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2017 - SOLEMNIDAD DE LA STMA. TRINIDAD

Misa de acción de gracias en el Bicentenario de los HH-Maristas

(Colegio de los HH. Maristas, León 11-VI-2017)

Queridos  Superior y Comunidades de HH. Maristas
Profesores, Asociación de Padres, alumnos actuales y antiguos,
Hermanas y hermanos:

            Dentro del Bicentenario de la fundación del Instituto Religioso laical de los Hermanos Maristas, fundado con el nombre de Hermanitos de María por san Marcelino Champagnat el 2 de enero de 1817, en la Valla (Francia), celebramos esta Eucaristía de acción de gracias en la solemnidad de la Santísima Trinidad: Dios Padre e Hijo y Espíritu Santo.

Esta celebración tiene, por tanto, una rica y profunda connotación “familiar”, no meramente humana sino divina y sobrenatural. También en lo que se refiere a la conmemoración del Instituto Religioso. Fijémonos, en primer término, en el inefable misterio que nos ofrece la liturgia de este domingo, la fiesta de Dios, el centro de nuestra fe cristiana. Cuando se piensa en la Trinidad, por lo general viene a la mente es aspecto del misterio: son tres y son uno, un solo Dios verdadero en tres Personas distintas, como aprendimos en el catecismo. En realidad, Dios en su grandeza no puede menos de ser un misterio para nosotros y, sin embargo, él se ha revelado y manifestado: podemos conocerlo en su Hijo, y de este modo conocer también al Padre y al Espíritu Santo.

Pero la liturgia de hoy, en cambio, llama nuestra atención no tanto hacia el misterio mismo, cuanto hacia la realidad de amor contenida en este primer y supremo misterio de nuestra fe. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno, porque Dios es amor, y el amor es la fuerza vivificante absoluta, la unidad creada por el amor es más unidad que una unidad meramente física. El Padre da todo al Hijo; el Hijo recibe todo del Padre con agradecimiento; y el Espíritu Santo es como el fruto de este amor recíproco del Padre y del Hijo. Los textos de la santa misa de hoy hablan de Dios y por eso hablan de amor; no se detienen tanto sobre el misterio de las tres Personas, cuanto sobre el amor que constituye su esencia, y la unidad y trinidad al mismo tiempo.

El primer pasaje que hemos escuchado está tomado del Libro del Éxodo es sorprendente que la revelación del amor de Dios tenga lugar después de un gravísimo pecado del pueblo. Recién concluido el pacto de alianza en el monte Sinaí, el pueblo ya falta a la fidelidad. La ausencia de Moisés se prolonga y el pueblo dice: «¿Dónde está ese Moisés? ¿Dónde está su Dios?» La respuesta vino mediante el perdón de Dios y la manifestación de su rostro: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34, 6). Este es el rostro de Dios. Esta es la definición de Dios más segura, más pura y asequible a nosotros. Dios es Amor, como dirá san Juan.

El Evangelio completa esta revelación. El evangelista san Juan refiere esta expresión de Jesús: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (3, 16). En el mundo reinan el mal, el egoísmo, la maldad, pero Dios, que podría venir para juzgar a este mundo, para destruir y castigar el mal, muestra en cambio que ama al mundo, que ama al hombre, no obstante su pecado, y envía lo más valioso que tiene: su Hijo unigénito. Y no sólo lo envía, sino que lo dona al mundo. Jesús es el Hijo de Dios que nació por nosotros, que vivió por nosotros, que curó a los enfermos, perdonó los pecados y acogió a todos. Más aún, dio su propia vida por nosotros y en la cruz, donde nos obtuvo la participación en la vida eterna, nos entregó el don del Espíritu Santo que brotó como un manantial de agua viva de su costado abierto. Así, en el misterio de la cruz están presentes las tres Personas divinas: el Padre, que dona a su Hijo unigénito para la salvación del mundo; el Hijo, que cumple hasta el fondo el designio del Padre; y el Espíritu Santo que viene a hacernos partícipes de la vida divina, a transformar nuestra existencia, para que esté animada por el amor divino.

A la luz de este misterio inefable de amor de Dios, se comprenden todas las demás realidades positivas que llenan la historia de la Iglesia, la comunidad de los creyentes en Jesucristo, y las obras de quienes, como san Marcelino Champagnat, han tratado de imitar la generosidad divina. Porque esto es, en el fondo, toda obra de misericordia y de amor: Enseñar al que no sabe, recordémoslo, es una de las principales. Marcelino Champagnat, un joven cura rural, nacido el mismo año del estallido revolucionario, consciente de las carencias de la infancia y de juventud de su tiempo, llegó a exclamar “Necesitamos hermanos”, “hermanos y hermanas, hombres y mujeres, religiosos y laicos, profesores, animadores de grupo y cooperantes... que quieran vivir el proyecto de la fraternidad”. Remangándose la sotana se puso manos a la obra empuñando incluso la paleta de albañil para levantar la casa que alojara los primeros seguidores. Así, a impulso del amor divino, nació la Congregación de los HH. Maristas hace doscientos años.

La historia la conocéis vosotros mucho mejor que yo, historia viva, no mero recuerdo del pasado, puesto que la Congregación sigue viva pese a las circunstancias actuales. Por eso, permitidme evocar algún recuerdo personal, entre los que conservo de hermanos maristas a los que he conocido, alguno leonés. Mi primer destino pastoral hace 49 años, fue en una parroquia de Zamora que había tenido durante varios años un Colegio de HH. Maristas. Cuando yo llegué, se había clausurado el colegio, pero la memoria, la gratitud y el sello espiritual de la obra realizada persistían en la juventud educada en él y en el afecto de las buenas gentes. Hace unos días, un antiguo alumno y feligrés que, después de muchos años, ha vuelto a contactar conmigo, me escribía y, al saber que hoy yo iba a estar en esta celebración de acción de gracias, me enviaba un artículo que iba a publicar en la prensa. En él dice lo siguiente:

“Los que hemos sido formados en las ideas y métodos de aquel joven sacerdote, que no había cumplido treinta años y se puso a construir un sueño, no podemos por menos de sentir y expresar el agradecimiento a ese hombre, hoy santo, que sin él muchos, como el que escribe, difícilmente tendríamos la posibilidad de componer este artículo de homenaje. Marcelino fue pastor antes que seminarista. Buenos pastores fueron también mis maestros maristas cuyo bicentenario reseño con aplauso”.

En nombre propio y en el de la diócesis Legionense quiero manifestar el aprecio, la gratitud, la felicitación y los mejores deseos a las actuales comunidades de HH. Maristas en León.

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65
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