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VIERNES SANTO -2016- ACCION LITURGICA DE LA PASION DEL SEÑOR

(S.I. Catedral, 21-IV-2016)
"Mirad el árbol de la Cruz salvación del mundo"

            Is 52,13-43-12; Sal 30              Hb 4,14-16               Jn 18,1-19,42

            La liturgia de este día, solemne y austera, presidida por el relato de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan, en la que se pone de relieve el misterio de la cruz como la prueba decisiva del amor de Dios (Jn 3, 16-17), nos pone en contacto vivo con su misericordia infinita que venimos celebrando e invocando en este Año Jubilar dedicado a esa realidad divina y a su proyección sobre nuestra vida cristiana.

            Precisamente porque este año santo quiere ser un tiempo propicio para la Iglesia”, en el que “de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre” (MV 3), debemos levantar hoy los ojos hacia el árbol de la Cruz, siguiendo la invitación de la liturgia, para reconocer y apreciar el gran signo del amor inmenso de quien “tanto amó al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Sí, hermanos, dentro de unos momentos se nos dirá por tres veces: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo” (adoración de la Cruz). Se prolonga así en el tiempo lo anunciado por el profeta Zacarías y evocado expresamente por el evangelista: "Mirarán al que traspasaron"(Jn 19,37; Zac 12,10).

            Pero nuestra mirada no puede ser la de los curiosos que acudieron a presenciar la ejecución del profeta de Galilea que entró en Jerusalén montado en un pollino y aclamado por una multitud enfervorizada, y después fue entregado a Pilatos para que le diera muerte (cf. Mt 21, 11; 26, 3-4; Jn 18, 31). Tampoco ha de ser la mirada de los discípulos asustados que le seguían de lejos (cf. Mc 15, 40). Y menos aún la mirada de la cobardía inicial de Pedro (cf. Jn 18, 15ss.). La nuestra ha de ser la mirada de María, la Madre del Señor, y la de Juan, el discípulo amado, mirada transida de ternura y de compasión en ambos pero también de obediencia fiel a las palabras de Jesús desde el instante mismo en que fueron pronunciadas: Mujer, ahí tienes a tu hijo”; y al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27).

     Por eso, cuando dentro de unos momentos sea mostrada la santa Cruz a todos los presentes, contemplémosla en un acto de fe y de reconocimiento hacia el Padre que, movido por su misericordia, entregó a su Hijo "para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16). Y recordemos también a tantos hombres y mujeres, hermanos nuestros que participan en la pasión de Cristo a causa de la pobreza, la enfermedad, la violencia asesina e indiscriminada -el último episodio lo hemos tenido en esta misma semana en Bruselas- o que huyen de la guerra o son asesinados como las cuatro Misioneras de la Caridad de la Beata Madre Teresa de Calcuta, masacradas no hace un mes junto a otras doce personas por unos terroristas que entraron en el asilo de ancianos que atendían estas hermanas.

     La Cruz de Cristo y la de los todos los hombres y mujeres que sufren es un misterio, porque parece decretar el fracaso de Jesús cuando, en realidad, determina su victoria, la victoria, ciertamente, del amor sobre el odio, pero también el triunfo de la misericordia sobre una justicia mal interpretada. Dice el papa Francisco a propósito de la relación entre la justicia y la misericordia: Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios… La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón” (MV 21).    

            “Mirad el árbol de la cruz”nos dice hoy, Viernes Santo, la Iglesia. En la cruz resplandece la misericordia de Dios hacia todos los hombres, los que sufren y padecen sin haber cometido delito alguno, y los que, habiendo pecado, merecerían el castigo, porque Jesucristo ha cargado tanto con el dolor de los primeros como con la injusticia de los segundos. En la Cruz brilla y se ofrece la misericordia de Dios para todos, también para quienes le siguen ofendiendo directa o indirectamente, porque todo ser humano lleva impresa en su alma una impronta divina. Por eso Jesús pidió el perdón para todos sin excepción (cf. Lc 23, 34).

            Termino recordando una hermosa coincidencia: el Viernes Santo de este año ha caído el día 25 de marzo, el día en que la Iglesia conmemora y celebra el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de María. Algunos historiadores de la liturgia han apuntado que la fiesta de Navidad se fijó el 25 de diciembre, nueve meses después del 25 de marzo, basándose en un antiguo tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios y en la creencia de la que se hizo eco algún Padre de la Iglesia, en concreto san Agustín (De Trinitate, IV, 5), de que el Señor se encarnó en la misma fecha en que se produjo su muerte. Fuera o no cierta esa antigua creencia, el Señor, hablando con Nicodemo, relacionó también su glorificación y su entrada en el mundo: Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn 6, 62).

            Queridos hermanos: La Cruz de Cristo es el gran signo del amor inagotable de Dios que une la tierra y el cielo. Es un misterio de amor que no tiene explicación según nuestro modo de comprender las cosas, pero verificado realmente para nuestro bien. Por eso de la Cruz brota un caudal inagotable de misericordia y de esperanza que llega al mundo entero.

+ Julián, Obispo de León

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