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2019 JUNIO - SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

(S.I. Catedral, 23-VI-2019) “Siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo”

            Dt 8,2-3.14-16; Sal 147               1 Cor 10,16-17                  Jn 6,51-58

                        ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar! 
¡Sea por siempre bendito y alabado!

             La liturgia de la Iglesia Católica y la devoción del pueblo cristiano, que San Pablo VI  denominó piedad popular, se unen hoy una vez más para dar testimonio de nuestra fe en la presencia de Jesucristo resucitado en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Esta profunda y hermosa realidad que constituye una de las principales características de la identidad eclesial, se hace patente en la fiesta de hoy mucho más que en otros momentos y ocasiones de la vida cristiana. Alguna vez he recordado que la fiesta del Corpus Christi constituye el eco gozoso, eclesial e incluso social y cultural, de la gran solemnidad de la Pascua. No olvidemos que Jesucristo vive y se hace presente en la Iglesia con el poder de su resurrección, especialmente en la Eucaristía.

1.- La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

            Efectivamente, terminada la cincuentena pascual y como un eco agradecido de la Pascua del Señor, la Iglesia nos convoca para  celebrar tres grandes fiestas sucesivas que tienen un carácter en cierto modo de prolongación actualizadora de aspectos esenciales del Misterio Pascual de Jesucristo. Me estoy refiriendo a las solemnidades de la Santísima Trinidad, a la del Cuerpo y Sangre de Cristo o del Corpus Christi y a la del Sagrado Corazón de Jesús. Son tres convocatorias con carácter específico cada una y con singular eco en el pueblo cristiano: la primera, la solemnidad de la Santísima Trinidad, es sin duda la de mayor calado teológico, no tan popular como las otras dos pero que no deja de ser, como la denominan en algunos países, la “fiesta de Dios”; la segunda es la fiesta del Corpus, celebrada en las capitales de las diócesis en torno a las catedrales y colegiatas y prolongada en las “fiestas sacramentales” de las parroquias y de otras comunidades; y la tercera, la solemnidad del Corazón de Jesús, vinculada también a la devoción de los “primeros viernes de mes” y a revelaciones privadas como las atribuidas a Santa Margarita María (a. 1673). En España  al Santuario de la Gran Promesa de Valladolid (a. 1733) y al Cerro de los Ángeles de cuyo primer monumento se cumplen ahora cien años (a. 1919).

       Pero detengámonos un momento en la actual solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo y en sus expresiones: La primera y más patente es la misma que tiene lugar en cada celebración eucarística como dice uno de los cantos de entrada más populares: “Reunidos en el nombre del Señor”. La fiesta de hoy, efectivamente, nos convoca y congrega alrededor del altar haciendo visible la unidad en el amor. Después vendrá la procesión: “Caminaré en presencia del Señor” decimos en otro canto. Y en todo momento la adoración como se dice en otro himno: “De rodillas, Señor, ante el Sagrario” reconociendo esa presencia que responde a la anunciada antes de subir a los cielos: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20b).

2.- Actitudes que hemos de vivir en esta celebración 

      Todas estas celebraciones exigen y despiertan en nosotros determinadas actitudes de alegría y de alabanza al Señor, de reconocimiento y de acción de gracias, pero también de caridad y de amor que miran a la comunidad eclesial y aun a todos los hombres, actitudes que nunca pueden faltar, especialmente hoy, Día de Caridad. Esa caridad que brota también del reconocimiento de la presencia del Señor en la Eucaristía y de la participación en el pan de la vida que es Cristo mismo como escuchábamos en el evangelio: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51; cf. 6,48 etc.). La eucaristía tiene, además, una dimensión social, lo mismo que la solidaridad humana tiene una dimensión eucarística. Por eso, al celebrar y recibir la Eucaristía no cabe desentenderse del hermano, especialmente si pasa necesidad o sufre por alguna causa. Rechazarlo es rechazar al mismo Cristo. Como se ha dicho alguna vez: “El mismo Señor que viene a mí en la comunión, es el mismo que me espera en cada hermano”.

            Esta consideración nos ayudará, sin duda, a comprender y realizar, como el Señor espera, la adoración eucarística, es decir, la actitud religiosa vinculada también a la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. En efecto, la adoración a Dios ha de estar presente siempre en nuestra vida cristiana, pero se hace especialmente expresiva en las celebraciones litúrgicas, comenzando por la santa Misa y prolongándose en las restantes manifestaciones religiosas. Una de estas expresiones es la solemne procesión con el Santísimo Sacramento por nuestras calles y plazas, incluyendo la bendición eucarística en la que todos hemos de postrarnos ante quien, al hacerse hombre en el seno virginal de María, se inclinó hasta nosotros y dio la vida por todos.

3.- La Eucaristía, fuente de comunión eclesial y de caridad práctica

            La fiesta de hoy posee otro aspecto que no debemos olvidar tampoco y que consiste en la íntima relación entre la Eucaristía y la comunidad cristiana que se alimenta y se sostiene gracias a este Sacramento. Como sabemos, la Eucaristía hace referencia también al cuerpo de Cristo formado por todos los cristianos según las enseñanzas de san Pablo: “Pues, así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros…,  así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo” (Rm 12,4-5; cf. 1 Cor 12,4-16.28-30). Esta maravillosa realidad, que tiene su origen en el bautismo por la acción del Espíritu Santo, es fruto también y muy importante de la participación en la Eucaristía. No en vano, para crear y fomentar esta unidad, Cristo envía al Espíritu Santo que convierte el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre para fundir en el amor divino a todos los que reciben este alimento espiritual. El apóstol Pablo lo afirma de manera expresa: Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan” (1 Cor 10,17).

            En la Eucaristía Jesús edifica la Iglesia como comunión, según el supremo ideal expresado por Él en la oración sacerdotal al decir: No solo por ellos ruego…, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros” (Jn 17,20-21). Por eso la Eucaristía es la fuente de la comunión eclesial que integra a todos los que formamos la Iglesia, desde el papa y los obispos hasta el fiel cristiano más sencillo. Compartamos, pues, entre nosotros sentimientos de afecto, acogida mutua, comprensión y, fuere necesario, incluso de perdón. Porque todas estas actitudes brotan de la Eucaristía.

          Tengámoslo en cuenta siempre, pero especialmente hoy, “Día de Caridad” en el que la Iglesia nos recuerda que la Eucaristía sin caridad se convierte en culto vacío. No en vano somos reconocidos como auténticos discípulos de Cristo en la medida en que nos preocupemos por los demás. Llevemos al Señor, presente en el Santísimo Sacramento, a través de nuestras calles y plazas con la mayor fe y alegría, pero reconozcámoslo presente también en los que sufren y en los pobres. La caridad efectiva hace aún más rico y profundo nuestro amor a Cristo como señala el mensaje de Caritas de este año: El Cuerpo de Cristo nos urge a acompañar a los pobres y construirles andamios de esperanza en un futuro mejor, como Dios quiere. No olvidemos que Jesús mismo nos ha dicho en una página solemne del Evangelio, que lo que hagamos o dejemos de hacer con los necesitados, a Él mismo se lo hacemos”.

+Julián, obispo de León

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