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2020 JUNIO - DOMINGO XIII DE TIEMPO ORDINARIO

Parroquia de san Froilán (28 de junio de 2020)

(2Re 4.8-11.14-16a; Sal 88; Rm 6.3-4.8-11; Mt 10.37-42)

"Andemos en una vida nueva"

           Querido párroco de san Froilán, queridos candidatos a los sacramentos de la Iniciación cristiana: Los textos de la palabra de Dios que se han proclamado nos invitan a considerar lo que significa en la vida cristiana caminar a la luz del rostro de Jesucristo y guiados por su Espíritu. El rostro de Cristo es como el rostro de la madre, iluminador, tierno, consolador, inolvidable. Lo recordaba el salmo después de la I lectura: “Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro” (Sal 88,2a).

1.- Las claves ‘sacramentales’ de la vida cristiana

Ya la primera lectura nos hablaba de un tránsito de la tristeza a la alegría en referencia a la felicidad de tener un hijo por una mujer que no podía cumplir el deseo de su vida. Así sucede también en la vida cristiana: el que se esfuerza por hacer el bien, el que acoge a su hermano, recibe con él la visita de Dios, y su vida se hace fructífera.

En la segunda lectura san Pablo, refiriéndose precisamente al bautismo, nos habla de un tránsito de la muerte a la vida. Pues en el bautismo todos “fuimos sepultados con Cristo en la muerte, para que, lo mismo que Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rm 6,4). La vida cristiana es una participación en la vida de Jesucristo resucitado, una vida que se desarrolla en nuestra existencia terrenal para alcanzar su realización final en la gloria del cielo.

Hoy vamos a realizar ese sacramento en dos personas, una madre y una hija, y les daremos también el sacramento de la Confirmación que perfecciona la gracia bautismal junto con la Eucaristía, sacramento que van a recibir también seis adultos. Los tendríamos que haber celebrado en la pasada Vigilia Pascual de la Resurrección del Señor, pero no fue posible por las circunstancias de la pandemia del Coronavirus. Por cierto, pidamos al Señor que aleje definitivamente este peligro que parece amenazar de nuevo.

2.- Los valores “morales” de nuestra condición cristiana

   Reflexionemos en las palabras de Jesús recogidas en el evangelio de hoy. Pueden parecernos son particularmente duras y exigentes. No en vano el Señor nos propone el camino desconcertante de la cruz, pero que él mismo ha recorrido primero: "Quien ama más al padre o a la madre que a mí, no es digno de mí; quien ama a su hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Atención a las palabras del Señor, para no malinterpretarlas. Jesús no pide "sentir" más afecto por él que por los miembros de nuestra familia. Sería antinatural. Notemos que lo que propone no son meros sentimientos, sino valores. Está hablando de la voluntad de Dios sobre nuestras vidas, y Dios es nuestro Padre que quiere lo verdaderamente valioso para nosotros, por encima de cualquier otro valor humano o material.

Por eso, no sería un buen hijo quien, con el pretexto de agradar a sus padres, realizara acciones contrarias a la verdad, al bien y a la justicia. La mentira, el mal y cualquier forma de delincuencia o de injusticia nunca pueden ser una forma de honrar a los padres ni a nadie. Ningún valor humano, del tipo que sea, puede ser más importante que la dignidad de los hijos de Dios recibida en el Bautismo y revalidada en la Confirmación y cada vez que se recibe la Eucaristía. Por eso, nada ni nadie puede anteponerse al amor de Dios manifestado en Jesucristo y ofrecido a cada uno de nosotros en los sacramentos y en la predicación de la Iglesia. Esta fidelidad, traducida en la práctica diaria de la justicia y de caridad, constituye lo más fundamental de la conducta moral cristiana.  

+Julián, obispo de León

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