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2020 MAYO - SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

Misa del día (31-Mayo-2020)
“Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra”

Hech 2,1-11; Sal 103 (104)              1Cor 12.3b-7.12-13                        Juan 20,19-23

A las siete semanas de la solemnidad de la Pascua de Resurrección, cerrando la gozosa cincuentena de días gozosos ante la renovada presencia del Resucitado que se manifestó a los apóstoles reunidos en Jerusalén, dando lugar al comienzo de la misión de anunciar el evangelio, la Iglesia nos invita hoy a celebrar aquel acontecimiento que sigue siendo una realidad viva y actual. Pentecostés evoca aquella primera actividad misionera bajo el impulso del Espíritu prometido por el Señor.

1.- Pentecostés significa la plenitud de la Pascua

La fiesta de hoy, por tanto, pone el foco, por así decir, en la comunicación de ese don a cada uno de los cristianos, los bautizados y confirmados como miembros del cuerpo de Cristo, pero ampliando su acción creadora y santificadora a toda la humanidad y aun la creación entera: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra”  como decimos y cantamos en una de las invocaciones más conocidas que solemos usar al abrir una asamblea de oración o de trabajo pastoral. La fiesta de hoy, aunque hace de broche festivo del tiempo pascual, nos invita a hacer un acto de fe y de confianza: “¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.

La solemnidad de Pentecostés, efectivamente, "lleva a plenitud el misterio pascual" (prefacio), a la vez que conmemora aquella primera gran efusión del don del Espíritu divino sobre los apóstoles y, desde entonces, sobre toda la Iglesia en cada una de las comunidades cristianas. Por eso, si siempre es Pascua, porque el Señor resucitado permanece junto a nosotros según su promesa (cf. Mt 28,20), siempre es Pentecostés, porque el Espíritu Santo actúa continuamente en la vida de la Iglesia y aun en la existencia de los cristianos que procuran mantenerse fieles a su condición de hijos de Dios.

El Espíritu Santo, el “don del Espíritu” (cf. Hch 2,38), es el regalo más precioso de Jesucristo resucitado porque no es algo, un bien o un objeto, sino una persona, la tercera de la Santísima Trinidad, alguien que, como decimos en el Credo, “con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria y que habló por los profetas”. El Espíritu Santo es el amor de Dios personificado y derramado en nuestros corazones y que actúa en toda la creación renovando “la faz de la tierra”.

2.- Pentecostés sigue siendo la comunicación del Espíritu Santo

En el Evangelio hemos escuchado cómo Jesús, al manifestarse a los apóstoles, los saluda con estas palabras: “¡Paz a vosotros! Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”, añadiendo a continuación a la vez que hacía el gesto de soplar sobre ellos: "¡Recibid el Espíritu Santo!" (Jn 20,22). Este gesto se hace en la liturgia, por ejemplo, en la consagración del Santo Crisma, el aceite que se usa en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación, la ordenación sacerdotal y episcopal, y en la dedicación de las iglesias y de los altares al culto divino, siempre con ese mismo significado: la presencia y la actuación invisible pero real y efectiva del Espíritu Santo que lo llena todo, purifica todo, santifica todo, desde las personas hasta los objetos sagrados, el altar, las iglesias… Por eso la invocación ya recordada: “Envía tu Espíritu, Señor…”, resuena de algún modo en la liturgia siempre que se realiza un sacramento.

La primera lectura describía la escena del descenso del Espíritu sobre los apóstoles reunidos en el cenáculo donde habían celebrado la última Cena con su Señor y Maestro, como empalmando ambos acontecimientos. Pero Pentecostés no es un hecho aislado en el tiempo. Es una realidad que permanece a lo largo de la historia. San Pablo en la segunda lectura nos recordaba también que todos hemos recibido “un mismo Espíritu” (1 Cor 12,4) que se derrama en todos los ministerios y funciones que existen en la Iglesia, es decir, en cada persona, joven o adulta, en cada anciano o niño. Esto es muy hermoso y muy importante: no todos somos sacerdotes u obispos, ni todos catequistas o cantores, ni todos maestros o discípulos, ni todos expertos en esto o aquello… Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común” (12,7).

3.- Pentecostés nos recuerda que el Espíritu Santo promueve la unidad

Esta hermosa realidad hace de la Iglesia un organismo vivo, dotado de muchos miembros, diferentes cuanto se quiera pero unidos al formar un solo cuerpo. El Espíritu Santo garantiza y fortalece esa unidad que mantiene a la Iglesia bien integrada en la diversidad de funciones y tareas al servicio del bien común. La primera lectura nos recordaba que el día de Pentecostés, San Pedro, al predicar el Evangelio, fue comprendido por los numerosos extranjeros reunidos en Jerusalén, cada uno en su propio idioma. Este es un aspecto muy significativo del acontecimiento celebrado. Frente a la confusión de las lenguas que se produjo en la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11,6-9), la acción de Espíritu Santo posee una eficacia unificadora que supera victoriosamente cualquier división existente entre los hombres y no solo por causa de las lenguas.

El Espíritu Santo es, por tanto, el principio de la unidad en la variedad, haciendo de esta una comunión. Los dones que el Espíritu otorga generosamente para el bien común requieren una actitud de apertura hacia los demás y el compromiso mutuo de reconocer la dignidad del otro procurando la colaboración. Cada uno de nosotros es una parte integral e insustituible del gran plan de Dios para la historia humana. Nadie sobra en este proyecto. Por eso, cada uno de nosotros, con su vida particular, con sus heroísmos y también con sus debilidades, está llamado a ponerse generosamente al servicio de los demás para que el Reino de Dios se cumpla.

Pidamos al Padre, con la oración sobre las ofrendas dentro de unos momentos, que “el Espíritu Santo nos haga comprender más profundamente la realidad misteriosa de” la Eucaristía, de manera que nos apoyemos siempre en ella para trabajar por la unidad y la cooperación entre todos los que integramos la Iglesia y que redundará en bien de todos los pueblos.

+Julián, Obispo de León

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