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MISA DE CLAUSURA DE LA XV SEMANA DE PASTORAL

(Iglesia del Seminario de San Froilán, 22-IX-2016)

“El Señor es compasivo y misericordioso”

Ex 3,1-8ª.13-15; Sal 102                           Lc 13,6-9

               “El Señor es compasivo y misericordioso” repetíamos a continuación de la I lectura acogiendo en nosotros el anuncio de la misericordia divina, manifestado por Dios a Moisés y corroborado por la breve parábola del evangelio. Estamos celebrando la eucaristía de acción de gracias al término de la XV Semana de Pastoral que nos ha convocado un año más al comienzo del curso para templar nuestros ánimos de manera que reanudemos las diversas tareas pastorales de nuestra Iglesia diocesana con espíritu de comunión eclesial, sentido de la responsabilidad personal y, sobre todo, con esperanza y alegría.   

1. En el marco del “Año Jubilar de la Misericordia”

Con la Semana de Pastoral que ahora concluye son ya quince las convocatorias que se han celebrado con esta finalidad, y todas con una notable asistencia y participación. La cifra invita a dar gracias a Dios y a quienes han hecho posible esta rica iniciativa, especialmente a la Vicaría de Pastoral, a las Delegaciones y Secretariados diocesanos, al Seminario de San Froilán, a los ponentes y otros colaboradores, y por supuesto a todos los que participáis de manera asidua. Porque dedicar unos días a escuchar unas ponencias, reflexionar y ver de qué modo se pueden llevar a la práctica ideas, métodos e iniciativas, es un modo de integrarse en la misión de la Iglesia diocesana y me atrevo a decir que lo es también de practicar la gran virtud de la misericordia, especialmente en este Año Jubilar dedicado a esta virtud y que camina ya hacia su término.

No quiero decir con esto que la participación en esta semanasea una obra de misericordia. Lo que pretendo señalar es el alcance, el significado último y, por consiguiente, el espíritu con el que se participa en esta iniciativa diocesana y con el que se debe salir hacia la misión que cada uno tiene en la comunidad concreta a la que está vinculado o a la que sirve o acompaña. Y aquí sí que aparece y sobresale la misericordia entendida no tanto como compasión que es tan solo un aspecto, sino ante todo como actitud de servicio, de generosidad, de entrega y de apertura hacia los demás, y de disponibilidad para dar y multiplicarse en todo aquello que es la misión de la Iglesia. Precisamente ahora, en las circunstancias en las que nos ha tocado vivir y trabajar, cuando se observa tanta indiferencia, tanto abandono y alejamiento práctico de la fe, lo mismo en jóvenes que en mayores, respecto de la parroquia, la comunidad o, sencillamente, la vida cristiana.

Recordemos que el Año de la Misericordia fue planteado por el papa Francisco, entre otros aspectos, como tiempo “en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización” de manera que “el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral” (EG 12). La misión de la Iglesia y, por tanto, nuestra misión es efectivamente una verdadera e inmensa obra de misericordia espiritual y corporal, que anuncia y lleva realmente la Buena Noticia de Jesucristo a quien no la conoce o la vive de manera insuficiente.

2. A la luz de la palabra de Dios que se ha proclamado

            Vistas así nuestra misión y nuestra acción pastoral, una cosa es clara: el Año de la Misericordia nos invita también a ser testigos convencidos y eficaces de esta realidad que está en Dios y que brota de él para nosotros y para todo el mundo. Es el mensaje de las lecturas que se acaban de proclamar. Fijémonos en el evangelio, la breve parábola de la higuera que, al no dar fruto por tercer año consecutivo, perjudica el terreno de manera que el dueño de la viña donde se asienta la higuera, decide arrancarla, pero el encargado de la finca le invita a esperar: Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante” (Lc 13,8-9a). En esta espera y, por tanto, en esta nueva oportunidad es donde se manifiesta la misericordia de Dios ofreciendo a todos más tiempo para la conversión y el cambio de vida. En saber esperar ha de consistir también nuestra actuación evangelizadora y pastoral, pero sobre todo en nuestra disponibilidad para seguir trabajando, cavando alrededor de la higuera y abonándola para que dé fruto más fácilmente.  

Apliquémonos nosotros también esta lección de la paciencia de Dios cuando nos asalte la tentación del pesimismo o del fracaso. Redoblemos así mismo la dedicación y todo lo que pueda ser una dosis mayor de amor, de ternura, de generosidad y de compromiso pastoral. Tratemos de imitar al Señor siendo como él, compasivos y misericordiosos con nuestros feligreses, alumnos, catecúmenos, etc. En este sentido la primera lectura evocaba la misericordia divina con el pueblo hebreo oprimido en Egipto. La escena es especialmente significativa. Dios se revela en la zarza que arde sin consumirse. Así es su amor, incombustible, eterno, transcendente, pero atento a la realidad humana: El Señor le dijo (a Abraham): ‘He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos’” (Ex 3,7). Dios no es indiferente ante el dolor de los hombres, su atención no es meramente pasiva. Por eso añade: “He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa” (3,8). Y el Señor no solo lo cumplió con el pueblo de Israel sino que lo sigue realizando en la historia de la humanidad, aunque a primera vista parezca que ha dejado solos a los hombres, inermes ante las consecuencias del odio o de la maldad.

3. El mensaje de la misericordia para una Iglesia que ha de realizarla cada día

Antes me he referido a la participación en la Semana de Pastoral como un modo de colaborar en la misión de la Iglesia diocesana practicando precisamente la gran virtud de la misericordia, especialmente en este Año Jubilar. Pero esto es solo el principio, porque la misión de la Iglesia no se reduce solamente a unas jornadas sino que es una función permanente en la que es preciso seguir practicando la misericordia y tratando de que todos los miembros de la comunidad eclesial la vivan y practiquen de manera constante. Y así es como la misericordia ha de manifestarse y sobresalir en todo momento y circunstancia de la vida de la Iglesia, no tanto como compasión, que no deja de ser tan solo un aspecto, como he dicho al principio, sino ante todo como actitud de servicio, de generosidad, de entrega y de apertura hacia los demás, y de disponibilidad para dar y multiplicarse en todo aquello que es la misión de la Iglesia.

Llevar a todos sin excepción la buena noticia del evangelio en las diversas acciones o tareas que comprende la acción pastoral de la Iglesia, a saber, la evangelización o primer anuncio, la catequesis y la iniciación en la vida litúrgica y en los sacramentos, la enseñanza religiosa y la formación permanente en la fe, las diversas formas de apostolado y de práctica de la caridad, la atención a los enfermos y disminuidos, la justicia social y la sensibilidad ante los problemas de nuestro tiempo, el respeto y cuidado de la naturaleza, el cuidado de la casa común como pide el papa Francisco -el pasado 1 de septiembre, jornada de oración con este motivo el papa habló precisamente de “usar la misericordia con nuestra casa común”-, el respeto a las creencias religiosas de los demás, etc. Toda nuestra vida, en cualquier circunstancia, puede y debe ser una gran obra de misericordia llevando a todos la buena noticia de Jesucristo y compartiendo paz, armonía, solidaridad, diálogo, colaboración, fraternidad… y, en definitiva, el amor cristiano.

Queridos hermanos: Comencemos el nuevo curso con estos sentimientos y actitudes que nacen de la misericordia.  

+ Julián, Obispo de León

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65
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