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2019 SEPTIEMBRE - SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DEL CAMINO

(Basílica-Santuario, 15-IX-2019)  "El discípulo la recibió como algo propio"

            Jdt 13,17-20; Sal 30;               Hb 5,7-9                    Jn 19,25-27

     Un año más hemos venido en peregrinación de fe y de amor al santuario de Nuestra Señora la Virgen del Camino, la “Reina y Madre del pueblo leonés”, para honrarla en el día de su fiesta grande y acogernos a su protección. Sin duda todos los que los que acuden a este sagrado lugar, tienen siempre algo que ofrecer o pedir a la Santísima Virgen María, cuya imagen evoca el momento, sin duda, dolorosísimo para ella, al contemplar el cuerpo inerte de su Hijo bajado de la cruz y colocado en sus brazos. Pero aquel fue también el momento en que empezaba a cumplir el encargo del Señor cuando desde la cruz, dirigiéndose a su Madre y al apóstol Juan, nos puso a todos bajo el cuidado maternal de María (cf. Jn 19,25-27).  

1.- María al pie de la Cruz

  En el evangelio que se acaba de proclamar hemos escuchado estas palabras del evangelista san Juan: "Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre". El apóstol levantaba acta no solo de su presencia en el Calvario sino también de su asociación al misterio de la Redención, como le había anunciado el anciano Simeón cuando llevó al Niño Jesús para presentarlo en el templo de acuerdo con la ley (cf. Lc 2,22-24). En efecto, María recibió de su Hijo, nuestro Redentor, una maternidad espiritual que se extiende a todos los hombres, representados por el apóstol Juan. Por su parte, el discípulo recibió y acogió a María “como algo propio”, es decir, en su vida y en su corazón, según  la anotación del evangelista (cf. Jn 19,27).

     Aquel no fue un episodio más en el conjunto del drama del Calvario. Por deseo del Señor agonizante –recordemos la importancia que ha tenido siempre la última voluntad de un moribundo-, María recibió entonces una nueva maternidad y los discípulos de Jesús de todos los tiempos recibimos el regalo de una nueva Madre, espiritual. San Juan refiere como "Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’" (Jn 19,26-27). Estas palabras, particularmente conmovedoras, revelan los profundos sentimientos de Cristo en el acto supremo de la redención humana y entrañan una gran riqueza de significado para nuestra fe y para la espiritualidad cristiana en general.

         Las palabras del Señor, al encomendar a su Madre a Juan, no eran solo la expresión del deseo de que su Madre no quedase desamparada, sino que van más allá de la necesidad de resolver una situación problemática para el futuro de María. En efecto, el estudio y la consideración atenta del texto del evangelista san Juan, confirmada por la interpretación tradicional de la Iglesia, sitúa al lector y al oyente del pasaje evangélico ante una verdadera revelación del designio de Dios sobre la función de la Santísima Virgen en lo que conocemos como la historia de la salvación.

2.- Una relación nueva de amor entre María y los discípulos de su Hijo

      Nunca meditaremos lo suficiente las palabras del Señor agonizando en la cruz. Palabras que hemos de relacionar con las pronunciadas en la última Cena cuando el Señor promulgó y nos dejó el mandamiento del amor fraterno. En esa misma clave del “Amaos los unos a los otros” (Jn 13,34) cabe enmarcar también el doble encargo a su Madre y al discípulo Juan, que he mencionado antes. Entonces, como da a entender el evangelista, comenzó una relación nueva y fecundísima de amor mutuo entre María y los creyentes en Jesucristo. Una relación de amor que tiene su expresión en un bello título que el pueblo cristiano ha dado también a la Santísima Virgen María. Me refiero al título que la reconoce e invoca como “Madre del Amor Hermoso”.  

