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2019 Marzo - "NO ECHAR EN SACO ROTO LA GRACIA DE DIOS"

Queridos diocesanos:

            Estamos a las puertas de un nuevo “ciclo de Pascua” en nuestra vida. El día 6 de marzo, Miércoles de Ceniza, inauguramos el tiempo santo que nos ha de llevar hasta la celebración del Misterio Pascual de Jesucristo y que culminará en la solemnidad de Pentecostés. Empieza, pues, la Cuaresma que desembocará en los días santos de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo y que darán paso, a su vez, a la Cincuentena de vida y alegría del Espíritu Santo.

             La Cuaresma es el tiempo austero pero “favorable”  (cf. 2 Cor 6,1) del que nos habla la Iglesia con el fin de prepararnos para festejar dignamente el referido acontecimiento pascual. Es un tiempo fecundo, portador de renovación como una primavera espiritual. Por este motivo la Iglesia, al llegar este tiempo, nos llama para que despertemos nuestras conciencias. Todos los fieles sin excepción, comenzando por los sacerdotes y demás ministros ordenados, los miembros de especial consagración y el laicado militante, debemos reavivar nuestro sentido de pertenencia a la comunidad eclesial y, en consecuencia, asumir el gozo y el deber espiritual de corresponder concretamente, cada uno según su estado, a las exigencias de una vida cristiana auténtica.

           Como sabéis, este es un tiempo privilegiado para la oración, la práctica penitencial y el cambio de vida, es decir, para la “conversión” personal y comunitaria. La Iglesia nos invita a examinarnos delante de Dios, a orar más intensamente y a reconciliarnos con Él y entre nosotros para participar con mayor verdad y gozo en la vida cristiana. Desde el referido Miércoles de Ceniza, a lo largo de las cinco semanas que culminarán en la fiesta de Pascua, guiados e instruidos por la palabra divina, nos iremos preparando para revivir la gracia divina que nos hizo hijos de Dios en el Bautismo y nos renueva y alimenta en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.

            Hagamos verdad en nosotros los misterios de Cristo paciente, muerto y resucitado, que vamos a conmemorar un año más esforzándonos con la ayuda de Dios. De ahí el deber moral de practicar la justicia y de ser, en todo momento, honestos y honrados en nuestro trabajo o función privada o pública. De otro modo desperdiciaremos la oportunidad que el Señor nos ofrece. Esto significa “echar en saco roto” su gracia, su misericordia y su ayuda de manera que Él nos pedirá cuentas algún día del mal uso de las oportunidades y llamadas que nos hace para que nos convirtamos volviendo al buen camino.

            Permitidme recordaros una de las exhortaciones más apremiantes que encontramos en el Nuevo Testamento: “Amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” ( 1 Jn 4,19b-20). Poner en práctica este mandamiento esencial y representativo de todos los demás, es lo que hará auténtica nuestra celebración de la Cuaresma y de la Pascua. No basta recibir la ceniza, acudir a las procesiones o participar en los actos religiosos propios de ambos tiempos. Será la caridad fraterna y social, real y concreta, multiplicada en las buenas obras y unida a la honradez en el trabajo y en los demás deberes personales, la que no solo ofrecerá pruebas de nuestro compromiso de conversión real sino que demostrará también su fecundidad y su actualidad en toda nuestra existencia.

            Con mis mejores deseos:

+Julián, Obispo de León

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