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2017 - MIÉRCOLES SANTO - MISA CRISMAL

(S.I. Catedral, 12-IV-2017) - "El Señor me ha ungido y me ha enviado"

            Is 61,1-3a.6a.8b-9; Sal 88             Ap 1,5-8             Lc 4,16-21

                        ¡Celebremos a nuestro Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo,
 a quien el Padre ungió con el Espíritu Santo! (cf. Hch 10,38)

       Un año más nos encontramos reunidos como presbiterio diocesano para renovar las promesas de nuestro sacerdocio en el marco de la Misa Crismal. Mañana es Jueves Santo y conmemoraremos, cada sacerdote con la comunidad que le ha sido confiada, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio. La concelebración de hoy, adelantada para que pueda participar el mayor número posible de presbíteros, pone de manifiesto de manera especialmente visible una realidad muy importante y significativa:Los presbíteros, consti­tuidos por la ordenación en el Orden del Presbiterado se unen todos entre sí por la íntima fraternidad sacramental. Pero especialmente en la diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el Obispo propio, forman un solo presbite­rio... porque ejercen un solo ministerio en favor de los hombres" (PO 28; cf. CD 28).

            Por eso, bienvenidos seáis los que procedéis de los arciprestazgos de Babia-Laciana y Omaña-Órbigo, de Bernesga-Torío y Curueño-Porma, de Rivesla-Cea, de Virgen del Camino y El Páramo, de Nuestra Señora del Mercado y San Marcelo, de Nuestra Señora de Regla y Centro Esla, de Tierra de Campos y Bajo Esla; los religiosos presbíteros y los vinculados a otras diócesis, prelaturas o comunidades. Congregados en la primera iglesia de la diócesis compartimos la palabra de Dios y el Cuerpo y la Sangre de Cristo renovando la fe en el sacerdocio y las promesas del ministerio para el bien de la Iglesia.

1.- Nuestro ministerio a la luz de la palabra de Dios

       Las lecturas bíblicas que se acaban de proclamar en el contexto de esta singular celebración que es la Misa crismal, iluminan algunos aspectos del misterio que celebramos. El texto más importante, el evangelio, nos presentaba a Jesús leyendo en la sinagoga de Nazaret el célebre pasaje relativo al Ungido de Dios, al que le fue dada la realeza y el sacerdocio con el Espíritu Santo, anuncio profético también del cumplimiento también en nuestro ministerio pastoral y sacerdotal consistente en hacer presente a Jesucristo como Profeta, Sumo Sacerdote y Rey. En esta perspectiva, la I lectura del profeta Isaías evocaba la función de los profetas al servicio del pueblo de Dios al que anunciaron los bienes mesiánicos de la justicia, la liberación, el consuelo y la alegría que vienen de Dios. El cuadro se completaba en la II lectura con el fragmento del Apocalipsis interpretado también en relación con el sacerdocio común de los bautizados que integran el pueblo de Dios, estimulando así nuestra función ministerial que nos exige, a vosotros y a mí, revitalizar dicho sacerdocio.

            A la luz de la palabra divina, el texto que he citado del Concilio Vaticano II contiene referencias muy ricas para nuestra vida y espiritualidad como presbiterio. En efecto, es muy significativa la alusión a la “íntima fraternidad sacramental” de todos lossacerdotes. Esto quiere decir que somos sacramentalmente hermanos de manera que esta fraternidad es fruto y consecuencia del sacramento del Orden que se nos ha conferido, aunque en grado diverso, a los presbíteros y a los obispos. Pero la realidad básica consiste en el don o carisma que recibimos en la ordenación. Esto es lo que nos hace a todos hermanos al comunicarnos la fuerza del Espíritu Santo y la capacidad sentirnos y reconocernos como tales para vivir fraternalmente. Esta vida fraterna se realiza de muchas maneras: acogiéndonos unos a otros; comunicándonos nuestros recursos, tanto espirituales como materiales; encontrándonos juntos para orar; supliéndonos en las ausencias o enfermedades; reuniéndonos para actualizar nues­tra formación teológica y pastoral;  procurando programar la acción pastoral para trabajar unidos apostólicamente. No cada uno por su lado.