      “Madre del Amor Hermoso” porque está adornado de una serie de cualidades que lo hacen especialmente atractivo y entrañable. Y porque María, nuestra Madre por voluntad de su Hijo Jesús, es una fuente inagotable de ternura, generosidad y entrega a sus hijos espirituales. El suyo es un amor tierno y suave, como el de toda madre hacia sus hijos más pequeños. Un amor que suscita respuesta espontánea en todos los hijos, un amor gratuito, incondicional y, en tantos momentos de la vida, un amor desmedido y desbordado.

        El amor de María hacia los discípulos de su Hijo se manifestó ya en las bodas de Caná cuando ella, solícita, comunicó a Jesús la situación de los recién casados a los que se les había terminado el vino de la comida y quizás también el vino de la alegría, de la confianza y, quién sabe, si también el vino del verdadero amor ante los apuros del momento (cf, Jn 2,1-11). Al interceder por aquellos nuevos esposos, María puso de manifiesto la sensibilidad y delicadeza de su alma. Por eso debemos confiar siempre en Ella, acercarnos a Ella sin temor alguno, incluso si necesitamos el perdón y la indulgencia divina. Sin duda la Santísima Virgen, como buena Madre, sabe descubrir el lado positivo de nuestras dudas y vacilaciones, es decir, nuestros más íntimos deseos y necesidades. Ella, con su mirada providente y misericordiosa quiere que Cristo arraigue fuertemente en nosotros por la fe, crezca en nuestro interior por la esperanza, y se desarrolle en todos mediante una vida de santidad y de amor.

2.- Nuestra respuesta ha de ser también la del amor

      Como “Madre del Amor hermoso”, entregada a esta misión después de la muerte y de la resurrección de su Hijo, sin duda desea de todos nosotros, sus nuevos hijos, que le hagamos sitio en nuestra vida, en nuestros pensamientos y actitudes. Por nuestro propio bien y para cerrar el círculo de amor abierto por Ella. El evangelio que relata la escena que hemos evocado del Calvario, termina con una frase que no solo resume la escena sino que pone de manifiesto, ante todo, la actitud decidida del apóstol Juan que, desde entonces, “la recibió como algo propio” (Jn 19,27), es decir, como algo especialmente amado y deseado, en una relación de ternura y afecto para siempre. 

            Por eso todos, al escuchar este evangelio, deberíamos pensar en un cambio en nuestras actitudes y pensamientos, en una verdadera o renovada conversión. Nosotros, que con frecuencia tendemos a lo fácil y acomodaticio, que eludimos fácilmente el sacrificio y la generosidad cuando pensamos que no vamos a sacar provecho, deberíamos aprender del apóstol Juan a corresponder al amor maternal de María como Ella se merece y sin duda espera de todos sus hijos. Contemplándola en la imagen de la Virgen del Camino podemos percibir no solo su dolor en la muerte de su Hijo sino también su sintonía con el amor que llevó a Cristo a dar su vida por nosotros y por toda la humanidad. Ella aporta también su propio sufrimiento y colabora a que esa vida sea una realidad en cada uno de sus nuevos hijos. Ella quiere y espera que esa muerte dé su fruto en todos nosotros, para nuestro bien en esta vida y para nuestra salvación eterna.

        Por eso, hoy, en el día grande de su fiesta, quiero concluir esta homilía poniendo en las manos de nuestra Madre amorosa y fiel los 25 años de mi ministerio episcopal que están a punto de cumplirse, de ellos 17 en esta diócesis de León: “María, Tú has sido siempre la estrella guía de mi vocación sacerdotal y de mi dedicación a la Iglesia. Hace 25 años te invocaba como ‘Virgen de la Peña de Francia’, en Ciudad Rodrigo, mi primera diócesis. Hoy lo hago suplicándote aquí, en tu santuario y basílica, como ‘Virgen del Camino’ para que me ayudes a servir a la Iglesia, al pueblo que me fue confiado y, en definitiva, a tu Hijo Jesucristo ‘como Él quiere ser servido’”. Que así sea.

+Julián, Obispo de León

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
Telefono Centralita: 987 21 96 80

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