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2019 ENERO - "UN NUEVO AÑO MÁS EN NUESTRA VIDA"

           Queridos diocesanos:

            Al reanudar estos contactos epistolares a través de “Iglesia en León”, ya en el Año del Señor 2019 según la clásica expresión que hace referencia al nacimiento de Jesucristo, considerado como el comienzo de la “era cristiana”, recibid mi primer mensaje para los lectores de nuestra “hoja diocesana” que, en principio, consiste en el “Feliz Año Nuevo” habitual en las buenas costumbres. Sin embargo, el día primero de enero tiene un significado especial a partir de la reforma litúrgica emprendida por el sabio y santo pontífice Pablo VI en la década de los 70 del siglo pasado. En efecto, el día 1 del citado mes, además de encabezar el calendario, es el octavo día de la solemnidad del Nacimiento de Cristo, incluyendo por tanto la conmemoración del rito de la circuncisión practicada al Niño Jesús (cf. Mt 1,21.25), costumbre antigua de algunos pueblos del Próximo Oriente que Moisés asumió convirtiéndola en distintivo de la pertenencia al pueblo hebreo, el “pueblo de la Alianza”. La original decisión del mencionado papa consistió en vincular a ese día la fiesta en honor de la Santísima Virgen María, Madre de Dios.

            No cabe más bella conmemoración, más allá de lo que puede significar el comienzo del año que, por cierto, en muchos pueblos, incluido el romano, tenía lugar en otros días y tiempos, estando bastante extendida, al menos en el ámbito occidental, la práctica de celebrarlo con la llegada de la primavera.

        De todos modos, resulta estimulante que los creyentes en Jesucristo y, por extensión, quienes estamos vinculados a la cultura europea cuya huella cristiana es indudable, contemos los días y los meses de cada nuevo año a partir de esta hermosa referencia a nuestra Señora la Virgen María. Hace muchos años el ya mencionado papa san Pablo VI estableció también en la misma fecha la Jornada Mundial de la Paz. Todos estos motivos pueden encontrar una conexión muy lógica y coherente con un tema muy sugestivo, vinculado al comienzo del año en no pocas religiones y ciertamente en la tradición hebrea y  cristiana. Me refiero a la bendición de las gentes con el citado motivo. Por eso, encaja muy bien la decisión aludida de Pablo VI con lo que representa precisamente María, bienaventurada entre todas las mujeres (cf. Lc 1,45), la fuente de la que brotó Jesús, el “fruto bendito de su vientre” (Lc 1,42) como decimos en el avemaría, y el “primogénito entre muchos hermanos” (Jn 8,29).

        De hecho, al evocar esta hermosa realidad tenemos la oportunidad de reconocer también que todos los cristianos, por la gracia de Jesucristo y el poder del Espíritu Santo, hemos sido hechos hijos de Dios y herederos de los bienes de la salvación, de manera que  nuestra vida se encuentra amparada por la bendición divina, uno de cuyos frutos es, no debemos olvidarlo en el comienzo del año, el don de la paz integral. La paz en el corazón que viene a ser no solo la serenidad ante la vida y las dificultades diarias sino también la confianza en Dios y en su providencia amorosa. Y la paz en las relaciones familiares, sociales y profesionales. El poder desempeñar el trabajo, la misión o la función de cada uno en la sociedad y en la Iglesia, conscientes de la propia vocación o responsabilidad, es una gracia divina y un bien que podemos disfrutar personal y comunitariamente. Con este deseo permitidme invocar la bendición del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo para vosotros y para vuestras familias y relaciones.

+Julián, Obispo de León

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