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2019 NOVIEMBRE - “SIN PERDER EL PASO…”

Reflexión para los ‘papones’ leoneses en vísperas del “Congreso de Laicos” 

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            El mundo de las cofradías me ha interesado desde que me introduje, desde la liturgia, en el ámbito de la denominada “religiosidad popular” que el recordado papa san Pablo VI quiso llamar “piedad popular” para subrayar su dimensión cristiana.

            Pero el tema que se ha solicitado es muy amplio, demasiado amplio y complejo, porque comprende muchos aspectos no solo de carácter religioso, aunque este aspecto es esencial. Se podrían mencionar algunos sin entrar en su análisis: las cofradías en el ámbito de la Iglesia Católica son asociaciones de fieles cristianos que, siendo personas libres, se asocian con fines congruentes con la misión de la Iglesia. Asociarse es un derecho fundamental reconocido a todos los bautizados, obviamente en coherencia con su condición de miembros vivos y en comunión con quienes en la Iglesia tienen la misión de conducirla hacia la salvación mediante los medios que el Señor le ha otorgado con ese fin. No vamos a entrar en el análisis de esta realidad con ser básica y fundamental.

Tan solo quiero recordar que todo bautizado, plenamente capacitado, por el simple hecho de haber sido incorporado a la Iglesia es sujeto de derechos y obligaciones dentro de ella y, si reúne las cualidades necesarias, puede ser llamado a constituir, dirigir y fomentar cualquier tipo de asociación religiosa. Dejo este tema aquí, porque debo darle otro enfoque, más directamente pastoral y litúrgico teniendo en cuenta la invitación que me han hecho.

1.- Piedad popular y liturgia oficial

            En efecto, cuando llega la Cuaresma se intensifican los actos de preparación de la Semana Santa en la que han de desarrollarse las principales actividades de las cofradías de este sector, llamémoslo sociológico-religioso y pastoral aunque tiene también otras connotaciones que no es posible abarcar en este corto espacio. Me refiero a las reuniones y juntas directivas, misas de cabildo, vía crucis, quinarios y novenas, organización de actos, preparación de las procesiones, etc. Todo esto constituye un modo de disponerse para las "fiestas de Pascua", el modo característico de la llamada “piedad popular” que transcurre paralela y cercanamente a lo que constituye la “liturgia oficial”, el modo establecido de celebrar la Cuaresma y la Semana Santa según el ordenamiento canónico, ritual y pastoral de la Iglesia.

            De entrada quiero dejar claro no hay oposición entre estos dos modos de celebrar y de vivir la Semana Santa. Es cierto que muchos miembros de hermandades y cofradías parece que no tienen otra vinculación efectiva y afectiva con la Iglesia y con la fe de su bautismo que las manifestaciones populares de la Semana Santa. Sin embargo ese hilo, aunque parezca tenue y débil, es muy válido y consistente. Aunque también es cierto que no faltan cristianos demasiado rígidos, que no valoran estas manifestaciones y que para los mismos “pastores de almas” son, a veces, un motivo de seria preocupación.

            Entre nosotros, y esto quiero subrayarlo, no sólo coexisten ambos modos de celebrar y de vivir la Semana Santa, sino que se complementan mutuamente. Sería interesante analizar la evolución de las manifestaciones de la Semana Santa en paralelo a la aplicación de la reforma litúrgica en ese preciso momento de la Semana cumbre de la celebración de la Pasión del Señor. Porque es reforma no comenzó a raíz del Vaticano II sino en la década de los años 50, siendo papa Su Santidad Pío XII, que falleció en 1958. Yo he vivido desde niño, primero como monaguillo y después como seminarista, sacerdote y ahora como obispo, esta larga etapa de renovación de la Semana Santa con sus luces y con sus sombras que, pudo tenerlas también, como siempre, a causa de nosotros, los seres humanos.

