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MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS EN EL 75 ANIVERSARIO: P. San Fco. de la Vega

(León, 17 de junio de 2016) “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra”

            Ga 6,14-18; Sal 15            Mt 11,25-30

            “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños”(Mt 11,25). Estas palabras del Señor expresan del mejor modo posible los sentimientos que debemos tener esta tarde, reunidos como estamos para dar gracias a Dios en el 75 aniversario de la creación de la parroquia de San Francisco de la Vega. Culminan así una serie de actos religiosos y lúdicos que han festejado esta notable suma de años, una cifra muy significativa para la comunidad parroquial que, en comunión con el arciprestazgo de la Virgen del Camino y con las demás parroquias de la diócesis, hace presente a la Iglesia Católica en este querido barrio del margen derecho del río Bernesga.

1. La trayectoria pastoral de una parroquia en un barrio obrero

75 años como parroquia erigida canónicamente, y más de cien como presencia de los creyentes en Jesucristo en un barrio obrero asentado detrás de la estación del ferrocarril con todo lo que conlleva una zona industrial que, pese a las dificultades, ha crecido como comunidad humana y cristiana. Por eso es preciso recordar también con gratitud el esfuerzo creativo, el tesón pastoral y el espíritu fraterno de los sacerdotes que han sucedido en el ministerio parroquial y cuyos nombres están en el recuerdo de todos, así como la colaboración generosa de unos feligreses comprometidos con el barrio y la parroquia, que han puesto ilusión, trabajo y amor para sacar adelante esta comunidad. Mención especial merece así mismo la Cofradía del Santísimo Cristo del Perdón que ha cumplido también su jubileo, 50 años de confraternización, llevando cada martes santo su testimonio mediante la procesión, al centro de la capital.

“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra”. Permitidme a mí también, como pastor diocesano, unirme a todos vosotros en la alegría y el gozo, para dar gracias al Padre del cielo por todo lo que ha querido manifestar en esta parroquia a la que le cae muy bien el tener como titular y patrono a uno de esos «pequeños» que menciona el Señor en el evangelio: San Francisco de Asís. No os podían haber ofrecido mejor protector. Por eso he querido que la misa de acción de gracias evocara, como celebración votiva, la memoria de este santo que, como Jesús, se hizo pobre para enriquecer a los demás (cf. 2 Cor 8,9). Como sabéis, san Francisco era hijo de un rico comerciante en telas, pero el encuentro con Jesús lo llevó a despojarse de una vida cómoda y superficial, para abrazar «la señora pobreza» y vivir como verdadero hijo del Padre que está en los cielos y cuida con amor de todas sus criaturas, empezando por la misma naturaleza.

2. Algunas condiciones que garantizan el fruto pastoral

El amor a los humildes y sencillos, y la imitación de Cristo pobre para dedicarse a los demás fueron en San Francisco como dos caras de la misma moneda. Este modo radical de vivir constituyó no solo la clave de su relación viva con la persona de Jesús, al tratar de asimilarse a él, sino también el gran testimonio que ofrece a los que quieran realizar cualquier obra o misión de evangelización o de apostolado. Conocido es el episodio en que, con un gesto asombroso, se despojó de sus vestidos ante el obispo de Asís renunciando a la herencia paterna y dando a entender que no tenía nada más que la vida que Dios le había dado. Después, como en una segunda conversión, habiendo escuchado en el Evangelio de San Mateo el envío misionero de los Apóstoles, se sintió llamado a la predicación asociando a otros compañeros que adoptaron el mismo proyecto radical de vida cristiana. El papa Inocencio III intuyó el origen divino de aquel carisma y lo bendijo. De este modo, Francisco comprendió que todo don ha de ponerse al servicio del entero cuerpo de Cristo para realizarlo en comunión con la Iglesia y sus pastores. Hermosa y profética lección también para la misión de una parroquia y de cualquier comunidad cristiana.

