Imprimir

2017 - DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

(S.I. Catedral, 9-IV-2017) - "¡Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús!”

            Mt 21,1-11             Is 50,4-7; Sal 21;             Fl 2,6-11             Mt 26,14-27,66

                                   Celebremos a nuestro Redentor Jesucristo:
"Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el ‘Nombre-sobre-todo-nombre" (Fil 2,9)

            Hoy, "Domingo de Ramos en la Pasión del Señor", mediante la procesión que ha precedido a la Misa, hemos inaugurado, “en comunión con toda la Iglesia, la celebración anual del Misterio pascual de la pasión y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo quien, para llevarlo a cabo, hizo la entrada en la ciudad santa de Jerusalén”[1]. De este modo hemos entrado en la semana grande de los cristianos, la Semana Santa. La misma procesión de los ramos y sobre todo el relato de la pasión del Señor que se acaba de proclamar, precedida de la profecía de Isaías y de la reflexión del apóstol san Pablo, nos invitan a no quedarnos en la mera contemplación externa del acontecimiento que vamos a revivir un año más, el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Si de veras queremos acompañarlo haciendo nuestros sus sentimientos, la liturgia de estos días irá desplegando para nosotros los sucesivos momentos y aspectos de este misterio de amor.

1. Significado de la entrada de Jesús en Jerusalén

     Jesús estaba en Betania, a pocos kilómetros de Jerusalén. Allí había resucitado a Lázaro, un hecho que conmocionó a la población. Por esta causa se había reunido mucha gente, pero también con motivo de la proximidad de la Pascua que congregaba siempre multitudes en la ciudad santa. Se palpaba el entusiasmo de los participantes pero también el disgusto de los líderes judíos que estaban maquinando dar muerte incluso a Lázaro (cf. Jn 12,9-10). En esa circunstancia Jesús decide dirigirse a Jerusalén y entrar en la ciudad santa montado en un pollino. La muchedumbre le acompaña aclamándole: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!». El evangelista san Mateo relaciona este hecho con las profecías mesiánicas (cf. Zac 9,9; Is 62,11). 

            Aquello tuvo una transcendencia singular: Jesús fue reconocido como Mesías, enviado de Dios y ungido para dar cumplimiento a la esperanza del pueblo que confiaba  todavía en la figura de un rey ideal, libertador de la dominación extranjera y defensor de la gloria y de los destinos de Israel (cf. Jn 1,41; 4,25). Fue ciertamente un momento decisivo en la vida de Jesús aunque no se cumplieran las expectativas de los hebreos motivadas por la situación sociopolítica que padecían. Jesús era el Mesías, pero su misión no era la propia de un libertador sino la del Siervo anunciado por el profeta Isaías en los pasajes como el que hemos escuchado en la I lectura: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos” (Is 50,6). La entrada de Jesús en Jerusalén representó, por tanto, el comienzo de la revelación del verdadero mesianismo no solo para Israel sino para toda la humanidad.

2. Nuestra actitud ante Jesús que pasa junto a nosotros

     Este ha de ser el significado y el valor del Domingo de Ramos. Su celebración  constituye también para nosotros un gran acto de fe si reconocemos en Jesús de Nazaret a nuestro Salvador y Redentor y aceptamos y profesamos que él es el Mesías también para nosotros. Aquel niño nacido en Belén, que durante treinta años vivió oculto en Nazaret como humilde artesano, reconocido y bautizado después por Juan en el Jordán para predicar el Reino de Dios difundiendo esta buena noticia y realizando curaciones y otros milagros, era efectivamente el enviado divino, el Mesías esperado. Pero ya entonces él mismo planteó a sus discípulos y contemporáneos una pregunta que nos dirige también a nosotros: ¿Quién dice la gente que soy yo?... Y vosotros, ¿quién decís que soy?” (Mt 16,13.15). La pregunta sigue siendo importante aquí y ahora, cuando comenzamos la Semana Santa y nuestras calles y plazas se empiezan a llenar de gente para contemplar las procesiones y los pasos que reproducen los momentos finales de la vida de Jesús.

            Si se hiciera una encuesta mientras pasa una procesión y nos preguntaran, ante lo que estamos contemplando, en qué nos fijamos, qué sentimos o experimentamos al pasar junto a nosotros las imágenes de Cristo y de la Virgen: ¿Seríamos capaces de olvidarnos por unos momentos del sonido de las bandas de música, de los tambores y matracas? ¿Podríamos prescindir, aunque fuera unos instantes, del desfile de los pasos, de las filas de penitentes y manolas y de las presidencias oficiales para fijar nuestra mirada en el rostro de Cristo y reconocer al Jesús del evangelio, al “varón de dolores… despreciado y evitado de los hombres.., acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado” (Is 53,3), del que san Pablo en la II lectura de hoy nos decía también que se despojó de sí mismo  tomando la condición de esclavo… se humilló… hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2,7.8)?

3. Participar en los sentimientos de Cristo durante la pasión

            Porque esto es lo esencial de la Semana Santa: reconocer en Jesús a nuestro Redentor, al Hijo de Dios hecho hombre que anunció antes de subir a los cielos: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20). Esta promesa justifica no solo las celebraciones que se desarrollan en el interior de las iglesias sino también las manifestaciones de la piedad popular que se suceden en las calles y plazas: las procesiones, los via crucis, las músicas, el olor a cera e incienso, etc., manifestaciones todas ricas y expresivas hasta el punto de constituir una referencia de nuestra cultura e idiosincrasia. Pero la cuestión fundamental sigue siendo si la memoria de los hechos evangélicos, el relato de la pasión del Señor que hemos escuchado, influyen realmente en nuestra vida hasta el punto de no dejarnos indiferentes como espectadores curiosos a los que no atañe lo que sucede y se representa.     

            Los que hemos participado en la procesión con palmas o ramos de olivo en las manos, y que ahora asistimos a la celebración eucarística que evoca la pasión y muerte del Señor, ¿hemos descubierto o empezado a descubrir que la verdadera vida consiste en seguir a Jesucristo y en poner en práctica lo que él enseñó y realizó mientras permaneció en este mundo? ¿Y que la solución a nuestros fallos y problemas pasa a través de la adhesión cordial y efectiva al evangelio que nos invita a vivir como verdaderos hijos de Dios, iluminados e instruidos por él en el sentido de la vida, y al mismo tiempo como hermanos de todos los hombres que comparten nuestra existencia y como nosotros tienen necesidad de ser amados, comprendidos y ayudados?  

            Queridos hermanos: San Pablo nos decía en la II lectura: "¡Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús!” (Fil 2,5). Esta es la pauta para estos días. Aquí residen la verdad, la belleza, la bondad y la fortaleza de la fe que el Señor nos ofrece a cada uno y a toda la familia humana en el misterio de su muerte y resurrección que vamos a celebrar en los próximos días. 

+ Julián, Obispo de León


[1]. Monición antes de la Bendición de los Ramos.

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65
Regístrate a nuestro Boletín de Noticias.