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2017 - SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

       CELEBRACIÓN DEL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN

(S.I. Catedral, 4-VI-2017)

"Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu"

Hch 2,1-11; Sal 103               1 Cor 12,3b-7.12-13               Jn 20,19-23

            La solemnidad de Pentecostés celebra hoy con particular alegría la manifestación de la Iglesia que nació “por la efusión del Espíritu" (LG 2). Los Apóstoles, cumpliendo el encargo de Jesús, estaban reunidos en oración con María para ser revestidos de la fuerza de lo alto (cf. Lc 24,49; Hch 1,4). Aquella fue la primera comunidad cristiana, signo y referencia para las que se han sucedido desde entonces en todos los lugares de la tierra. Debemos mirarnos en ella, porque toda asamblea de los fieles convocados para la celebración eucarística es enriquecida con los dones del  Espíritu Santo para continuar con renovado y vigoroso impulso su misión evangelizadora y pastoral.

1. La Iglesia nació misionera y misionera ha de permanecer

            Efectivamente, en Pentecostés se manifiesta la Iglesia destinada a ser "signo e instrumento" de salvación (cf. LG 1; 48). La primera lectura de hoy, evocando aquel acontecimiento menciona dos símbolos alusivos a la acción del Espíritu Santo: el viento y el fuego. Ambos símbolos tienen reciben su significado de la Biblia, especialmente del Antiguo Testamento, y en ambos se alude a la acción de Dios que sacude y empuja como el viento y purifica eliminando la escoria como hace el fuego. Aquel viento que sacudió la casa donde estaban los apóstoles reunidos y las lenguas de fuego sobre sus cabezas los empujaron a predicar cumpliendo el mandato dado por el Señor antes de subir a los cielos.

Hoy nuestra Iglesia celebra la fiesta de Pentecostés y recibe una vez más el viento y el fuego del Espíritu. El viento que sigue empujando y el fuego que aquilata la fe. Probablemente nuestro mayor problema como comunidad eclesial, como sucede en la mayoría de las diócesis de España y de Europa, consiste en la falta de vitalidad para ser una Iglesia en salida y misionera que llegue a todas las periferias que necesitan la luz del evangelio, como nos pedía el papa Francisco al comienzo de su ministerio apostólico (cf. EG 20-21). La vitalidad es un valor que asociamos generalmente a la juventud y que no es una cuestión de estadísticas ni es tampoco un problema generacional. Si comparamos nuestra época con la de los primeros tiempos del cristianismo, nos damos cuenta de que lo que distinguía a aquellas comunidades no era precisamente la ausencia de fallos o de pecado, sino el vigor apostólico y evangelizador que nos impresiona y asombra siendo como somos, creyentes más bien tibios y a veces acomplejados, dispuestos a adaptarnos a la manera de pensar y de actuar dominante en la sociedad.

Cuando nos preguntamos donde residía aquella fuerza expansiva que hacía que aquellos cristianos afrontasen toda clase de desafíos incluso el de la persecución, caemos en la cuenta de que disponían de una gran fortaleza espiritual, uno de los siete dones del Espíritu Santo. Pero ese don, como todos los demás, iba precedido y acompañado de una práctica de oración comunitaria e intensa que forjaba sentimientos de unidad y de afán misionero que desembocaban en la formación de nuevas comunidades cristianas. Aquella fuerza infundía valor y hacía que los creyentes en Jesucristo, lejos de acobardarse ante las dificultades, saliesen robustecidos de las persecuciones. 

2. Pentecostés es fuego y es viento, símbolos del Espíritu Santo

“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo… Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,21-22b),hemos escuchado en el Evangelio. Jesús confiaba su propia misión evangelizadora a los discípulos a la vez que les entregaba el Espíritu Santo. Y el Espíritun llenaba con sus dones a aquellas comunidades, forjando su unidad en la comunión, en el servicio y en el apostolado, para que cumplieran la misión sin complejos ni debilidades. Aquel día nació la Iglesia de Cristo, que reconocemos y confesamos en el Credo una, santa, católica y apostólica: Una, porque gracias al Espíritu Santo la comunidad de los fieles es un misterio o acontecimiento de comunión, imagen de la Santísima Trinidad en la tierra; santa, porque el Espíritu le transmite y conserva en sus miembros la santidad de Jesucristo, cabeza de todo el cuerpo eclesial; católica, porque el Espíritu Santo la impulsa a adaptarse a todos los pueblos para acogerlos en su seno formando una familia que tiene por ley el mandamiento del amor; y apostólica, porque, a través del ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores, el Espíritu Santo la va guiando por los caminos de la historia.

