Imprimir

2017 - DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN - MISA ESTACIONAL

(Santa Iglesia Catedral, 16-IV-2017) - "Celebremos la Pascua con los panes ázimos de la sinceridad”

            Hch 10,34a.37-43; Sal 117             1 Cor 5,6b-8             Jn 20,1-9

            ¡Aleluya! ¡Nuestra Pascua inmolada es Cristo el Señor, aleluya, aleluya!

            ¡Feliz Pascua! Jesucristo realmente resucitó y sigue haciéndose presente en medio de la comunidad de sus discípulos como lo había prometido (cf. Mt 28,20). Esta ha sido siempre la convicción profunda de todos sus seguidores, desde aquel primer grupo de los apóstoles que al principio no acababan de creer las palabras del ángel que habló a las mujeres que habían acudido temprano al sepulcro: No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”(Mt 28,6-7). Después fue el propio Jesús el que salió al encuentro de las mujeres invitándolas a alegrarse y reiterándoles el encargo: “Ida comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”  (Mt 28, 10).

1.- El mensaje de la Pascua resuena en toda la Iglesia

            Este es el alegre mensaje que desde entonces no ha dejado de circular por todo el mundo cristiano cuando llegan los días santos de la Pascua y los creyentes en Jesucristo, compartiendo este gozo, se saludan y abrazan como acabáis de hacer en la plaza de Nuestra Señora de Regla entre las imágenes del Resucitado y de María su Madre, teniendo a nuestra catedral como testigo de la fe de nuestro pueblo. Es la Pascua del nuevo Cordero que fue inmolado al atardecer y, después de reposar en el sepulcro, recobró la vida como había anunciado. Él es realmente. Estaba muerto pero volvió a la vida por su propio poder de Hijo de Dios encarnado.

            Como la comunidad primitiva que se había formado junto a Jesús conoció aquellos hechos directamente y recibió el encargo de anunciar el hecho histórico y de perpetuar su significado espiritual y moral, todos nosotros, creyentes del siglo XXI, asumimos con fe y alegría el acontecimiento y nos comprometemos a difundir el mensaje que encierra. Porque la resurrección no fue solamente el triunfo personal de Cristo frente a los que lo condenaron por blasfemo por que llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios(Jn 5,18; cf. 10,33-36) sino también el comienzo de nuestra salvación y por lo tanto la prenda de nuestra propia resurrección futura.

            Esta realidad es también objeto de la celebración pascual, porque la resurrección de Cristo es garantía, primero, de nuestra liberación del pecado y de la superación del abismo que nos separaba de Dios, fuente única y verdadera de la vida (cf. Rom 4,24-25; 6,11) y, después, de nuestra futura resurrección corporal el último día de la existencia humana, porque, en palabras de san Pablo, “es preciso que esto que es corruptible se vista de incorrupción, y que esto que es mortal se vista de inmortalidad” (Rom 15,52) cumpliéndose así mismo esta palabra de la Escritura: “La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?». El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!” (15,54b-57).

2. Celebrar la Pascua, eliminada la levadura vieja para ser levadura nueva

            La fuerza de este mensaje, tanto en lo que respecta a la resurrección de Cristo como a nuestra liberación del pecado y de sus consecuencias, ha de estimular en nosotros el deseo y el propósito de una constante renovación interior, espiritual y moral, tanto en el plano personal como en el de nuestras relaciones y actividades de carácter social, profesional y público. En efecto, la resurrección de Cristo entraña una novedad absoluta en el acontecimiento en sí en el que se verificó el anuncio hecho por Jesús polemizando con los judíos: yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla” (Jn 10,17b-18). Esta es la verdad primera de la resurrección que hoy celebramos, la novedad queirrumpió y superó toda barrera existente entre la vida y la muerte. Cristo derribó el muro de la muerte porque en su persona habitaba toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna.

            La muerte no tenía poder sobre él aunque se sometió voluntariamente a ella para arrebatarle su aguijón. Lo había anunciado momentos antes de resucitar a Lázaro, ante las dudas de Marta, la hermana de este. Jesús dijo entonces: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá” (Jn 11,25). Aquella resurrección fue signo del dominio absoluto de Cristo sobre la muerte, que ante Dios, es como un sueño en el que cabe despertar (cf. Jn 11,11-12). Pero esa novedad absoluta de la resurrección de Cristo, promesa y anticipo de nuestra propia resurrección para la vida eterna si le somos fieles en esta vida, requiere efectivamente que nos comportemos ahora como candidatos a la vida más allá de este mundo. Es la novedad a la que aludía san Pablo en la II lectura tomando como referencia las disposiciones relativas a la celebración de fiesta de los Ácimos en la que el pan dispuesto para la comida durante los siete días en que duraba tenía que ser sil levadura, obligando a eliminar de la despensa todo alimento fermentado (cf. Ex 12,15-20).

            San Pablo, que conocía esta práctica, invitaba a los cristianos de Corinto y la Iglesia nos invita a nosotros a celebrar la Pascua, “no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad” (1 Cor 5,8). El apóstol entendía que la levadura representaba el pecado -“corrupción y maldad” son la expresiones que utiliza- y que la Pascua ha de encarnar la pureza y la santidad de vida. Tratemos todos, pues, de eliminar el pecado de nuestra conducta y de dedicarnos a poner en práctica los mandamientos divinos, especialmente el del amor fraterno. Pero no olvidemos que esta limpieza previa solo puede hacerse mediante los sacramentos, primero de la Penitencia y después de la Eucaristía. En esto consiste eliminar la levadura vieja de la corrupción y maldad y alimentarse con el pan ácimo que es el sacramento eucarístico.

3. Todos estamos llamados a ser testigos de la resurrección

            Eliminada de nuestra vida la vieja levadura del pecado, renacidos y resucitados mediante la participación en los sacramentos pascuales, el Señor nos pide también que seamos testigos de su resurrección en la sociedad y en los ambientes en que vivimos y trabajamos. Es lo que hicieron, primero las mujeres que acudieron al sepulcro muy de mañana y después los apóstoles. La 1ª lectura hacía referencia precisamente a la fuerza de este testimonio que nosotros deberíamos imitar. Bien están todas las manifestaciones de la piedad popular en la Semana Santa y en la Pascua, pero el Señor quiere, hoy como entonces, testigos convencidos y mensajeros eficaces de su resurrección. Como Pedro y los demás apóstoles de los que hablaba la I lectura. Con qué fuerza decían: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén… Lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día…” (Hch 10,39-40a; cf. 2,32; 3,15).

            Si los cristianos de hoy tuviéramos la convicción de la resurrección de Cristo que denotaban aquellos primeros apóstoles cuando decían: “Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe” (1 Cor 15,17), haríamos que cambiaran muchas cosas que lamentamos continuamente. Porque Jesucristo vive en sus verdaderos seguidores dándoles la fuerza necesaria para generar esperanza, transformar los corazones y dar a la ciudad terrena  un rostro nuevo que favorezca el desarrollo del hombre y de la sociedad según la lógica del amor cristiano con un respeto profundo de la dignidad propia de cada uno y, en definitiva, basados siempre en ese amor. No olvidemos que la Iglesia nació del convencimiento de la resurrección de Cristo que infundió fortaleza y decisión para propagar la fe y mantenerla viva con la fuerza de la caridad y de la esperanza.

            Ojalá que todos los creyentes en Cristo seamos capaces de unir los esfuerzos para construir una humanidad más justa y fraterna colaborando con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. ¡Feliz Pascua de Resurrección! Amén. Aleluya.

                        + Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65
Regístrate a nuestro Boletín de Noticias.