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2020 ABRIL - DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASION DEL SEÑOR[1]
 «Bendito el que viene en nombre del Señor»

 Is 50,4-7; Sal 21                            Fl 2,6-11                     Mt 26,14-27,66

            Hoy, “Domingo de Ramos en la Pasión del Señor” como lo titula la liturgia del día, la Iglesia convoca  a sus hijos para entrar en la semana central del calendario cristiano y celebrar, en el arco de ocho días, los acontecimientos finales de la vida terrena de nuestro Salvador y redentor Jesucristo. Nos encontramos, pues, en la recta final de la Cuaresma que desemboca en el sagrado “Triduo pascual de Jesucristo, muerto, sepultado y resucitado”, finalizando la Cuaresma que, si la hemos observado como desea y propone la Iglesia, ha preparado nuestro espíritu para celebrar y revivir en nosotros “los sentimientos propios de Cristo Jesús” que aun “siendo de condición divina…  no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo… hecho semejante a los hombres. Y así… se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fl 2,5-8).

1.- La Semana Santa de este año

             En estas breves pero impresionantes frases de san Pablo se condensa el significado y el alcance de lo que nos disponemos a celebrar en los días de la Semana Santa. La tradición cristiana ha forjado con el paso del tiempo unas formas de expresión y de participación religiosa verdaderamente admirables hasta el punto de confundirse con nuestra propia identidad como pueblo. Ese año, sin embargo, las circunstancias que estamos viviendo acerca del peligro que supone el coronavirus (COVID-19) para toda la población, se han suprimido las procesiones. Por este motivo, permitidme invitaros a entrar, si cabe, más a fondo en la celebración litúrgica de la pasión, muerte y resurrección del Señor. No olvidemos que aquellos acontecimientos no pertenecen solamente al pasado sino que se hacen de algún modo presentes en la memoria vida de la Iglesia y en los sacramentos (cf. SC 7).

Por eso, aunque valoramos como auténtica manifestación de fe las formas de expresión surgidas y alimentadas por la piedad popular, inspirada y nutrida por la propia liturgia de la Iglesia, no podemos renunciar a lo que constituye la esencia de la vida sacramental y que consiste en la presencia del Señor con su Espíritu Santo y su actuación santificadora en la comunidad de los fieles a través de la proclamación de la palabra divina y de la celebración de los sacramentos, especialmente en la eucaristía que conmemora y actualiza su obra de salvación en nosotros. 

2.- Nuestras actitudes ante la pasión del Señor 

    En este sentido la celebración de hoy, domingo de Ramos, aun conmemorando la entrada  de Jesús en Jerusalén, tiene su verdadero centro celebrativo en la proclamación de la pasión del Señor, cada año según el texto de un evangelista sinóptico: este año san Mateo como acabamos de escuchar. La Iglesia nos introduce así en el acontecimiento de la pascua personal de Jesucristo, es decir, en su paso de este mundo al Padre como se anuncia en el Evangelio según san Juan (cf. Jn 13,1). El primer acto de ese tránsito fue la entrada del Señor en Jerusalén siendo reconocido y aclamado por aquellos mismos que, unos días después, pedirían a Pilatos que lo crucificara (cf. Mc 15,13-14 y par.). Esta es la tremenda paradoja que podría darse también en nuestras vidas si no nos alimentamos en la palabra de Dios para mantenernos firmes en la fe (cf. 1 Cor 16,13; Ef 6,16) y perseverantes en la oración (Hch 1,14).

         El protagonista de esta liturgia festiva, caracterizada por las aclamaciones y los cantos de júbilo, es Jesucristo, el Rey Mesías que entra de nuevo en Jerusalén para sufrir la pasión y resucitar glorioso en nuestra propia vida. Pero nosotros debemos entrar con Él en la pasión que vamos a celebrar, de manera que todo lo que somos y tenemos, todo lo que hacemos y padecemos cada uno, hemos de integrarlo en los acontecimientos de salvación que nos disponemos a celebrar, a fin de que todo eso sea asumido, purificado y renovado por Jesucristo con la fuerza de su Espíritu.

 3.- Celebrar y vivir la Semana Santa como verdaderos creyentes          

         Dispongámonos, pues, a celebrar los acontecimientos de nuestra salvación que tuvieron lugar hace dos mil años, cuando se consumó la vida terrena de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Pero procuremos contemplarlos atentamente, no como algo lejano y perteneciente al pasado, sino como una realidad cercana que nos purifica y nos acerca a Dios a su amor al hombre. La pasión de Cristo es la mayor prueba de amor que puede darse pues, como afirma san Juan, tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

            Fue precisamente ese amor el que, mediante la acción del Espíritu Santo en los sacramentos de la Iglesia, especialmente en la eucaristía,  convierte el recuerdo en presencia viva, la contemplación de los hechos que se representan en llamada a las conciencias, y la celebración del misterio pascual en actualización renovada de lo que contiene. Dejémonos, pues, guiar por la Iglesia a lo largo y lo ancho de estos días. Y si no es posible realizar las procesiones como otros años, dadas las circunstancias especiales que estamos viviendo, tratemos de acompañar a Cristo espiritualmente para pasar con Él de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz y de la esclavitud de nuestros pecados a la alegría de la libertad que Él consiguió para todos nosotros.

+Julián, Obispo de León

[1] Preparada con anticipación, no fue pronunciada al no ser posible la celebración con la participación habitual. Se publica como recordatorio de aquel día.

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