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2020 Diciembre - Homilía toma posesión del obispo D. Luis Ángel

Sábado de la III Semana de Adviento    -  19 de diciembre de 2020
¡Preparemos los caminos del Señor!

✠Luis Ángel de las Heras, cmf - Obispo de León

 

Hermanos y hermanas todos, os saludo cordialmente en el Señor.

Con esta eucaristía, agradeciendo al Señor su bondad para con todos, comienzo mi andadura en vuestra diócesis, que es ahora ya también la mía. Una porción del pueblo de Dios que camina esperanzada, con una larga y bella historia a sus espaldas y con un futuro apasionante ante sí. Una porción del pueblo de Dios que, con toda la humanidad, está padeciendo un tiempo de especial desconcierto y gran dolor. Por eso quisiera que mis primeras palabras hoy llegaran hasta quienes están siendo golpeados por la enfermedad, la muerte, la soledad, la precariedad, la tristeza y la desesperanza a causa de esta pandemia en León y en tantos lugares de la tierra. Nuestro recuerdo agradecido —una vez más y nunca serán suficientes— a los profesionales de la salud y trabajadores de otros servicios en primera línea frente al COVID-19. Igualmente, a sacerdotes, consagrados y voluntarios que cuidan, acompañan y alientan con generosidad a tantas personas que lo necesitan. Nuestra oración, afecto y compromiso están con ellos, así como con todas las gentes que sufren por múltiples causas: compartimos con todos la vulnerabilidad humana que solo Cristo puede colmar de esperanza.

Agradezco vuestro acompañamiento a quienes podéis estar aquí físicamente y a cuantos os unís espiritualmente, algunos a través de la televisión e internet. Mi padre, que nos está viendo desde su residencia, me ha pedido que os salude a todos los que os habéis hecho presentes en esta “ilustre ciudad de León”, dice en su carta, con motivo del comienzo de mi ministerio pastoral en la diócesis.

El Santo Padre me ha enviado a esta Iglesia que peregrina en León después de un hermoso camino pastoral en Mondoñedo-Ferrol, que agradezco a Dios y a los diocesanos desa tamén a miña terra. Doy gracias al papa Francisco por su confianza. Transmítale, Sr. Nuncio, mi gratitud y comunión gozosa con él. Comunión igualmente con los hermanos obispos de España, que os unís a esta celebración con vuestra cercanía y oración. Comunión, por supuesto, con los laicos en su riquísima variedad y número, con las familias, con la vida consagrada de León y de España y con los sacerdotes de este ya bien querido presbiterio diocesano. Expreso asimismo mi cordialidad y disponibilidad a las autoridades con las que estamos llamados a colaborar por el bien común.

Inicio este nuevo envío en clave de misión pidiendo ante vosotros que el Señor me pueda apacentar y que apaciente Él conmigo en esta Iglesia particular legionense, continuando así el pontificado de D. Julián López estos últimos dieciocho años: la suya ha sido una entrega que agradecemos y reconocemos vivamente. El Señor le pagará su servicio ministerial, D. Julián, querido hermano, como solo Él puede y sabe hacerlo: con el ciento por uno ahora, entre nosotros, y la vida eterna. Gracias por su cercana acogida y por hablarme tan bien de estos queridos diocesanos.

Con el episcopologio legionense delante, no puedo por menos que recordar al Cardenal Fernando Sebastián, hombre de Dios y evangelizador claro y directo; a él me une ahora esta diócesis y siempre la pertenencia a la congregación de misioneros claretianos Hijos del Corazón de María. Ellos son mi familia congregacional, extendida por el mundo entero, a quien estoy agradecido y a quien debo mi trayectoria vital y mi pasión misionera al estilo de san Antonio María  Claret: el empeño por anunciar, con ternura y verdad, la Buena Noticia de Jesús, especialmente a los pobres.

La tarea misionera que nos urge en nuestros días forma parte del corazón de los discípulos desde siempre. Hoy la liturgia nos lo recuerda en la figura de Juan Bautista, cuya vida y misión ilumina y alienta las nuestras. El nacimiento de Juan es un milagro que hunde sus raíces en la oración sincera de sus padres y en el grito de un pueblo que busca consuelo en el Señor. Contra todo pronóstico —como en el caso de Sansón—, Zacarías e Isabel, justos ante Dios, de edad avanzada y estériles, reciben la buena noticia del nacimiento de un hijo. Un acontecimiento que parecía imposible y que, sin embargo, acontece llenándoles de alegría. Ese niño se convertirá después en una voz poderosa capaz de mover a muchos a la conversión del corazón y a la acogida de aquel que traía consigo la luz de la salvación. Juan, hijo de la esperanza y grito del pueblo, abre las puertas a Jesucristo, Palabra del Padre.

