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2020 Mayo - ANTE LA REAPERTURA DE LAS IGLESIAS

Carta a la comunidad diocesana   (9 de mayo de 2020)

            Queridos hermanos/as en el Señor:

       Desde el día 12 de abril, domingo de Pascua, estamos celebrando la resurrección de Jesucristo, para los cristianos el acontecimiento central no solo de la historia humana sino también de nuestra historia personal. Esta es pequeña al lado de la que tiene como protagonista a toda la humanidad y dentro de ella a quienes, sin orgullo y sin afán de notoriedad, han estado consciente y responsablemente donde podían o tenían que estar. Pero la nuestra es también verdadera y real porque es también la historia de cada hombre o mujer, niño o anciano, poderoso o desvalido, sabio o ignorante…

Como sabéis, los discípulos de Jesucristo hemos de poner en práctica siempre la ley divina manifestada en el “mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). No en vano “cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo a Dios” (Rom 14,12). En este sentido yo me pregunto y me atrevo a invitar a que cada uno se pregunte qué actitud ha adoptado y sigue adoptando ante la realidad de la terrible pandemia que se ha padecido y cuyas consecuencias aún se están sufriendo, causada por el COVID-19 y sus secuelas. Cada persona, familia, comunidad, grupo social, tiene sin duda su respuesta detrás de la cual se encuentra la propia realidad en la que cabe una inmensa gama de sentimientos de angustia, frustración, dolor en una palabra; pero, posiblemente también, de consuelo y esperanza.   

           Hace unas semanas, concretamente el 22-III-2020, el papa Francisco invitaba a los cristianos a permanecer unidos haciendo sentir nuestra cercanía a las personas más solas y afligidas en el “momento de prueba en que la humanidad temblaba por la amenaza de la pandemia”. A través de la televisión fue posible seguir las celebraciones de la Semana Santa en una plaza y basílica de San Pedro sin apenas participantes. El mismo inmenso y doloroso vacío de nuestras calles e iglesias en los días pasados.

            Pero, aunque la situación está cambiando, todavía no hemos regresado a la normalidad de nuestra vida y sería una lástima que no aprovechásemos la experiencia pasada para reflexionar y examinar, si fuere necesario, nuestras actitudes de conducta y aun nuestra propia escala de valores. También desde el punto de vista religioso y cristiano, como un signo de nuestra participación en la victoria de Jesucristo resucitado sobre el pecado y la muerte. Ciertamente, lo primero es evitar el retroceso a la situación pasada, siguiendo fielmente las disposiciones de las autoridades competentes y apoyando las medidas que adopten progresivamente, porque serán en bien de todos. Pero abriéndonos así mismo a lo que exija solidaridad, ejercicio del amor fraterno, solicitud por los más desfavorecidos y apoyo a quienes ven peligrar trabajo, profesión, empresa, futuro en una palabra.

         Ahora, cuando se van a abrir por fin las iglesias aunque con cautelas, haciéndome eco nuevamente del citado mensaje del papa Francisco invito a todos a afirmar la esperanza “con la universalidad de la oración,  de la compasión y de la ternura. Permanezcamos unidos. Y hagamos sentir nuestra cercanía a las personas más solas y exhaustas”. A la vez deseo y pido a Dios por intercesión de la Santísima Virgen del Camino la fortaleza y la alegría de Jesucristo resucitado.  

+Julián, Obispo de León

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
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