2. El ministerio pastoral al servicio de todo el pueblo de Dios

        El texto conciliar nos recordaba también que el sostén de la fraternidad en el presbiterio ha sido confiado al obispo. Él ha recibido en la ordenación episcopal el carisma y la misión de expresar y realizar la unidad del presbite­rio diocesano. Mirando a nuestra hermosa iglesia catedral que nos acoge hoy, los arcos que definen las bóvedas tienen todos una piedra clave que no solo cierra sino que soporta, en realidad, a todo el conjunto. De la misma manera, en el arco de piedras vivas que es el presbiterio de una diócesis, el obispo es la pieza clave de dicho arco. San Ignacio de Antioquía lo indicaba así en el siglo I: "Vuestro colegio presbiteral, digno de Dios y del nombre que lleva, está armonizado con vuestro obispo como las cuerdas de una lira. Vuestro acuerdo y concordia en el amor es como un himno a Jesucristo. Procurad todos vosotros formar parte de este coro de modo que, por vuestra unión y concordia en el amor, seáis como una melodía que se eleva a una sola voz por Jesucristo al Padre, para que os escuche y reconozca por vuestras buenas obras como miembros de su Hijo"[1].

        En sintonía con la tradición apostólica, representada por san Ignacio de Antioquía, el Vaticano II decía también que los sacerdotes ejercemos “un solo ministerio en favor de los hombres”, es decir, estamos, al servicio de todos los miembros del pueblo de Dios sin excepción. El ser presbíteros, como el ser obispo, no es ningún privilegio ni es un fin en sí mismo que nos apartaría del resto de los fieles cristianos. Es un don que hemos recibido para ser signos efica­ces de la unidad entre todos los miembros del pueblo de Dios que es la Iglesia.En este sentido, nuestrafraternidad afectiva y efectiva manifiesta ante los fieles cristianos la vocación y la gracia de vivir como verdaderos hermanos. La fraternidad presbiteral, nuestro afecto mutuo, estimula a la entera comunidad diocesana en orden a constituir la unión en el amor que deseaba el Señor como recordaremos mañana, Jueves Santo (cf. Jn 13,34). En otras pala­bras: el presbiterio en torno al obispo es un signo patente y permanente que estimula y enriquece la unidad de la diócesis.

3. De la gracia recibida en la ordenación a la vida en fraternidad

       Queridos hermanos presbíteros: Estas afirmaciones acerca de nuestra profunda fraternidad pueden parecemos, aunque bellas, un poco utópicas. Sin embar­go, no lo son del todo: nuestra fraternidad se expresa en muchas realidades diferentes que van desde la asistencia a los sacerdotes mayores o enfermos hasta la ayuda mutua que os prestáis entre los presbíteros cercanos pasando por los grupos de sacerdotes que com­parten estudio, oración y proyecto pastoral. Esta fraterni­dad tiene también sus dificultades y sus puntos débiles que no debemos desco­nocer pero que tampoco pueden desanimarnos.

       Se trata de una vocación más que de una exigencia, de una meta procurada pacientemente día tras día. Por eso no debemos olvidar que allí donde puede abundar la dificultad de nuestro egoísmo sobreabunda la gracia de Dios en Jesucristo (cf. Rom 5,20). Esta referencia de san Pablo alusiva a la extensión del mal en el mundo superada con creces por la gracia de Cristo (cf. 2 Tes 2,7; 1 Tim 3,16), puede aplicarse de alguna manera a la gracia recibida en la ordenación. En efecto, nadie duda que el sacramento del Orden nos une a todos con vínculos de caridad apostólica, pero todos, apoyados precisamente en la gracia de Cristo, debemos llegar más lejos permaneciendo unidos y haciendo un sincero esfuerzo de estima recíproca, de respeto mutuo y de reconocimiento y valoración tanto de los dones de todos como de las diferencias positivas de cada uno.

      Al renovar dentro de unos momentos los compromisos de nuestro ministerio consignaremos públicamente nuestra voluntad de realizar en la vida práctica estas reflexiones doctrinales para extraer de ellas consecuencias espirituales y pastorales. No olvidemos, por otra parte, que nuestra actitudes como ministros de Cristo y dispensadores de los dones de Dios (cf. 1 Cor 4,1) se hacen realidad en la medida en que las relacionamos y contrastamos con lo que nos es concedido celebrar y recibir en cada día en la mesa del Señor. Que la Eucaristía, punto de encuentro de todos los sacramentos, ministerios y carismas eclesiales, sea siempre el principal punto de apoyo en nuestra vida.              

                                                           + Julián, Obispo de León


[1]Carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Efesios, 2,2 - 5, 2: Liturgia de las Horas, vol. III, II lect. del Oficio de lectura. 

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