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2020 JULIO - SANTIAGO, APÓSTOL, PATRONO DE ESPAÑA

(S.I. Catedral de León, 25 de julio de 2020)

 “Llevamos siempre en el cuerpo la muerte de Jesús”

Hch 4,33,5; 12.27b-33.12.2; Sal 66                      2 Cor 4,7-15;                  Mt 20,20-28

             Pocas veces se ha visto tan solicitada como en estos días la celebración del patrocinio del Apóstol Santiago sobre España, patrocinio que unido al de la Santísima Virgen del Pilar se ha extendido histórica, espiritual y culturalmente a los pueblos de la Hispanidad. Motivo y causa de lo que acabo de señalar, es la fiesta de este discípulo de la primera hora que, con su hermano Juan y el apóstol Pedro, formó el escogido grupo de los testigos de especiales acontecimientos de la vida de N.S. Jesucristo, en particular la transfiguración en el Monte Tabor y la agonía en el huerto de Getsemaní.

Pero esta vez el apóstol Santiago nos convoca en unas circunstancias singulares a causa de la peligrosa pandemia que extiende todavía su amenaza, más o menos debilitada, por todas partes. Por eso, nuestra celebración de hoy, sin perder el carácter festivo propio de la solemnidad, tiene también el tono de la rogativa y de la súplica del auxilio divino por intercesión del Santo Apóstol Patrono de España.

1.- Las raíces cristianas de nuestra historia como pueblo

             Creyentes y menos creyentes en la doctrina de la fe cristiana, de lo que no cabe duda es de que los españoles y los otros pueblos hispanos compartimos una historia, unos criterios de vida y unas pautas de conducta que nos han salvado muchas veces de nuestros propios fallos o errores. Hoy vivimos en una sociedad muy diferente de la que hemos conocido en tiempos todavía no lejanos, pero que hemos consolidado entre todos y que, en el fondo, sigue siendo confesionalmente católica, al menos en las raíces que aún están ahí. No las vamos a reivindicar ahora, pero tampoco podemos negarlas ni renunciar a ellas porque hacer esto produciría en todos un grave daño espiritual y moral.

            Por eso dirigimos hoy la mirada al Apóstol Santiago, el “amigo del Señor”, e invocamos su patrocinio e intercesión sobre la España actual que deseamos siga siendo depositaria y cultivadora de valores espirituales que sostienen y enriquecen no pocos aspectos de la vida social y cultural de nuestro pueblo. Entre esos valores sobresale la fe cristiana, surgida primero de la predicación de los apóstoles y difundida y alimentada después por la catequesis y la acción pastoral de predicadores, catequistas, maestros y pastores de la Iglesia, derrochando siempre energías y perseverancia. Esa fe es también la que ha de iluminarnos en momentos como los que nos toca vivir, de angustia y de zozobra, sí, pero que no pueden distraernos de la misión esencial que el Señor ha confiado a su Iglesia. Oremos, pues, por las víctimas del Coronavirus 19, pero enmarquemos también esta plegaria en el contexto de la misión universal de la Iglesia que no se reduce tan solo a los aspectos humanitarios y social-caritativos. Todas nuestras actividades, también las sociales y educadoras, se enmarcan en la misión confiada por el Señor.

2.- El testimonio de la predicación del Evangelio

Así ha sucedido desde los orígenes de la predicación del Evangelio, como recordaba la primera lectura: «En aquellos días, los Apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor» (Hech 4,33). Una afirmación clara y contundente del referido testimonio que llenaba Jerusalén del mensaje de Jesucristo y que ha sido llevado hasta los confines del mundo en cumplimiento del mandato misionero del Resucitado (cf. Mc 16,15; Mt 28,19). Pensemos, por ejemplo, en los incontables misioneros españoles de todos los tiempos, que llevaron la fe cristiana hasta los lugares más alejados del planeta. Y cuando aquellos evangelizadores eran detenidos y se les interrogaba porqué actuaban así, ellos respondían siempre: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 4,29). Es decir, eran plenamente conscientes y se sentían verdaderos enviados de Jesucristo.

            Aquella era una Iglesia plenamente misionera y valiente, que se sabía enviada para dar testimonio de Jesucristo y de su mensaje. Nosotros, la Iglesia de hoy, debemos mirarnos en el espejo de las comunidades del tiempo de los Apóstoles, como se ha hecho tantas veces en la historia, en periodos de persecución y en situaciones de tener que hacer frente a ideologías y modos de vivir basados no precisamente en la búsqueda de la verdad y de los valores que realmente ennoblecen y redimen a la persona. Aquellos primeros apóstoles y los que han venido después -pensemos también en los santos y santas titulares de nuestras iglesias y en aquellos a los que nuestro pueblo celebra con la mayor devoción- fueron siempre hombres y mujeres decididos, coherentes con su fe y su esperanza, obedientes a Dios antes que a los oportunistas del momento (cf. Hch 4,29).

3.- Confianza en la fuerza del Evangelio

             No perdamos, pues, la esperanza en la transformación y enriquecimiento moral de nuestras actitudes y conductas. Es cierto que “llevamos este tesoro” -me refiero a la fe cristiana, a la esperanza en la vida eterna y a los imperativos de la caridad fraterna y generosa- en “vasijas de barro”, expuestas siempre a quebrarse (cf. 2 Cor 4,7). Pero el Señor no falla nunca. El poder y la fuerza que manifestó en su resurrección y en la vida de tantos hombres y mujeres que como el apóstol Santiago confiaron en Él, se hará presente también en nuestras vidas.

            Nos quejamos a veces y no sin razón de las dificultades que presenta una sociedad cada día más secularizada, que prescinde de los valores religiosos y que atribuye estos a épocas definidas por la incultura o la pobreza. Sin embargo, los verdaderos cristianos saben que el sufrimiento forma parte de nuestra vida y contribuye a dar sentido a nuestra existencia pese a las dificultades. Nos lo advertía san Pablo en la II lectura: “Atribulados en todo, más no aplastados; apurados, mas no desesperados… llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”  (2 Cor 4,8-9).

           Queridos hermanos: Confiemos en la fuerza del Evangelio y en el testimonio de los incontables Santos y Santas que, a partir del Apóstol Santiago, jalonan la historia cristiana de España y contribuyeron decisivamente a difundir la fe por todo el orbe. Que así sea.

+Julián, Obispo de León

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