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2019 NOVIEMBRE - DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

“Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo” (24-XI-2019)
 “Reina desde un madero”

 2 Sam 5,1-3; Sal 121 (122)          Col 1,12-20         Lc 23,35-43

En este domingo, dedicado a Jesucristo, Rey del universo y verdadera clave del significado de la historia humana y aun de todo cuanto existe en ella, se completa y clausura un año litúrgico más en nuestra vida cristiana. Esta solemnidad, instituida el año 1925 por el papa Pío XI en base a las palabras “y su Reino no tendrá fin” referidas a nuestro Redentor en el Credo apostólico, nació con la finalidad de recordar la primacía que corresponde al Hijo de Dios hecho hombre en orden a la salvación de  la humanidad. Hoy diríamos para que la sociedad se ajuste “a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, al establecer las leyes, al administrar justicia, al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres”[1].

1.- Significado del Reino de Cristo en el mundo

 La solemnidad tiene actualmente un tono más espiritual, pero igualmente misionero y de compromiso en línea con el deber de todos los cristianos, especialmente de los fieles laicos, de impregnar las realidades temporales del mensaje del evangelio. De hecho, las lecturas de la palabra de Dios que se proclaman en esta fiesta, insisten en el significado y en el alcance del reino de Cristo que, al no ser de este mundo en sentido material y político, se ha de cumplir no “mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal" como señala el Catecismo de la Iglesia Católica (CCE n. 677). Todos los cristianos, especialmente los fieles laicos, "tienen como vocación propia buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y actividades del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social… Es ahí donde Dios los llama a realizar su función propia, dejándose guiar por el Evangelio" (LG 31).

            En este marco general del Reinado de Cristo vamos a conferir hoy los denominados  “ministerios  laicales instituidos”, es decir, no meramente ocasionales, a un grupo de alumnos de nuestros seminarios diocesanos. A unos el ministerio del lector, a otros el ministerio del acólito. Constituyen pasos necesarios vinculados al sacramento del Orden, especialmente al Diaconado y al Sacerdocio, constituyendo un grado de participación en la responsabilidad eclesial y, por tanto, de servicio también al Reinado de Cristo, aun cuando se consideran “ministerios  laicales”, es decir, relativos a la misión y función de los fieles cristianos en la Iglesia y en la sociedad. Pero centremos nuestra atención en el significado de la solemnidad que estamos celebrando.

2.- Dimensión cósmica del Reinado de Cristo

La primera lectura evocaba la unción del joven David, consagrado de este modo como rey de Israel. El gesto, inicialmente práctico, había llegado a ser símbolo de fortaleza y de bendición divina. Y en este sentido ha de interpretarse la referencia al Mesías, es decir, a Jesucristo, el Ungido por excelencia en cuando Hijo de Dios, Salvador y Rey, pues todos estos significados se unen en su persona.

Esta realidad en Jesucristo, con una dimensión universal y cósmica, fue celebrada ya en los tiempos apostólicos como lo demuestra el himno de la Carta a los Colosenses que hemos escuchado como segunda lectura: “Todo fue creado por Él y para Él. Él es anterior a todo y todo se mantiene en Él” (Col 1,16-17). Y, sin embargo, ese Rey-Mesías está clavado en una cruz: “Reina desde un madero” como dice un himno cristológico de los primeros siglos, teniendo su trono real precisamente en la cruz. Y efectivamente, el pasaje del Evangelio que se ha proclamado nos recuerda que Jesús ejerce su dominio no desde la fuerza, sino en la tremenda debilidad de la cruz, algo tan sorprendente como escandaloso para quien no tiene fe. 

Porque es, precisamente, en esa debilidad aparente donde se esconden los verdaderos valores de la salvación. Son varios los escritos de los Santos Padres de los primeros siglos que pusieron de relieve esta tremenda y aparente contradicción entre la condición regia y divina del Mesías y la humillación de la Cruz. Así lo canta un célebre himno cristiano de los primeros siglos: el himno “Vexilla Regis” (las banderas del Rey) que exalta a Cristo que reina desde lo alto de la Cruz, trono de amor, no de dominio: «Regnavit a ligno Deus» (cf. Mc 10,43-45).

De hecho, el Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús ejerce su dominio no a través de la fuerza, sino en la debilidad de la Cruz. Este es el mensaje más generoso que puede darse: el reinado de Cristo no es el dominio de los poderosos de este mundo, sino la oferta de unos valores generosos para los que el Señor pide una adhesión libre y personal, prometiendo a quien los acoge, como al buen ladrón del Evangelio, la participación en su reino: "Hoy estarás conmigo en el paraíso”

3.- Nuestra participación en los bienes del Reino de Cristo

           Queridos elegidos para los ministerios del lector y del acólito, hermanos presbíteros y cuantos estáis participando en esta celebración: El reinado de Cristo se extiende a "la creación entera, liberada de la esclavitud” como pedíamos en la oración colecta, esclavitud a la que la sometemos no solo cuando se maltrata la naturaleza o se destruye el medio ambiente con acciones como la contaminación del aire o de los recursos del agua o de la tierra, sino también cuando se pervierte el orden moral o cobra carta de naturaleza el permisivismo total extendiéndose una mentalidad de todo es legítimo con tal de hacerse rico, conseguir el triunfo o gozar de una felicidad sin medida.

Por eso, si queremos sinceramente que Jesucristo Rey ejerza su poder liberador sobre el mundo, debemos procurar que su reino se establezca y consolide primero dentro de nosotros, en la profundidad de nuestro ser de donde surgen nuestras manifestaciones, nuestras palabras, nuestros gestos y nuestras acciones. Cristo quiere reinar, ante todo, en los corazones de quienes estamos llamados a realizar “la verdad en el amor, haciendo crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza” (Ef 4,15).

La celebración eucarística de esta solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo,  anticipa ya en nosotros los dones del Reino de Dios. Estamos celebrando la Eucaristía, el sacramento de nuestra comunión con Cristo y entre nosotros, comunión, en definitiva, con su condición divina. Esta realidad está no solo representada sino que se nos ofrece verdaderamente en el banquete eucarístico, anunciada y suscitada por la palabra de Dios proclamada. Al servicio de esta hermosa y espléndida realidad que percibimos desde la fe está el sacramento del Orden que hemos recibido ya los diáconos, los presbíteros y el obispo. Pidamos hoy que nuestros seminaristas, especialmente los que ahora van a ser instituidos lectores y acólitos, que se vayan preparando eficazmente para ser, ellos también, ministros eficaces del misterio de la salvación.

+Julián, Obispo de León

[1] Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, de 24-XI-2002. 

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