los pecados restaurando la relación filial, devolviéndonos la dignidad de hijos al restablecer en nosotros la vigencia de su proyecto de amor y, en definitiva, reconciliándonos con Él.

            Lo decía San Pablo en la I lectura: "Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo… estaba reconciliando al mundo sin pedirle cuentas de sus pecados"(2 Cor 5, 18a-19ª). El apóstol se refiere al sacrificio de Cristo en la cruz en el que se efectuó la redención humana como reconciliación con Dios.En esto consistió el perdón del hijo pródigo, la gracia de la misericordia representada por el abrazo del padre al hijo que volvía derrotado y avergonzado, pero decidido a encontrarse de nuevo con el amor inquebrantable de quien nunca había dejado de amarle. Esto quiere decir que la misericordia de Dios no sólo es la fuente de la que procede el perdón divino, sino también el motivo y el punto de apoyo de la conversión y del perdón subsiguiente.

 3. Celebrar la fiesta del perdón y de la misericordia

             El hijo pródigo se puso efectivamente en camino. Esto manifiesta la necesidad de desandar la ruta equivocada, de reorientar los criterios y las actitudes y, en definitiva, de volver la mirada hacia el Padre de quien nos hemos alejado. Por eso la conversión supone siempre una transformación interior que afecta no sólo a nuestro modo de ser y de actuar sino también a nuestra manera de pensar y a nuestros juicios de valor. Pero, al término de este camino, nos espera, a través del “ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5, 18b; cf. Jn 20, 23),  el abrazo que libera del pecado y al mismo tiempo restablece la dignidad filial, la amistad y la alegría que produce el sacramento de la Penitencia.

            Esta es la realidad que ahora estamos celebrando. Cada vez que en la Iglesia un sacerdote, después de acoger a un fiel cristiano que confiesa su propia situación y manifiesta el deseo de conversión y de cambio de vida, le impone las manos sobre la cabeza y pronuncia las palabras de la absolución sacramental, se verifica el abrazo del Padre misericordioso al hijo que ha vuelto a casa. La fórmula absolutoria que la reforma litúrgica del Vaticano II hizo que se iniciara con una bellísima invocación trinitaria, destaca, ante todo, la especial intervención en el sacramento no solo del Padre, lleno de amor, sino también del Hijo en el misterio pascual de su muerte y resurrección, y del Espíritu Santo que hace eficaz la acción del ministro en nombre de la Iglesia: "Dios Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo, y envió el Espíritu Santo para remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz".

            El ministro de la Penitencia representa, por tanto, la mediación de la Iglesia, pero al mismo tiempo es el instrumento humano y vivo de Cristo para que los hombres perciban la reconciliación personal con Dios. Por eso no podemos olvidar tampoco la dimensión comunitaria y eclesial que tiene también el gesto del reencuentro individual con el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo (cf. 2 Cor 1,3). La Iglesia, que acompaña a los pecadores en el camino de conversión y que les ayuda con la oración, con las obras penitenciales y con el testimonio, no puede por menos de alegrarse cuando sus hijos reciben el perdón de los pecados. También para ella es y debe ser motivo de fiesta el que un hijo de Dios "estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado" (Lc 15,32b).

                                                                                   + Julián, Obispo de León

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