2.- Una mirada a la historia más o menos reciente

             Desde el final de la década de los 70, que conoció un fuerte retroceso de la religiosidad popular a la vez que se llevó a cabo la renovación litúrgica, se manifestó también una reacción de dicha “religiosidad”, llamada por san Pablo VI “piedad popular” que acogió de buena gana el auge de los elementos festivos y comunicativos de la celebración, se advierte un enriquecimiento tanto en las manifestaciones de piedad popular como en los actos litúrgicos:

- La celebración litúrgica presidida por el sacerdote es una asamblea orante, reunida en la fe y atenta a la Palabra de Dios. Ella tiene como finalidad primera presentar a la Majestad divina el Sacrificio vivo, puro y santo, ofrecido sobre el Calvario, de una vez para siempre, por el Señor Jesús, pero que se hace presenta cada vez que la Iglesia celebra la Santa Misa, para expresar el culto debido a Dios, en espíritu y en verdad.

- La religiosidad popular, que se expresa de formas diversas y diferenciadas, todas ricas e importantes, tiene como fuente, cuando es genuina, la fe y debe ser por tanto apreciada y favorecida. En sus manifestaciones más auténticas, no se contrapone a la centralidad de la Sagrada Liturgia, sino que, favoreciendo la fe del pueblo, que la considera como propia y natural expresión religiosa, predispone a la celebración de los Sagrados misterios.

La correcta relación entre estas dos expresiones de fe, debe tener presentes algunos puntos firmes y, entre ellos, ante todo, que la Liturgia es el centro de la vida de la Iglesia y ninguna otra expresión religiosa puede sustituirla o ser considerada a su nivel.

- Es importante subrayar, además, que la religiosidad popular tiene su natural culminación en la celebración litúrgica, hacia la cual, aunque no confluya habitualmente, debe idealmente orientarse, y ello se debe enseñar con una adecuada catequesis.

            La ilusión y el esmero en hacer bien las cosas se puede comprobar tanto en la prestancia religiosa, la belleza estética y la capacidad sugestiva de los desfiles procesionales como en el cuidado de la participación de los fieles en la liturgia y en unos horarios inteligentes y adaptados.

3.- Dos modos de celebrar la fe y los misterios de nuestra salvación

             Estamos, pues, ante dos modos de celebrar la fe, la presencia de Dios en nuestra vida, el culto a la Stma. Virgen y a los santos, etc., etc., uno masivo, espectacular, callejero, colorista, sonoro e impresionantemente sobrecogedor y silencioso al mismo tiempo; el otro más reducido, pero que llena iglesias y capillas, estereotipado, hecho de plegaria comunitaria de cánticos y de oración silenciosa. En los solemnes oficios de las iglesias se revive y actualiza un misterio, la Pascua del Señor, el mismo misterio de la salvación que, paralelamente y con otras pautas y cadencias, es representado en las calles y en las plazas por las imágenes y los pasos. El pueblo es también el mismo, que asiste conmovido al drama de muerte y de vida, de pecado y de gracia, que es la Pasión, muerte y resurrección de Cristo, un drama que adquiere resonancias cósmicas y que encuentra eco en la misma naturaleza, en el paso del invierno a la primavera, la época del año en que tuvieron lugar los acontecimientos de hace casi 2000 años que ahora se conmemoran.

            En nuestras ciudades hay cristianos que no se pierden una sola procesión. También los hay que recorren el itinerario completo de la liturgia: Bendición de los Ramos, Misa crismal, Misa de la Cena del Señor, Acción litúrgica de la Pasión, Vigilia Pascual y Misa mayor del día de Pascua. Los hay que comen los platos típicos de estas días, y los hay que, sin hacer uso del indulto episcopal del ayuno y de la abstinencia del Viernes Santo, no sólo ayunan en dicho día sino también durante el sábado, en espera de la Noche Santa de la Pascua.

            También hay quien no se acuesta en la noche del Jueves al Viernes Santo, porque empalma una procesión con otra, aunque tenga que entretener la espera deambulando por la ciudad o, peor aún, recorriendo bares. Son generalmente jóvenes los que hacen esto, deseosos de hacer alardes de libertad e independencia. Pero no son los únicos que no duermen esa noche en León. Hay muchos hombres y mujeres que renuncian al sueño para dedicarse a la adoración eucarística ante el “Monumento”, así llamado el altar y el sagrario donde se guarda y adora (“se vela”, según la bella expresión popular) el Santísimo Sacramento desde la “Misa de la Cena del Señor” del Jueves Santo hasta la “Liturgia de la Pasión del Señor” del Viernes.

