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2019 SEPTIEMBRE - CELEBRACIÓN DE LOS XXV AÑOS DE LA ORDENACIÓN EPISCOPAL

(S.I. Catedral de León, 26-IX-2019) “Reaviva el don de Dios que hay en ti”

Is 61,1-3; Sal 88               2 Tim 1,6-8; Jn 10,14               Jn 20,19-23

                                                                                   A Jesucristo, el Señor  resucitado,
            ‘Pastor y obispo de nuestras almas’
que nos da el Espíritu Santo
y es uno con el Padre y el mismo Espíritu,
‘el honor, la gloria y la bendición’

            Con esta invocación trinitaria me dirigía por primera vez al pueblo de Dios que llenaba la catedral de Ciudad Rodrigo, mi primera diócesis, el día de mi ordenación episcopal hace justamente 25 años que se cumplieron ayer mismo.

     Querían ser entonces el reconocimiento de la presencia del Señor por su Espíritu Santo que reunió entonces a una gran asamblea y que nos reúne ahora también y siempre, haciendo eficaz en nuestras vidas la palabra de Dios proclamada y la oración de la Iglesia. 

Desde esta convicción personal, con fe y con profunda gratitud me dirijo hoy a todos vosotros, venerables hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio, autoridades civiles y militares, representaciones de la Sociedad Leonesa, queridos fieles laicos, seminaristas y personas consagradas, hermanos y hermanas que pertenecéis a esta Iglesia local, a mi familia y amigos, tanto de León como de otros lugares.

1.- Memoria y agradecimiento

Aquel día ya lejano de mi ordenación se proclamaron las mismas lecturas de la palabra de Dios y el salmo que habéis escuchado hace unos momentos. A pesar del paso del tiempo, en mi alma permanece vivo el recuerdo emocionado de aquella celebración y de las personas que intervinieron, comenzando por el ministro principal, S.E. Mons. Mario Tagliaferri (+), entonces Nuncio apostólico en España y los demás obispos que me impusieron las manos, entre ellos Mons. Antonio Vilaplana, mi querido predecesor, entonces obispo vuestro[1]. Y presidiendo mi familia doméstica y amistades, mis buenos padres que han partido ya de este mundo. El Sr. Nuncio Apostólico me exhortó entonces, en su homilía, a fomentar el “espíritu de la liturgia” para que el misterio pascual de Jesucristo fuera el centro de la vida de aquella Iglesia local de Ciudad Rodrigo. Entonces yo no podía imaginar que, apenas seis años después, iba a ser enviado a vosotros, la Iglesia que peregrina en León. A la vez me invitaba a cuidar la evangelización, la organización pastoral y la acción caritativa y social de los cristianos[2].      

        Y me hacía también unas recomendaciones que quiero evocar hoy con el deseo de  que vosotros me sigáis ayudando a cumplirlas lo mejor posible: cuidar la colaboración de los seglares, velar por la “institución familiar” y procurar “la cercanía a los sacerdotes” teniéndolos “por hijos y amigos, pronto siempre a escucharlos, fomentando la comunicación confiada con ellos y promoviendo el trabajo pastoral de toda la diócesis”. Más adelante me recordaba las palabras del profeta Isaías que hoy se han vuelto a proclamar: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61,1). Y me prometía: “La unción que vas a recibir… te asegura que Dios se compromete a estar a tu lado para ayudarte en tu tarea… El Espíritu del Señor está contigo”.

2.-  Testimonio e invitación

        Y efectivamente, reconozco que es el Señor el que actúa y hace eficaz todo ministerio. Por eso, al preparar esta homilía, me han venido también a la memoria unas palabras del entonces obispo de Zamora que me había recibido a los once años en el Seminario Menor de Toro y, andando el tiempo, me ordenó presbítero el 30 de junio de 1968: Mons. Eduardo Martínez González (+), de santa memoria también. Poco antes, él mismo había celebrado sus propias bodas de oro sacerdotales y se preguntaba en la homilía: “¿Quién era yo cuando el Señor se dignó llamarme?”. Una pregunta que yo trato de hacerme igualmente pero a la luz de esta reflexión de san Pablo: A ver, ¿quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido?” (1 Cor 4,7).