No olvidemos que el Espíritu Santo, como dije antes, es fuego y es viento. Nuestras comunidades parroquiales y diocesanas no pueden conformarse con una tímida adaptación acomplejada a las exigencias de la sociedad secularizada que nos envuelve, como tampoco han de dejarse dominar por un sentimiento de decadencia de la Iglesia y de la fe, o por una especie de cobardía ante las dificultades del momento que nos ha tocado vivir. Renovemos nuestra confianza en la acción del Espíritu Santo, el Espíritu creador y restaurador que a lo largo de los siglos no solo ha rejuvenecido constantemente a la Iglesia sino que la ha ayudado eficazmente a salir de situaciones, unas veces de atonía, comodidad y complicidad con el ambiente, y otras de anemia espiritual y de temor y pudor a la hora de decir una palabra de denuncia profética, de llamada a la conversión de los corazones y de adoptar las decisiones que reclamaba la fidelidad a la misión evangelizadora. 

     Hagamos todos, en esta fiesta de Pentecostés, un acto de fe y de confianza en la acción del Espíritu Santo en nuestra Iglesia diocesana, en nuestras comunidades parroquiales y religiosas, movimientos apostólicos, grupos eclesiales de formación en la fe, de acción social y caritativa, de apostolado y de presencia en los diversos ámbitos de la vida, la familia, la sociedad. Hoy, precisamente, en España se celebra la “Jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar” con el lema: “Salir, caminar y sembrar”, tres verbos para la acción y el testimonio y una invitación a no recluirse ni personal ni comunitariamente: Salir del aislamiento y la soledad, ir al encuentro de los hermanos, de los vecinos, de los compañeros de trabajo. Caminar a su lado y junto a los que caminan con rumbo o sin rumbo. Y sembrar generosamente la semilla del Reino de Dios, el amor y la esperanza. Porque Pentecostés es esto, la presencia de los bautizados en  la Iglesia y en la sociedad, como miembros del pueblo de Dios dotados de diversidad de dones, de servicios y de funciones, como escuchábamos en la segunda lectura (cf. 1 Cor 12,4-7).

3. El sacramento de la Confirmación, comunicación del don del Espíritu Santo

            No quiero terminar esta homilía sin decir una palabra también a quienes vais a recibir el sacramento de la Confirmación en esta fiesta de Pentecostés. Recordad esta palabra de san Pablo en la II lectura de hoy: "Todos nosotros... hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Cor 12,13). La Confirmación, recibida con conocimiento y madurez, supone un gran avance en el camino de la Iniciación en la vida cristiana[1]. Por este sacramento vais a recibir una nueva presencia o efusión del Espíritu Santo que fue enviado sobre los apóstoles el día de Pentecostés. Y su fruto es la fortaleza en la vida cristiana. La Confirmación no es un simple requisito, por ejemplo, para contraer matrimonio, sino una fuente y un estímulo interior que se ofrece al cristiano para que viva y actúe conforme al evangelio de Jesucristo, haciendo más firme y perfecto el vínculo que le une a la comunidad cristiana, o sea, a la Iglesia. Y, si es necesario, para confesar valientemente que se es creyente en Dios y en Jesucristo. 

            Enhorabuena, pues, a quienes libre y responsablemente habéis decidido recibir este sacramento que, por otra parte, hace aún más viva y eficaz la participación en la Eucaristía. Y gracias también a vuestros respectivos padrinos y a quienes os han acompañado en la preparación personal para recibir el sacramento.

+ Julián, Obispo de León


[1] “Los bautizados avanzan por el camino de la Iniciación Cristiana mediante el Sacramento de la Confirmación, en  que reciben la efusión del Espíritu Santo, que fue enviado por el Señor sobre los Apóstoles en el día de Pentecostés. Por esta donación del Espíritu Santo los fieles se configuran más perfectamente con Cristo y se fortalecen con su poder para dar testimonio de él y edificar su Cuerpo  en la fe y en la caridad”: Ritual de la Confirmación, Observaciones previas, 1-2.

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