4.- Más allá de las manifestaciones externas

      No se puede decir "a priori"  qué modo de vivir la Semana Santa es más auténtico o conforme con la santidad del misterio que se celebra. Porque lo que cuenta de verdad, tanto en las manifestaciones de religiosidad como en la misma liturgia, es la actitud del corazón, verdadera piedra de toque de todo signo o expresión de fe. La gran preocupación de los pastores, es cómo mantener y enriquecer la fe que ha de informar la maravilla de la Semana Santa, para que no se quede todo en puro costumbrismo o folklore. Es, una vez más, el gran reto de la evangelización y de la inculturación de la fe en nuestro pueblo. La fe, el evangelio, la conversión, la vida de los creyentes necesitan también de las costumbres o de las condiciones sociológicas, aunque no han de depender de ellas para ser verdaderas.

        Con frecuencia las cofradías, además del calendario litúrgico, disponen de una especie de calendario propio, en el cual están indicadas las celebraciones propias, las novenas, septenarios o triduos que se deben celebrar, los días penitenciales que se deben guardar y los días en los que se realizan las procesiones o las peregrinaciones. A veces tienen también prácticas o costumbres propias además de signos distintivos particulares, como escapularios, medallas, hábitos, cinturones e incluso lugares para el culto propio y cementerios. Todo esto es muy importante, pero ha de ser fielmente observado.

               La Iglesia reconoce a las cofradías y les confiere personalidad jurídica eclesial pero que tiene también su validez civil de acuerdo con la legislación concordataria. La Iglesia aprueba los estatutos de las cofradías y hermandades y valora sus fines y actividades de culto, de caridad, incluso culturales. Sin embargo les pide una cosa: que, evitando toda forma de contraposición y aislamiento en la vida parroquial y diocesana procuren integrarse de manera efectiva y adecuada en ella. Y, por supuesto, la Iglesia y sus pastores pedimos a los fieles cristianos que no forman parte de las cofradías, pues la vinculación a estas, no es algo obligatorio, que  respeten y valoren también lo que significan y representan, pues constituyen, entre otros aspectos, la expresión del derecho de asociación que corresponde también a todos los fieles dentro, evidentemente, de los fines y características de la Iglesia Católica.

5.- Factores de renovación y de continuidad

El Concilio Vaticano II y el magisterio posterior -salvo el Código de Derecho Canónico- no se han ocupado de manera específica de las cofradías y hermandades de fieles, aun cuando han propuesto a todas las instituciones y realidades eclesiales una mayor autenticidad en la vida cristiana y un retorno permanente a los orígenes, es decir, al Evangelio y a las orientaciones pastorales que la Iglesia va ofreciendo en el cumplimiento de su misión. Esto supone una actitud de búsqueda de verdadera fidelidad y, paradójicamente, de renovación  y de adaptación a los tiempos y a las circunstancias pero siempre con espíritu de conversión a Dios y de obediencia a quienes en la Iglesia tienen la enorme responsabilidad de dirigir y de moderar.

Para terminar, quiero hacer más unas palabras de san Juan Pablo II en una carta apostólica con motivo del vigésimo quinto aniversario de la publicación de la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia: "La piedad popular -es decir, todo el conjunto de prácticas y expresiones religiosas que conforman la vida de la fe-  no puede ser ni ignorada ni tratada con indiferencia o desprecio, porque es rica en valores, y ya de por sí expresa la actitud religiosa ante Dios; pero tiene necesidad de ser continuamente evangelizada, para que la fe que expresa, llegue a ser un acto cada vez más maduro y auténtico. Tanto los ejercicios de piedad del pueblo cristiano, como otras formas de devoción, son acogidos y recomendados, siempre que no sustituyan y no se mezclen con las celebraciones litúrgicas. Una auténtica pastoral litúrgica sabrá apoyarse en las riquezas de la piedad popular, purificarla y orientarla hacia la Liturgia, como una ofrenda de los pueblos" (n. 18).

+Julián, obispo de León
25-XI-2019

[1] Conferencia en León el día 25-XI-2019 a petición de la Cofradía del Santísimo Cristo de las Bienaventuranzas, ante el Congreso de Laicos «Pueblo de Dios en salida» del 14 al 16 de febrero de 2020.

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