Dice san Agustín: «Juan era la voz, pero el Señor es la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz provisional; Cristo, desde el principio, es la Palabra eterna» (San Agustín, Sermón 293,3). Al escuchar al profeta del desierto, nosotros sentimos hoy que, en este tiempo difícil y extraño, también podemos convertirnos en hombres y mujeres de fe y de anuncio. Las nuestras serán una esperanza y una voz provisionales, como la suya, pero pueden ayudar a preparar los caminos del Señor en nuestro mundo. Con humildad y con alegría, yo quisiera sumarme hoy a esta esperanza y esta voz de la Iglesia particular de León para abajar las colinas y enderezar los senderos, de modo que cuantos peregrinamos en estas tierras podamos escuchar la Palabra del Padre y encontrarnos con la Luz de Jesucristo.

En la Pulchra Leonina, la esperanza del pueblo de Dios se ha hecho piedra y la voz de los discípulos misioneros se ha hecho luz y color. Así, la hermosura y vocación de perfección de esta catedral son imagen de la Iglesia que nos precede en el anuncio del Evangelio y, al mismo tiempo, de la Iglesia que hemos de continuar edificando por medio de la cercanía con Jesucristo y con los hermanos. Una Iglesia de comunión, misionera, misericordiosa y samaritana que prepare con esfuerzo, gozo y esperanza los caminos del Señor. Esta ha de ser nuestra belleza; estos, los pasos, los perfiles y las vidrieras de nuestra fe y nuestro anuncio.

Iglesia de comunión fraterna entre laicos, seminaristas, diáconos, sacerdotes y personas consagradas caminando sinodalmente. Allanando los montes del orgullo y la rivalidad, de tal manera que, como dice la carta a los filipenses, busquemos cada uno el bien de los demás y tengamos entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cf. Flp 2, 3-5), conscientes de que es la hora de todos y nos necesitamos como pueblo de Dios en comunión para la misión.

Iglesia misionera, cuya gran historia nos ha traído hasta un presente que demanda una vida de fe en «estado permanente de misión» (EG 25), capaz de afrontar la impostergable renovación eclesial. Soñemos y optemos juntos, corresponsablemente, por una decida conversión pastoral y misionera, de suerte que nuestras estructuras y relaciones se transformen y se configuren con mayor apertura, en constante actitud de salida. Manchémonos las manos con el trabajo evangelizador que evita la introversión eclesial y eleva los valles del temor y el desaliento (cf. EG 27).

Iglesia misericordiosa, que desea llevar a todos la compasión del Señor (cf. EG 24), sirviendo y tocando la carne sufriente de Cristo. Iglesia sin prejuicios ni exclusiones, para que todos puedan sentirse acogidos, amados, perdonados y alentados a recorrer las sendas del Evangelio (cf. EG 114). Iglesia que abre una calzada en la estepa para caminar con Dios hasta la casa del pobre (cf. EG 197-198), escuchando el clamor del Reino y respondiendo con todas sus fuerzas (cf. EG 188), según la llamada a la santidad que es fruto del mandato del amor y del camino de la justicia (cf. GE 92).

Iglesia, en fin, samaritana, que no duda en desviarse hacia las cunetas de los apaleados, procurando igualar lo que para el mundo resulta escabroso. Familia de Dios enviada a extender sus fronteras, compartiendo sus riquezas, sanando las heridas y restaurando a cada persona en su dignidad (cf. FT 62). Iglesia que contribuye al bien común, tratando de colaborar para enderezar lo que se ha torcido en el orden político y social; que se empeña en favorecer vínculos de paz y de concordia, sabiendo que todos estamos llamados a encontrarnos como hermanos, dándonos nuevas oportunidades y ayudándonos a vivir (cf. FT 66). Iglesia dispuesta a cambiar sus planes y abrirse a la sorpresa del hermano, sobre todo del apaleado que nos necesita (cf. FT 101), cargando el dolor de los fracasos del mundo (cf. FT 77) y evitando todo tipo de connivencia con los salteadores y con los que pasan de largo (cf. FT 67).

Hermanos y hermanas todos. Como Zacarías e Isabel, oremos y esperemos el consuelo de Dios Padre, que quiere irrumpir en nuestras indiferencias y esterilidades y convertirse en Palabra de salvación para todos. Como Juan el Bautista, alcemos nuestra voz en los desiertos del mundo, señalando a Jesucristo, el Cordero de Dios y el Buen Pastor, a quien pido humildemente que me apaciente y apaciente conmigo esta porción de su pueblo. Como piedras vivas de la Iglesia, con la intercesión de la Virgen del Camino y san Froilán, el corazón abierto al Espíritu Santo y los caminos preparados para el Señor, edifiquemos juntos una comunidad creyente que aspira a ser cada día más bella y más santa: Pulchra Leonina de comunión, misionera, misericordiosa y samaritana que proyecta la luz y el color de la vida abundante a través de sus vidrieras sobre estas queridas tierras y gentes de León. Amén.

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