En el evangelio hemos escuchado también estas otras palabras del Señor:“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,28-29). Ésta es otra verdad que San Francisco entendió maravillosamente: quien sigue a Cristo, ha de vivir como él y encontrar en él la mansedumbre y la sencillez de corazón. Esta realidad se cumplió plenamente en su vida: recibió la revelación de Jesús con la sencillez de un niño, tomando a la letra todas las palabras del Evangelio. Escuchando el pasaje en el que Jesús envía a sus discípulos a anunciar el reino, interpretó estas palabras como dirigidas a él y las convirtió en norma de conducta. Y a aquellos que le siguieron no quiso darles ninguna otra norma sino el Evangelio, porque para él todo se reducía a la relación con Jesús, a su amor. Los estigmas que recibió hacia el final de su vida son precisamente el signo de una relación tan intensa con Cristo que lo identificaba con él. Francisco fue siempre pequeño, quiso ser siempre pequeño delante de Dios, por lo que ni siquiera aceptó el sacerdocio para seguir siendo un simple hermano, el más pequeño de todos, por el amor del Señor. En San Francisco se cumplieron maravillosamente las palabras de Jesús: Mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11,30).

3. El testimonio de san Francisco, una ayuda inestimable para todos

En la carta a los Gálatas, de la que se ha tomado la I lectura, San Pablo ofrece la posibilidad de comprender algunos aspectos de este “yugo”. Usando dos expresiones que parecen contradictorias pero que, en realidad, se complementan, nos invita a "llevar las cargas los unos de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo” (Ga 6,2). Esto es lo que hizo San Francisco siempre, pues lo comprendió desde el principio de su conversión. Al final de su vida contaba: “Me parecía muy amargo ver a los leprosos, pero el mismo Señor me condujo entre ellos y practiqué la misericordia con ellos". He aquí el yugo, que consiste en cargar con el peso de los demás, aunque el hacerlo parezca difícil: "Aquello que me parecía amargo, se me hizo dulce en el alma y en el cuerpo”.

Un poco más adelante se encuentran las palabras de San Pablo que se han proclamado: En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Ga 11,14). Esta fue la clave de su vida, el libro que nunca dejó de leer con amor repasándolo de día y de noche. Desde el encuentro con el Crucifijo de San Damián a la impresión de los Estigmas, Jesús crucificado estuvo siempre delante de los ojos de Francisco como la mejor representación del amor de Dios que se dejó clavar en la cruz por nuestra salvación. Y es este fue el amor que Francisco quiso acoger identificándose totalmente con él.

Y esta es también la mejor regla pastoral para una parroquia, para una diócesis, para nosotros, los pastores, y para todos los que participan en la misión de la Iglesia, sea cual sea la función, el ministerio o el servicio que realicen o presten. Cristo crucificado fue para San Francisco la clave para comprender y vivir el evangelio, para entender y para predicar la palabra de Dios. Solo así se puede tomar de verdad sobre los hombros el yugo de Cristo. Solo así la carga pastoral o cualquier otra carga se hace liviana y llevadera. Lo dijo el Señor(cf. Mt 11,29-30).

Queridos hermanos: San Francisco fue un gran santo y un hombre sencillo, humilde y alegre. ¿Cómo no aceptar su mensaje tan lleno de vida, de significado, de esperanza? Él permanece aquí con nosotros en virtud del misterio de la comunión de los Santos y a cada uno, en este día jubilar de la parroquia, nos dice: “Inclinad el oído de vuestro corazón y obedeced a la voz del Hijo de Dios. Guardad sus mandamientos en vuestro corazón y cumplid sus consejos perfectamente” (Carta 6). Que este maravilloso aviso de vuestro santo titular siga impregnando la vida, la misión, el apostolado y el testimonio de esta querida parroquia de San Francisco de la Vega que, a partir de hoy, enfila nuevamente su presente y su futuro para gloria de Dios y salvación integral de todos sus feligreses.

+ Julián, Obispo de León

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