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2021 ENERO - SOLEMNIDAD DE LA EPIFANIA

6 de enero de 2021
Epifanía: ¡Misión universal!

✠ Luis Ángel de las Heras, cmfescudo episcopal D LuisAngel
Obispo de León

    Ilmo. Sr. Abad y Cabildo de San Isidoro, Hno. Abad y Cabildo de la Muy Ilustre Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, Sr. Alcalde de León y demás autoridades, queridos hermanas y hermanos todos.

    En este día entrañable con sabor de agradecimiento histórico para León en este lugar emblemático, os invito, en primer lugar, a fijar la mirada en la escena del encuentro del Niño Dios recién nacido que acabamos de escuchar en el texto evangélico. La búsqueda de los magos de Oriente ha dado su fruto y en el versículo 10 del capítulo 2 del evangelio de Mateo leemos: “Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría”. Esa alegría es la que os invito a experimentar hoy, de tal modo que quien se acerque a este Niño Dios pueda sentir la indescriptible e incomparable alegría de encontrarse con Él.

    Esta celebración de la “Epifanía”, fiesta de la “manifestación” del Hijo de Dios y de María a todos los pueblos de la tierra representados por los magos de Oriente, nos hace pensar en la vocación misionera de la Iglesia, que no se guarda para sí su mayor tesoro, sino que tiene en su naturaleza darlo a conocer, para que se enriquezcan cuantos quieran recibirlo. La luz que se ha manifestado, se ofrece a quien esté dispuesto a acogerla, sin fronteras ni cortapisas.

    Estamos en un momento en el que la fragilidad de la salud humana nos ha hecho experimentar angustia, con dificultades para ver la salida a este túnel de la pandemia con sus negativas consecuencias. Incluso se han despertado temores que creíamos superados o han nacido otros nuevos. Desde luego, buscamos explicaciones que no parecen hallar respuesta.

    En la primera lectura, el profeta Isaías nos ha dibujado esta realidad con la esperanza de la salvación: “Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, y su gloria se verá sobre ti” (Is 60, 2).

    Es una profecía de gracia, contra tanta profecía de desventura. El “mensajero de alegres noticias” (cf. Is 40; 52; 61), anuncia el amanecer de la luz, el fin de la oscuridad y, con ella, la llegada de la Gloria o, lo que es lo mismo, de la Belleza de Dios sobre la humanidad con Cristo, Luz del mundo. Ante tan extraordinario acontecimiento, la adoración y las ofrendas de oro incienso y mirra, son espontáneas, sinceras y naturales. Representan no solo su significado particular, sino las riquezas de las naciones ante el rey de reyes. Todos obsequian al Niño, como ya hicieran los pastores.

    Los magos, buscadores del bien y de la verdad, sensibles a los signos de los cielos, recibieron el aviso de la estrella y no quisieron perder la ocasión. Se pusieron en camino, superaron dificultades y hallaron una inmensa e incomparable alegría.

    El pobre portal de Belén, con Jesús, María y José, se convierte en “centro de atracción y anuncio misionero universal”.

   La experiencia histórica de la Iglesia, con más de veinte siglos de vocación misionera, nos muestra cómo personas de las más diferentes culturas y pueblos se postran ante el Niño, la Madre y san José y lo adoran. En el otro lado, hay autoridades políticas y religiosas que persiguen al Niño y quisieran exterminarlo. Pero Dios protege al Hijo con María y José. La misión con su luz y atractivo irresistible sigue adelante, porque es tan necesaria que el mismo Dios se ha encarnado.

    En los magos se cumple inicialmente el misterio oculto de Dios, que el autor de la carta a los Efesios reconoce que le ha sido revelado: que comiencen a creer en Jesús y agregarse a su Cuerpo, que es la Iglesia,  hombres y mujeres de otros pueblos de la tierra, diferentes del pueblo judío.

    Hoy también asistimos al despliegue maravilloso de la fe en Jesús en todo el mundo. Mujeres y hombres de todas las razas se sienten iluminados por la luz de Jesús, por su estrella. Esta universalidad de la misión de llevar la luz de Dios a todos los rincones, se impulsa a través de la llamada a la fraternidad humana, proyecto siempre por realizar en la tierra.

    Con este propósito histórico, además de orar por el eterno descanso de los reyes de León, pidamos hoy que nuestros dirigentes se encaminen hacia la aurora y promuevan un mundo luminoso: transparente, justo, libre, fraterno y solidario con los más cercanos y con los más lejanos, con el compromiso constructivo, libre y responsable de los ciudadanos.

    La salvación ha llegado. Como dice el mensajero de buenas noticias, caminemos hacia la luz y alegrémonos al ver cuántos se reúnen en torno a su resplandor. De ese modo, nuestro corazón se asombrará y ensanchará disipando toda sombra en adoración y alabanza espontáneas, sinceras y naturales a Dios encarnado. Amén.

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