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2020 JUNIO - SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO SANTO Y SANGRE DE CRISTO

(14 de junio de 2020)
"El pan que daré es mi carne para la vida del mundo"

Dt 8,2-3.14b-16a; Sal 147;                    1Cor 10,16-17                  Jn 6,51-58

            Excmo. Cabildo y presbíteros concelebrantes.
            Asociaciones y cofradías eucarísticas.
            Amados fieles cristianos:

            Un año más nos convoca el Señor en torno a la mesa de su Santísimo Cuerpo y Sangre . Un año más se nos concede celebrar la fiesta del “Sacramento de nuestra fe, el misterio y el acontecimiento, la sublime realidad de la “presencia verdadera, real y substancial” de Jesucristo, nuestro Redentor, bajo los signos del pan y del vino que consagramos sobre el altar. Un año más nosotros debemos responder a esta convocatoria con espíritu de fe y sentimientos de confianza, de sincera gratitud y de profunda alegría.

1.- La celebración de la solemnidad del Corpus Christi

        Este año, debido a las circunstancias sanitarias que estamos viviendo todavía, aunque atenuadas ya, tanto la celebración eucarística como la tradicional procesión del Corpus Christi, a continuación de la Misa, están muy condicionadas. Pero tan solo externamente, porque el verdadero culto a la Eucaristía se resuelve en el interior de cada uno de nosotros mediante la fe, el reconocimiento y la adoración de la presencia del Señor. Aceptamos, pues, las limitaciones padecidas con sentido de responsabilidad personal y social, pero conscientes de que, aun dentro de las exigencias requeridas, es posible vivir y manifestar nuestra fe en verdad y profundidad.

En este sentido, la experiencia de este año debería ayudarnos a todos a vencer rutinas y a participar en lo sucesivo de manera más consciente y exigente en la vida cristiana superando la tentación del individualismo y de la comodidad. Por otra parte considero un deber dar las gracias a las instituciones civiles, militares y religiosas, así como a las autoridades y a los responsables en los diversos campos de la vida pública, social y sanitaria por el notable esfuerzo realizado que aún no ha concluido. En su momento se convocará para un solemne funeral por las víctimas de la pandemia. Pero lo más doloroso para todos ha sido la pérdida de tantas vidas humanas. Mientras tanto, permanezcamos atentos y responsables, cada uno desde su propia misión o función con entrega y generosidad.

          Como sabéis, la Eucaristía es siempre un acontecimiento que nos convoca, nos alimenta y nos conforta en el camino de la vida. La de cada uno de nosotros, los creyentes en Jesucristo, y la de la Iglesia en cuanto comunidad de fe y de amor. El Señor instituyó el “Santísimo Sacramento” de su Cuerpo y Sangre para transmitirnos su propia vitalidad espiritual y para que, en unión con Él, demos al Padre celestial el culto de adoración que le corresponde como Creador y le pidamos, una y otra vez, que envíe su Espíritu Santo a nuestros corazones para santificarnos y para consagrar también nuestros trabajos y situaciones existenciales.

2.- El acontecimiento eucarístico a la luz de la palabra de Dios

       Detengámonos unos momentos en reconocer la riqueza inmensa que encierra el Misterio eucarístico guiados por las lecturas de la palabra de Dios que se acaban de proclamar y que manifiestan la dimensión de la Eucaristía como don divino y alimento espiritual. Recordemos que el pan y el vino, “fruto de la tierra y del trabajo de los hombres”, que van a ser consagrados, son en primer término los alimentos dispuestos para una comida fraterna, pero no como las que hacemos habitualmente sino una comida del todo singular. La primera lectura que se ha proclamado se refería ya al alimento que Dios proporcionó a su pueblo durante la travesía del desierto, un alimento extraño, caído del cielo, que en palabras del propio Señor en el evangelio, era anuncio del pan que Él mismo iba a ofrecer a todos los que creyeran en Él, pero con una importante diferencia. Según sus propias palabras: “El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6,51; cf. 6,54-56)

Ese pan, aun conservando las apariencias materiales, es el cuerpo de Cristo, pan “que ha bajado del cielo” (Jn 6,58) como el maná que los hebreos encontraban cada mañana y que les alimentó durante la travesía del desierto hacia la tierra prometida (cf. Dt 8,16). En la segunda lectura, el apóstol san Pablo afirmaba que el alimento que debemos compartir los cristianos tiene la fuerza necesaria para construir la comunión entre todos los que lo comen: Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan" (1 Cor 10,17). Por eso la Eucaristía no solo es el verdadero alimento espiritual para los cristianos individualmente sino también para toda la comunidad que se nutre en cuanto tal en la medida en que participa en la celebración eucarística. ¡Cómo no recordar la famosa frase de aquellos cristianos del siglo IV en Abitinia, al norte de África, que al verse privados violentamente de la Eucaristía, decían: “No podemos vivir sin el domingo y la eucaristía”! Estas palabras pueden darnos una idea de la distancia, y no precisamente de tiempo, que separa a muchos de los cristianos de hoy del fervor y de la valentía de los cristianos de aquellos tiempos de persecución y de sacrificio.  

3.- Celebremos con fe y alegría el misterio de la Eucaristía

         En el desierto, Dios alimentaba a su pueblo con el maná. Hoy nos nutre a nosotros con el “pan que viene del cielo” (cf. Jn 6,51.58), que no es sólo un alimento material ni puramente espiritual, sino que es un sacramento, es decir, una realidad que se percibe y se recibe físicamente pero que significa y contiene a Jesucristo, el Hijo de Dios, en persona, entregado por nosotros en la cruz y resucitado para nuestra salvación (cf. Rom 4,25). Por eso hoy, domingo del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, debemos reconocer, celebrar y agradecer este gesto del Señor, este regalo de su presencia viva y santificadora en el sacramento de la Eucaristía. Nuestro Salvador ha querido quedarse con nosotros no solo durante la celebración eucarística sino después de ella también, permaneciendo, como dice la fe de la Iglesia, “verdadera, real y sustancialmente” en el Santísimo Sacramento del altar.

Reconozcamos y agradezcamos, pues, esta presencia. El Señor no nos deja solos en el camino de nuestra vida. Está con nosotros, nos acompaña y comparte nuestra suerte hasta identificarse con cada uno al hacerse nuestro alimento. En el coloquio que acaba de referirnos el evangelio, ha dicho: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6, 56). Esto es la Eucaristía ¿Cómo no alegrarnos por esa promesa? ¿Cómo no acercarnos a la mesa eucarística para recibir, con el corazón reconciliado, el alimento que da la vida eterna? ¿Cómo no celebrar como corresponde, con fe y con el mayor gozo, esta hermosa realidad cantando hoy, en el interior de la catedral, al “amor de los amores”, pero dispuestos a compartir este amor en nuestras casas, en nuestros lugares de trabajo y de convivencia, en la vida de cada día?

Que la necesidad de la Eucaristía y de la recepción de otros sacramentos que hemos pasado en este largo e intensos meses, nos ayuden a vencer rutinas y a superar la mentalidad individualista con la que a veces nos configuramos y acomodamos a la hora de recibir los sacramentos de la Iglesia.

+Julián, Obispo de León

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
Telefono Centralita: 987 21 96 80

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