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2019 ABRIL - "LA CUARESMA CONTINÚA... PERO CON OTRO ACENTO"

Queridos diocesanos:

            Seguramente habéis oído alguna vez este refrán refiriéndose a algún hecho o circunstancia: “Es más largo que una cuaresma”. Como sabéis, la palabra cuaresma significa una cuarentena (de días) que se cuenta desde el miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Ramos o, con más exactitud, desde el domingo I de Cuaresma hasta el Jueves Santo por la mañana. De todos modos es un tiempo favorable para la vida cristiana según estas palabras de san Pablo que la liturgia hace suyas: “En el ‘tiempo de gracia’ te escucho, en el día de la salvación te ayudo. Pues, mirad: ahora es el ‘tiempo de la gracia’, ahora es el día de la salvación” (2 Cor 6,2). El simbolismo bíblico del número cuarenta está relacionado no solo con los días del diluvio universal cuando Dios purificó a la humanidad y con los del Señor en el desierto soportando la tentación que es necesario vencer, sino también con los días que siguieron a la resurrección del Señor en los que se apareció a los apóstoles hasta su ascensión a los cielos. Las referencias son importantes.

            La Cuaresma continúa, por tanto, y cuando esta carta vea la luz estará mucho más avanzada: apenas quince días de abril y estaremos en la Semana Mayor del año cristiano. Esto quiere decir que hay que aplicarse, que no debemos descuidarnos en la oportunidad de volver a la casa paterna y reconciliarnos con Dios nuestro Padre que, como el de la parábola del hijo pródigo, se asoma una y otra vez esperando ver el rostro de quien se fue de casa para hacer su vida y dilapidó los bienes que había recibido (cf. Lc 15,20ss.).

            Este año en el que se proclama el Evangelio según san Lucas en los domingos y en algunas fiestas, la Cuaresma está impregnada de una de las más bellas características del conocido como el “evangelista de la misericordia”. No en vano en la segunda parte del citado tiempo litúrgico se proclaman dos pasajes suyos, especialmente significativos de lo que acabo de señalar: la reacción de Jesús ante unos hechos luctuosos ocurridos en Jerusalén (Lc 13,1-9: domingo III), y la ya mencionada y bellísima parábola del hijo pródigo (Lc 15,1-3.11-32: domingo IV). A estos textos se añade uno del evangelista san Juan: el perdón de la mujer adúltera (Jn 8,1-11: domingo V). Además, en los tres domingos la liturgia nos hace responder a la palabra de Dios, respectivamente, con las siguientes exclamaciones: “El Señor es compasivo y misericordioso” (Sal 102); “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 33); y “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Sal 125).

            El atributo divino “misericordioso” evoca una actitud de ternura comparable a la de una madre que se desvive por su hijo. Personalmente recuerdo unas palabras del siervo de Dios Juan Pablo I, bautizado Albino Luciani y recordado como el Papa de la sonrisa y a quien tuve la suerte de ver y escuchar en aquel mes en que ocupó la Sede de Pedro: “Dios nos ama como una madre, mejor: es una madre”. La imagen que sugería el Papa es la de un Dios que se enternece como la mujer que toma en brazos a su niño, deseosa de protegerlo y dispuesta a darse incluso a sí misma. Esa es la imagen que sugiere el atributo divino de la misericordia: un amor “entrañable”. A partir de este atributo cobran sentido otros como “bondadoso”, ”compasivo”, “indulgente”, etc., alusivos a la ternura de quien “dispuesto a la misericordia y el perdón” se inclina sobre el débil, el pobre y el pecador. El gran paradigna de esos atributos divinos será siempre la parábola del hijo pródigo enseñada por Jesús (cf. Lc 15,11-32).

+Julián, Obispo de León

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