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2017 - DOMINGO V DE PASCUA: Ordenación Diáconos

ORDENACIÓN DE DOS DIÁCONOS
(S.I. Catedral, 14-V-2017) 

“Eligieron a siete hombres, llenos del Espíritu Santo”

            Hch 6,1-7; Sal 32             1 Pe 2,4-9             Jn 14,1-12   

            Desde hace varios años se viene denominando el domingo V de Pascua como el “Domingo de los ministerios eclesiales”, motivo por el que lo hemos escogido para celebrar una Jornada diocesana con el fin de estimular en nuestra Iglesia la conciencia de la necesidad de los ministerios ordenados, particularmente del Diaconado Permanente. Por la misma razón hemos elegido este día para conferir este ministerio. Ya es la segunda vez que lo hacemos. La primera fue el 3 de mayo de 2015, pero ahora los candidatos van a recibir el diaconado con vistas al sacerdocio después de ejercer el ministerio durante algún tiempo. Pero esto no es más que un aspecto circunstancial de nuestra celebración. Ahora debemos profundizar en la palabra de Dios que se acaba de proclamar.

1.- “Yo soy el camino y la verdad y la vida”

En efecto, el Señor ha dicho en el evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Esta afirmación, aunque pronunciada en el marco de la última Cena con los apóstoles, es siempre actual porque Jesucristo vive resucitado y se hace presente, entre otros modos, por medio de su palabra proclamada en la Iglesia para infundir luz y esperanza en nuestras vidas. Esta realidad confiere a las palabras del Señor un alcance singular y una sintonía espiritual a la que no debemos sustraernos. Más aún, nos conviene dejarnos introducir en el clima de cercanía y de confianza de la última Cena que se percibe en el diálogo entre el apóstol Felipe y Jesús. Un diálogo que es al mismo tiempo una oración y una confidencia: -“Señor, muéstranos al Padre y nos basta”… -“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,8.9b.).

Jesucristo es el verdadero camino que nos acerca e introduce en el misterio mismo de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, el Dios-Amor. Esta expresión que se encuentra en la I Carta de san Juan (cf. 1 Jn 4,16), constituye la clave definitiva de la verdad sobre Dios que alcanzó su plena manifestación en la venida de Cristo y, sobre todo, en su muerte y resurrección porque "tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16). No olvidemos nunca esta perspectiva del misterio de Dios porque solamente así comprenderemos también el misterio del hombre, al que los sacerdotes y diáconos debemos dedicarnos en nuestro ministerio. Y Jesucristo, “camino, verdad y vida”, permanecerá en nosotros ahora como entonces.

2. Jesucristo la “piedra viva” y nosotros “piedras vivas” también

            Y porque Jesús es verdaderamente el camino que nos conduce directamente al Padre y en el que encontraremos la verdad y la vida, todos nosotros, tanto los ministros ordenados como los fieles laicos, si estamos unidos a Cristo y le seguimos, cada uno en la misión, apostolado o ministerio que nos corresponde, seremos también el templo viviente y espiritual formado por piedras vivas “para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo”, como nos ha recordado san Pedro en la segunda lectura de la celebración (cf. 1 Pe 2,4-5). ¡Qué oportunas resultan estas palabras para que las tengamos en cuenta en nuestras actividades humanas y pastorales! Porque Jesucristo resucitado ha de ser siempre el fundamento y el punto de partida, la razón de ser y el motivo imprescindible de nuestro actuar. En este sentido Jesucristo es también la “piedra” que, rechazada por el cantero, resultó ser en el misterio pascual la “piedra angular” (cf. Sal 119[118],22), “elegida y preciosa para Dios” como fundamento de todo el edificio (cf. 1 Pe 2,4). De la misma manera, el que cree en Cristo es transformado, también él, en “piedra viva” para la construcción de un templo espiritual, fortalecido por el Espíritu Santo.

El anuncio de la Palabra divina, la celebración litúrgica, la función pastoral,  el apostolado de los laicos y el testimonio de los cristianos hacen surgir, generación tras generación, nuevas “piedras vivas” con las que se va levantando y se renueva el pueblo de Dios que es la Iglesia. Los pastores especialmente, debemos ser conscientes de nuestra vocación y misión, llamados a dar testimonio de vitalidad pastoral y ser, a la vez, vínculo de unión con los fieles que nos han sido confiados y que esperan de nosotros los valores evangélicos. Por eso debemos preguntarnos acerca de la práctica del amor cristiano y del testimonio personal que ofrecemos en el ejercicio de nuestro ministerio, desde el episcopado hasta el presbiterado y el diaconado pero también en los llamados ministerios laicales. El servicio generoso y desinteresado ha de ser una realidad en todos nosotros como actitud básica.

3. Algunos aspectos del Diaconado como grado del sacramento del Orden

            Lo que acabo de decir responde a la necesaria actitud de todo ministerio o tarea eclesial. Sin embargo, el diaconado, tanto si se recibe como paso previo al presbiterado como si se confiere de modo estable o permanente, contiene también algunas notas singulares como grado del sacramento del Orden de las que se derivan así mismo algunas exigencias.  La primera y fundamental consiste en lo señalado por el Concilio Vaticano II, que “los diáconos reciben la imposición de las manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio", de manera que “confortados con la gracia sacramental y en comunión con el obispo y su presbiterio, sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la palabra, de la liturgia y de la caridad” (LG 29). Los diáconos son mencionados ya en los libros del Nuevo Testamento constituyendo poco a poco una categoría distinta de los llamados “presbíteros” y de los “obispos” (cf. Fil 1,1). La primera carta a Timoteo enumeraba ya algunas cualidades que debían poseer los diáconos como, por ejemplo, el guardar "el misterio de la fe con una conciencia pura" (1 Tm 3,9; cf. 3, 8-13). En los Hechos de los Apóstoles (6,1-6) se habla también de siete ministros designados para el ministerio de la caridad.

            Sin embargo, durante los primeros siglos los diáconos desempeñaron también funciones catequéticas y litúrgicas, no solo ayudando al obispo y a los presbíteros sino preparando también a los catecúmenos para el bautismo y bautizando y predicando ellos mismos. Participaban igualmente en la administración de los bienes de la comunidad, se ocupaban de la atención a los pobres, a las viudas y a los huérfanos y de la asistencia a los encarcelados. En este sentido las referencias al diaconado en San Ignacio de Antioquía (+ 107) y en otros autores cristianos de los primeros siglos, son indicativas de la relevancia de este servicio eclesial relacionado incluso con "el ministerio de Jesucristo, que estaba junto al Padre antes de los siglos y fue revelado al fin de los tiempos" (Ad Magnesios 6, 1).

            Por estos motivos, además de exhortar a los dos elegidos que van a recibir hoy el diaconado a vivir este carisma como la mejor preparación para el sacerdocio incluso desde el punto de vista pastoral y práctico, con ocasión de la “Jornada diocesana para el Diaconado Permanente” no quiero dejar de invitar a jóvenes y adultos, deseosos de servir al Reino de Dios en el mundo, a que consideren una posible vocación al ministerio diaconal, aunque no lleguen al sacerdocio, y se decidan a emprender el camino de la necesaria formación en la que serán bien acogidos y acompañados por nuestra Iglesia diocesana, representada por un grupo cualificado de formadores y por mí mismo, a fin de que puedan discernir esa vocación y realizarla con generosidad y competencia pastoral. 

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65
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