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2019 MAYO - FIESTA SACERDOTAL

FIESTA SACERDOTAL EN EL ANIVERSARIO DE LA DEDICACION DE LA S. I. CATEDRAL  
(S.I. Catedral, 27-V-2019)   
"¿No sabéis que sois templo de Dios?"

            1 Cor 3,9c-11.16-17; Sal 121              Jn 2,13-22

            Queridos hermanos en el sacerdocio, 
            especialmente los que celebráis 25 y 50 años de ordenación,
            seminaristas, personas consagradas, fieles laicos:

            Nuestra celebración sacerdotal anual que solemos dedicar a San Juan de Ávila, el Patrono del Clero español, coincide este año con el aniversario de la Dedicación de nuestra Santa Iglesia Catedral, efectuada tal día como hoy en el año 1901, por tanto hace más de un siglo. Esta celebración tiene en la diócesis categoría de fiesta, motivo por el que ha de ser compartida por todas las comunidades parroquiales y religiosas. Esto no nos impide honrar también a nuestro abogado e intercesor delante de Dios, san Juan de Ávila. Pero debemos observar lo que establece la liturgia que aviva de este modo nuestra vinculación personal y ministerial a la Iglesia diocesana a la que estamos unidos incluso como presbiterio.

1.- Todos nosotros somos hijos de la Iglesia diocesana

        Somos el presbiterio diocesano y como tal organismo eclesial, sin dejar de pertenecer cada uno al cuerpo de Cristo en virtud de los sacramentos de la Iniciación cristiana, estamos llamados también a buscar la gloria de Dios y la santificación propia y de los fieles encomendados a nuestro ministerio mediante el compromiso constante e incansable de la predicación de la Palabra de Dios, de la administración fiel de los sacramentos, del servicio generoso a los pequeños, a los jóvenes, a los pobres y a los enfermos, de la oración continua y de la obediencia sincera a quienes en la Iglesia han sido puestos para representar al Buen Pastor, el Obispo de Roma como sucesor de Pedro y los obispos diocesanos al servicio de las Iglesias particulares. Todo ha de contribuir, mediante la caridad concorde y el ministerio activo para la santificación de todos los que constituimos el presbiterio.

       Nos viene bien recordar así mismo que cada uno de nosotros, personalmente y en virtud de los sacramentos de la Iniciación cristiana que, no lo olvidemos, están en la base de todo lo que somos de cara a la misión pastoral recibida, somos verdaderos hijos de la Iglesia, es decir, feligreses también, aunque reservamos esta palabra para los fieles que nos ha sido encomendados. A este respecto quiero evocar una célebre reflexión de san Agustín que sin duda conocéis: Desde que se me impuso sobre mis hombros esta carga, de tanta responsabilidad (se refería al episcopado, pero vale también para el sacerdocio ministerial), me preocupa la cuestión del honor que ella implica. Lo más temible en este cargo es el peligro de complacernos más en su aspecto honorífico que en la utilidad que reporta a vuestra salvación. Mas, si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo [soy sacerdote] para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo [o de sacerdote] connota una obligación, la de cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una salvación”. 

2.- Nuestra identidad como ministros de la Iglesia

           Es importante que recordemos esto porque atañe a nuestra vida espiritual y a nuestra práctica pastoral. Detrás está nuestra propia vocación, la que advertimos un día y que fue madurando en los años del Seminario hasta llegar a la recepción del sacramento del Orden y a la misión que la Iglesia nos confió después. No en vano la vocación atañe a la experiencia espiritual de cada uno de nosotros, sin duda mucho más que a lo que hemos podido adquirir en el estudio y en la educación recibida en el Seminario y actualizada a lo largo de los años de nuestro ministerio en lo que se conoce como la “formación permanente”. Y es también un tema que responde tanto a la necesidad de nuestra vida espiritual, alimentada cada día por la oración, la celebración de la Eucaristía y los demás sacramentos, sin olvidar la liturgia de las Horas y, por supuesto, el ejercicio consciente y responsable de  nuestro ministerio.

         Pero a medida que pasan los años corremos el riesgo de acostumbrarnos a nuestra misión ministerial cotidiana y a llevarla a cabo con actitudes que podríamos denominar “profesionales”. Es un riesgo real porque incluso los fieles que nos han sido confiados nos ven a veces de este modo, casi como personas especiales -no quiero decir funcionarios- dedicadas al culto y a las cosas de la religión. Sin embargo, el problema no está en cómo nos consideran o nos juzgan los feligreses o la sociedad en general sino en que nosotros mismos sucumbamos a esa mentalidad que puede anular o, cuando menos, devaluar nuestra conciencia sacerdotal, abrumándola e incluso anulándola. La pregunta que algunos se han hecho o nos hemos hecho alguna vez: ¿Qué soy yo? ¿quién soy?, tiene mucho que ver con la propia identidad.

3.- Gratitud al Señor y renovación de nuestro compromiso con la Iglesia

      Por eso la respuesta a este reto existencial ha de basarse no en una teoría ni en una nueva presentación de la doctrina acerca de lo que es el sacerdocio -esto se ha hecho varias veces, la más importante quizás en el Concilio Vaticano II- sino en la propia existencia personal alimentada por la palabra de Dios y la oración personal, existencia fortalecida en el ejercicio mismo del ministerio y sostenida por los recursos humanos y espirituales que nos ofrece y aun exige la Iglesia, sin olvidar la amistad sacerdotal, la vida austera y ordenada y el contacto humano y pastoral con los fieles que nos han sido encomendados.

La fiesta de hoy, uniendo el aniversario de la dedicación de nuestra catedral y la celebración anual de las Bodas de Oro y Plata de algunos hermanos nuestros en el sacerdocio, con lo que tiene de reencuentro gozoso y de reconocimiento de la obra de la bondad del Señor y de su misericordia en la vida personal y ministerial de quienes cumplen sus respectivos jubileos de plata y oro, debe reanimarnos y fortalecer nuestro ánimo y nuestra confianza. Volvamos, pues, con conmovido recuerdo y gratitud, al esquema esencial de la vocación recibida y madurada en nuestras vidas. El Señor que nos llamó, sigue a nuestro lado, nos conforta y alienta. Lo prometió antes de subir a los cielos: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20). ¡Ojalá todos escuchemos cada día en nuestro interior esta voz y creamos su mensaje!

+Julián, Obispo de León

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
Telefono Centralita: 987 21 96 80

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