       La obligada referencia al acontecimiento del que ahora se cumplen 25 años, me sugiere también otra consideración a la luz del evangelio proclamado y que evocaba la primera aparición del Resucitado a sus discípulos, momento en el que el Señor  revalidó, si podemos hablar así, la institución del sacerdocio efectuada durante la última Cena. Me refiero a las palabras: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19; 1 Cor 11,24.25). Según la enseñanza de la Iglesia el Señor instituyó entonces el Sacerdocio ministerial vinculado a la Eucaristía y disponiendo que esta fuese celebrada hasta su venida al final de los tiempos, no de cualquier manera sino como se nos dice en el Rito de la Ordenación sacerdotal: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. La exhortación se dirige por igual a los obispos y a los presbíteros, pero entraña una especial responsabilidad en el ministerio episcopal, al que corresponde velar por el buen desarrollo de las celebraciones litúrgicas[3].

3.- Siempre bajo la acción del Espíritu Santo

      El Señor ha querido que esa íntima comunión entre Él y sus discípulos se perpetuase siempre no desde un punto de vista meramente humano. Para esto sería suficiente reunirse. Pero es necesario algo más. Ya lo había anunciado y prometido: Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,19-20). No es suficiente juntarse, pues. Este es solamente el primer paso. Es preciso reunirse “en su nombre”, es decir, invocándole a Él o invocando al Padre por mediación de Él para que envíe el Espíritu Santo sobre los que se han congregado, haga eficaz la oración comunitaria y santifique la ofrenda del pueblo de Dios.

Hoy, veinticinco años después de haber recibido la gracia del sacramento del Orden sacerdotal en el grado del episcopado, me siento todavía abrumado por lo que significa el ministerio recibido de responsabilidad personal, pero sobre todo de gracia y de prueba de amor inmerecido por mi parte. Por eso, al preparar esta homilía, he procurado detenerme en las palabras de san Pablo a su discípulo Timoteo: “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza” (2 Tim 1,6). En efecto, la gracia divina eleva y perfecciona la capacidad humana y significa una fuerza para el desempeño de una misión que entraña sacrificio y amor fuerte y entregado al servicio de los hermanos, dominio de sí mismo y serena reflexión sobre la tarea pastoral diaria. Porque todo es gracia de Dios en nuestra vida, aun cuando el Señor quiere también nuestra cooperación. El apóstol era muy consciente de esta realidad y así debemos serlo también los que hemos recibido una misión en la sociedad, un encargo en la Iglesia o un ministerio que nos hace servidores de Cristo para la edificación de su cuerpo eclesial que sois todos los fieles cristianos.

Queridos hermanos: quiero daros las gracias a todos por vuestra presencia. No es a mí a quien debéis honrar hoy sino a nuestro Señor y Redentor Jesucristo a quien todo sacerdote representa con temor y temblor. La eucaristía que celebramos y presidimos es siempre la cumbre de nuestro ministerio y de todos los demás bienes con los que Dios cuida de su pueblo y aun de nosotros, los pastores. Pedid hoy por vuestro presbiterio diocesano y pedid también por mí para que todos los sacerdotes, al ejercer el ministerio de la palabra, al celebrar los sacramentos y al cuidar con amor de nuestras comunidades, nos demos cuenta siempre de lo que hacemos, imitemos lo que conmemoramos y nos santifiquemos cada día caminando en una vida nueva

Quiero terminar esta homilía con una invocación a la Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles y Madre de los Sacerdotes, que san Juan Pablo II nos dejó en su Exhortación Apostólica “Pastores dabo vobis” (25-III-1992):

Oh  María,
Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes:
acepta este título con el que hoy te honramos
para exaltar tu maternidad
y contemplar contigo
el Sacerdocio de tu Hijo unigénito y de tus hijos,
oh Santa Madre de Dios.

Madre de la Iglesia,
que con los discípulos en el Cenáculo
implorabas el Espíritu
para el nuevo Pueblo y sus Pastores:
alcanza para el orden de los presbíteros
la plenitud de los dones,
oh Reina de los Apóstoles.

+ Julián, Obispo de León

[1] Presidió S.E. Mons. Mario Tagliaferri (+), Nuncio Apostólico en España, acompañado del señor cardenal D. Marcelo González, arzobispo de Toledo, de Mons. José Delicado, arzobispo metropolitano de Valladolid, de Mons. Elías Yanes, arzobispo de Zaragoza y presidente de la Conferencia Episcopal y otros 16 arzobispos y obispos, entre ellos el obispo emérito de  Ciudad Rodrigo Mons. Demetrio Mansilla.

[2] Cf. Homilía del Señor Nuncio. Ordenación episcopal de Mons. Julián López Martín: “Boletín Oficial del Obispado de Ciudad Rodrigo, octubre de 1994, pp. 557-561.

[3] Cf. Lumen Gentium, 26; CDC c. 838,4; Instrucción “Redemptionis Sacramentum”, de 25-III-2004, nn. 20-21.

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