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2019 AGOSTO - EUCARISTÍA ACCIÓN DE GRACIAS POR LA BEATIFICACIÓN DE LAS MÁRTIRES CONCEPCIONISTAS

(Iglesia conventual de la Orden en León)      "Seréis odiados por todos a causa de mi nombre"

            1 Pe 3,14-17; Sal 33                            Mt 10,17-22

          El día 22 de junio pasado fueron beatificadas en la catedral de Ntra. Señora de la Almudena, en Madrid, catorce monjas de la Orden monástica de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, en una solemne liturgia presidida, en representación de Su Santidad el Papa Francisco, por el prefecto de la Congregación para las causas de los Santos,  cardenal Angelo Becciu. Entre las religiosas “beatificadas” se encuentran dos monjas leonesas: Sor María Beatriz de Sta. Teresa y Sor María Clotilde del Pilar.

         Por este gozoso motivo y para dar gracias a Dios por este acontecimiento que nos toca tan de cerca, nos encontramos esta tarde en el querido e histórico convento leonés de la citada Orden que no hace tres años celebraba con gran gozo también el V Centenario de la fundación (8-XI-2016). Sin duda, a todos los presentes nos alegra acompañar a nuestra querida comunidad de Monjas Concepcionistas de León, en este momento y por tan importante motivo espiritual. Su alegría es también la nuestra.

1.- El testimonio martirial de las nuevas beatas

Pero, ¿quiénes eran estas religiosas que han sido glorificadas de este modo? La primera, Sor María Beatriz, había nacido en Nava de los Caballeros (León) el 18 de marzo de 1908 y al ser bautizada se le impuso el nombre de Narcisa (García Villa). Había ingresado en el convento concepcionista de San José, en Madrid, el 17 de junio de 1924. De ella se sabe que se ocupaba de la iglesia y de la sacristía, que fue secretaria de la comunidad y tornera, pero sobre todo que era un alma de gran intimidad con Dios, sacrificada y buena amiga de sus hermanas de hábito. Cuando recibió la palma del martirio tenía 28 años de edad y doce de vida consagrada.

La segunda, Sor María Clotilde del Pilar: nacida en Valdealcón, municipio de Gradefes (León) el 4 de junio de 1897 y bautizada M.ª del Pilar, tuvo que vencer la resistencia  familiar para entrar en la  vida religiosa porque su familia se oponía, pero obtuvo finalmente el permiso y la bendición de sus padres. Ingresó también en el monasterio de San José en abril de 1923. Tomó el hábito el 5 de octubre del mismo año y se distinguió por  un profundo amor a la Santísima Virgen María. En 1936 había sido sometida a una dolorosa operación quirúrgica sin proferir queja alguna. Recibió la palma del martirio a los 39 años de edad y trece de vida religiosa.

     Centrándonos en estas dos siervas de Dios y sin olvidarnos de las restantes, hoy igualmente glorificadas, personalmente deseo recordar también a otras dos hermanas concepcionistas y mártires, cercanas a nosotros también, naturales ambas de Avedillo de Sanabria, provincia de Zamora y diócesis de Astorga: la Madre Inés de San José, abadesa del convento de El Pardo y la hermana María del Carmen de la Purísima Concepción, perteneciente a la misma comunidad. Aun mencionando solamente a las referidas, celebramos hoy igualmente y con idéntica y profunda admiración a todas las mártires de esta querida Orden monástica fundada en Toledo en 1489 por Santa Beatriz de Silva bajo la advocación de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María.

2.- El Señor había anunciado la persecución de sus discípulos

           La palabra de Dios que ha sido proclamada, proyecta sobre todas estas hermanas mártires la luz necesaria para apreciar el significado de sus vidas y el valor de su martirio como confesión de la fe cristiana y reconocimiento de un amor inquebrantable a Jesucristo y, por supuesto, a la Santísima Virgen María en el misterio inefable de su Concepción Inmaculada. Iluminados por esa misma luz, pura y radiante, y fortalecidos por el ejemplo de estas y de tantas mujeres mártires -para que luego algunos hablen del “sexo débil”- nosotros debemos sentirnos estimulados también para anunciar y dar testimonio del evangelio no sólo de palabra sino con la verdad de nuestra vida.

