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2019 AGOSTO - EXEQUIAS DE LA H. ROSARIO MARÍA DEL NIÑO JESÚS

Bautizada MILAGROS CID  - (Carmelo de León, 2-VIII-2019)

 “Incorporados a Cristo en una muerte como la suya, 
lo seremos también en una resurrección como la suya”

           Rom 6,3-9; Sal 62                Mt 11,25-30

         “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él” (Rm 6,5), hemos escuchado en la primera lectura. Aquí radica nuestra esperanza. Los cristianos, conscientes de la fe que hemos recibido, tenemos una gran ventaja entre tantas personas que no poseen este consuelo (cf. 1Tes 4,12). Por eso, cuando nos enfrentamos a la muerte de una persona especialmente querida o estimada, familiar o miembro de una comunidad de fe y de vida como sucede en la vida consagrada, aceptamos con mayor naturalidad, aunque no sin dolor humano, la certeza de la muerte y su misterio, conscientes también de que nuestra propia muerte ha sido ya vencida por el misterio pascual de Jesucristo, de manera que en su resurrección se nos anuncia y asegura una vida sin fin (cf. 1 Cor 15,54-57).

1.- Momento de fe y de esperanza

       Por este motivo, aun sintiendo el dolor de la separación, comprendemos que las exequias de nuestros hermanos son un momento de fe y de esperanza. La liturgia de la Iglesia infunde en nosotros esta realidad: no estamos participando, sin más, en una separación o celebrando una despedida. Si lo pensáramos así, si actuásemos de este modo, movidos por la apariencia de los hechos, no seríamos coherentes con lo que decimos creer y profesar, es decir, con la fe en la vida eterna que el Señor prometió para los creyentes en Él y, en definitiva, para todos los que buscan consuelo y fortaleza en su palabra. Más aún, si nos enfrentáramos a la muerte como los que no tienen esperanza, daríamos la impresión de que no creemos en Jesucristo ni en su palabra de salvación, también para los que mueren.

    Estamos celebrando la Eucaristía, presencia misteriosa pero verdadera de la muerte y de la resurrección de Jesucristo y, por tanto, garantía de esperanza en la vida que trasciende nuestra propia existencia terrena. No olvidemos que en nosotros hay algo que se resiste a la idea misma de desaparecer totalmente. Me refiero a un anhelo, un deseo profundo, un asidero que brota, sí, de nuestro temor a la muerte pero que se apoya también y ante todo en nuestra propia conciencia de que no todo es materia, carne mortal, apariencia sensible de lo que somos. Hoy tenemos esta sensación, acompañando hacia la sepultura corporal a una hermana nuestra, a una monja carmelita, hija de Santa Teresa de Jesús, con la convicción que viene de la fe aunque nos cueste incluso aceptarlo, es cierto, de que en su alma ha sido llamada ya a entrar en la morada del cielo, la casa del Padre, con la certeza y seguridad de la gran Santa Reformadora de la vida religiosa carmelitana.

     La H. Rosario María del Niño Jesús, bautizada Milagros Cid, fue una de las fundadoras de este convento que se abrió con hermanas procedentes del de Ciudad Rodrigo, diócesis pequeña en tamaño pero grande en vocaciones sacerdotales y religiosas y en vida cristiana. Muy devota de san José, tenía virtudes muy propias del Carmelo Teresiano: olvido de sí, sencillez, obediencia, entrega a su vocación carmelitana.

2.- La vida religiosa contemplativa, expresión de la gracia bautismal

¿Quién no conoce la célebre exclamación transida de fe y de belleza poética de Santa Teresa: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero”? Para creer de este modo y celebrarlo en la eucaristía, necesitamos acoger en nosotros y meditar seriamente las palabras del apóstol san Pablo que hemos escuchado en la I lectura: “Incorporados a Cristo en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya”. El apóstol está hablando del sacramento del bautismo, que en su tiempo se realizaba sumergiendo y sacando al bautizado o bautizada en una pila llena de agua para representar de este modo la entrada simbólica en la muerte y la salida, igualmente significativa, en la resurrección. Por eso el apóstol habla de una transformación interior en la que se muere al pecado y se renace o resucita a la vida nueva de los hijos de Dios (cf. Rom 6,8.10).    

 ¿Qué es lo que sucede realmente en el bautismo, representado simbólicamente? Que el bautizado muere al pecado y nace de nuevo para la vida en Cristo Jesús. Desde ese momento el nuevo cristiano está unido a Jesucristo y a su resurrección para vivir la novedad de una existencia definida por los valores que contiene, es decir, la vida eterna, la alegría de la fe, la liberación del pecado y de sus secuelas. Ahora bien, este tránsito que se realiza simbólica y eficazmente en el rito bautismal ha de traducirse en la conducta moral de cada día y en todos los ámbitos de la existencia del cristiano hasta el final de su vida terrena. Por eso, mientras vivimos en este mundo, no estamos exentos del peligro de recaer en el pecado.

3.- La Eucaristía, momento de fe y de esperanza

 En este sentido la hermana Rosario ha completado ya su peregrinación terrena, como dice la liturgia de difuntos, y confortada por los sacramentos y la oración de su comunidad, ha sido llamada a la presencia del Señor que la eligió un día para que le siguiera haciendo realidad el modelo evangélico de pobreza, castidad y obediencia, el “camino de perfección” roturado y trabajado por Santa Teresa de Jesús y por incontables hijas suyas que eligieron también, como María, la hermana de Marta y de Lázaro, “la mejor parte” que nadie les arrebatará, como el mismo Señor prometió (cf. Lc 10,42).

       Celebremos, pues, esta eucaristía como un momento de fe y de esperanza, virtudes  que nos animan a pensar también en el fruto de santidad y de vitalidad eclesial que solo el Señor conoce, pero que nosotros intuimos de alguna manera en la hermana que nos ha dejado. No en vano creemos, valoramos y agradecemos el alcance y el fruto espiritual de toda vida de consagración religiosa. Gracias, hermana Rosario, por tu humilde y a la vez sublime testimonio de fidelidad a Jesucristo, el Esposo de la Iglesia, el Amado a quien nuestra gran Santa reformadora del Carmelo dedicó este verso:

"Ya toda me entregué y di, 
y de tal suerte he trocado, 
que es mi Amado para mí,
y yo soy para mi Amado."

+Julián, Obispo de León

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
Telefono Centralita: 987 21 96 80

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