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2019 SEPTIEMBRE - EUCARISTÍA EN LA CLAUSURA DE LA XVIII SEMANA DE PASTORAL

S.I.Catedral, 9-IX-2019  

“Cuida de ti mismo y de la enseñanza”

1 Tim 4,12-16; Sal 110                           Lc 7, 36-50

        Con sincero gozo y con profundo reconocimiento hacia los organizadores y participantes en las jornadas que clausuramos, quiero dar gracias al Señor por este testimonio de cooperación puesto manifiesto a lo largo de tantos años ya, en estos encuentros de comienzo de curso. De forma instructiva y dialogante, aunando reflexión y compromiso, y atentos todos a lo que significa y exige la dedicación a los distintos ámbitos de la misión de la Iglesia, se ha ido avanzando paulatinamente en el conocimiento tanto de las exigencias actuales de la acción evangelizadora y pastoral como de los medios que requiere hoy cada dedicación o tarea, teniendo siempre presente el espíritu de comunión con el que es indispensable trabajar pastoralmente.

1.- Importancia de las Semanas de Pastoral

    Esta realidad de las semanas de pastoral constituye todo un ejemplo de fidelidad y de perseverancia tanto en los responsables de los distintos ámbitos de la misión eclesial como en las personas que trabajan o colaboran, conscientes todos de que están edificando nuestra Iglesia local o diocesana, la Iglesia Legionense, cooperando decididamente en el crecimiento del Reino de Dios. Por eso quiero y debo dar las gracias a todos, a la vez que manifiesto mi reconocimiento admirado y agradecido hacia esta iniciativa de las Semanas de Pastoral que me han acompañado desde el principio de mi ministerio episcopal entre vosotros. En el fondo, participar en esta espléndida iniciativa que nos pone en pie cada año al empezar el curso, constituye un derecho y un deber de los miembros más conscientes y comprometidos de la comunidad diocesana, cada uno según sus dones o carismas. Esta cooperación representa, por tanto, un valor muy importante de comunión eclesial y un estímulo incluso para el pastor diocesano que se ve ayudado y arropado.

Hoy, con este motivo, quiero formular un gracias especial a la Vicaría de Pastoral y a las restantes Vicarías, Delegaciones y Secretariados diocesanos, incluyendo también a nuestro Seminario de San Froilán que viene facilitando desde el principio sus aulas y su salón de actos, hoy notablemente mejorado y embellecido. Mi agradecimiento también en nombre de la diócesis a los ponentes y moderadores que han intervenido en la semana que clausuramos ahora. Presentemos al Señor en esta eucaristía los trabajos, propósitos y sentimientos de gratitud y alegría de estas jornadas con la esperanza de que el Dueño de la Viña hará fructificar con la eficacia santificadora de su Espíritu la tarea realizada.

2.- La escena del evangelio reveladora de la actitud de Jesús

Pero centremos nuestra atención en la palabra de Dios que se ha proclamado, el evangelio en primer lugar. San Lucas, el evangelista de la misericordia, narra con gran riqueza de detalles el episodio de una mujer que sin importarle el lugar ni el momento, se introduce en la sala donde están comiendo y postrada a los pies de Jesús se los lava y perfuma como haría la más humilde esclava, regándolos además con sus propias lágrimas. Se trata de una de las páginas más conmovedoras del Nuevo Testamento en la que se manifiesta el amor redentor de Cristo hacia los pecadores por encima de cualquier etiqueta o formalismo. Y, como contraste, la actitud del fariseo, pagado de sí mismo y convencido de su propia generosidad, pero manifestando realmente su prepotencia y orgullo.

Aquella pobre mujer, centro de las miradas maliciosas de los mal pensados, necesitaba desahogarse. Lo único que buscaba era la paz de su espíritu y el perdón de sus pecados. Y fue perdonada  porque, en palabras de Jesús, “amó mucho” manifestando con sus lágrimas la verdad de su arrepentimiento. Este es el sentido profundo del episodio y del comentario de Jesús dirigiéndose directamente al propio fariseo que lo había invitado pero, en realidad, hablando para todos. También para nosotros que a veces actuamos del mismo modo, fijándonos en los defectos de los demás e incluso señalándolos. Las palabras del Señor contienen una admirable e importante lección espiritual y pastoral que no debemos olvidar en nuestro ministerio y apostolado, ni en nuestra vida de relación con los demás. 

3. Ante el nuevo curso pastoral que inauguramos

       ¿Qué puede decirnos este episodio para nuestra dedicación pastoral, cada uno según el carisma que ha recibido? Ciertamente algo muy esencial y fundamental: No tenemos derecho a juzgar a nadie y hemos de estar abiertos a todas las personas para acogerlas, reconociendo su fe o sus posibles cualidades humanas o espirituales. Este modo de proceder es el más coherente con el evangelio que debemos anunciar y manifestar con nuestras actitudes y conducta. “¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?” preguntaba san Pablo a sus lectores en la I Carta a los Corintios (1 Cor  4,7).  Por eso hemos de ser siempre generosos, atentos a los demás, abiertos a colaborar en la misión de la Iglesia. Y esa generosidad pasa por los trabajos en la difusión del evangelio en toda su pureza, con todas sus exigencias, como sugería precisamente la apremiante exhortación de san Pablo en la primera lectura: “Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos” (1 Cor 15,1-2).

            Comenzamos un nuevo curso pastoral y debemos hacerlo con ilusión y confianza, con decisión y alegría. ¿Os acordáis de aquella primera Exhortación Apostólica del papa Francisco titulada Evangelii gaudium” (La alegría del Evangelio), en la que decía que “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”?, recordando después una larga serie de ejemplos tomados del Nuevo Testamento. Entremos, pues, en el nuevo curso con esta actitud fundamental, fuente a su vez y apoyo de la confianza que hemos de tener. Motivos no nos faltan. Uno de ellos e inmediato es el Mes Misionero Extraordinario anunciado por el Papa Francisco para el próximo octubre, “con el fin de alimentar el ardor de la actividad evangelizadora de la Iglesia” como él dijo al anunciarlo.

       ¿Qué podemos hacer, en concreto, en nuestras parroquias y comunidades para celebrar y vivir este mes? Básicamente esto: tener presente en la oración y en las homilías, catequesis, clase de religión, etc., la dimensión misionera de nuestra fe recordando que el mandato misionero nos toca a todos de cerca, en nuestra vida, trabajo, convivencia, etc. En palabras del papa Francisco: “Yo soy siempre una misión; tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida. Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante. Cada uno de nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de Dios”. Y, por supuesto, celebrar el DOMUND de este año con más dinamismo en sus objetivos, principalmente en la toma de conciencia de la dimensión misionera de nuestra fe.

+Julián, Obispo de León

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