            En efecto, el texto evangélico recordaba el aviso que el Señor hizo a sus discípulos anunciándoles el odio y la persecución por parte de los poderes de este mundo. La predicción mencionaba expresamente la acusación ante los tribunales, el arresto, el castigo, la comparecencia "ante gobernadores y reyes" por causa de Jesús, y finalmente la muerte. Por lo que sabemos acerca del final de estas mártires, ni siquiera fueron acusadas ante un tribunal en el hipotético supuesto de que hubiesen contravenido una ley, sino que fueron vilmente escarnecidas y asesinadas solamente por el hecho de ser religiosas.

            Pero el Evangelio apunta, sobre todo, a lo que está realmente en el origen de la persecución a los seguidores de Jesucristo, la aversión hacia Él. Las palabras: "Seréis odiados por todos a causa de mi nombre", quieren decir: "Os odiarán por causa de mí" (cf. Mt 10,22). No es solamente el sufrimiento, ni siquiera la muerte, por terrible que sea, lo que hace de un cristiano un mártir de Cristo, sino el motivo, la causa por la que se le hace sufrir física y moralmente, incluso arrebatándole la vida. Este motivo es Jesucristo y lo que Él representa, es decir, todos los valores del Reino de Dios, entre los que sobresale el amor a los demás, como dijo el propio Señor: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13)

3.- Valor y grandeza de los mártires cristianos

            Mártir es aquel que se declara discípulo de Jesús, creyente y seguidor suyo y de su Evangelio aun a costa de la propia vida. El mártir no es un desesperado que no soporta el seguir viviendo, ni tampoco un loco dispuesto a morir matando, ni un fanático que, cerrado a la supervivencia personal, se autoinmola por un mundo nuevo imaginario. El mártir cristiano ama la vida y cree en la resurrección y en una supervivencia eterna. Ya en la antigüedad no faltaron quienes interpretaban el heroísmo de los mártires como una forma de obstinación religiosa y de gusto por lo trágico, pero esta interpretación es falsa. El verdadero mártir es el que acepta libremente la muerte que otros le producen a causa de la fe cristiana y de la fidelidad al Evangelio de Jesucristo.

         El mártir ama la vida del cuerpo, mas para él esta vida no es un valor absoluto sino que está supeditada a un bien superior. El mártir, ante la disyuntiva de apostatar de su fe y salvar de este modo la vida corporal, o de confesar esa fe y con ello morir, opta por ser fiel hasta el final y decide no huir cobardemente, tratando de ser coherente a pesar de la debilidad humana. Porque entonces es cuando se manifiesta en él la fuerza de Dios. Y cuando, en lugar de perder la vida, en realidad la recobra en plenitud: "Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará" (Mc 8,35), había dicho el Señor. En este sentido se comprenden sus palabras cuando llaman "dichosos a los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos" (Mt 10; cf. 11-12).

            El Evangelio que hemos escuchado terminaba con estas significativas palabras: "El que persevere hasta el final, se salvará", es decir, alcanzará la meta de la felicidad perfecta quien se mantenga firme en la fe a pesar de las contrariedades, y quien no tenga miedo a manifestar su condición cristiana delante de los hombres pese a las dificultades, el desprecio o el rechazo. El propio Jesucristo prometió reconocer ante su “Padre que está en los cielos” a los discípulos que se declaren por Él (cf. Mt 10,32). Las mártires concepcionistas leonesas que veneramos lo hicieron así y hoy, como sus compañeras mártires, brillan ya como nuevas estrellas en la corona de María Inmaculada. 

+ Julián, Obispo de León

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