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JUEVES SANTO - 2016 - MISA VESPERTINA DE LA CENA DEL SEÑOR

(S.I. Catedral, 21-III-2016)
“Una tradición que procede del Señor”

            Ex 12,1-8.11-14; Sal 115            1 Cor 11, 23-26             Jn 13, 1-15

            El Jueves Santo de este Año Jubilar de la Misericordia hace aún más vivo e intenso el sagrado recuerdo y lacelebración de los acontecimientos de la vida de nuestro Redentor que tuvieron lugar "hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres”, como dice la plegaria eucarística I o Canon Romano que usamos en este día. Entre esos hechos sobresale la última Cena del Señor con los apóstoles, iniciada con el lavatorio de los pies y prolongada en un largo coloquio de despedida. Estos hechos, conservados en la memoria viva de la Iglesia a lo largo de los siglos, siguen teniendo una gran fuerza actualizadora. Recordemos, de entrada, la gran afirmación de san Pablo en la segunda lectura al introducir el relato de la institución de la Eucaristía: “Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido” (1 Cor 11, 23). Esa tradición es la celebración de la eucaristía con todo lo que la debe acompañar.

1. Memoria y celebración de un amor "hasta el extremo"

            Al realizarla no estamos haciendo una simple evocación sino cumpliendo un mandato expreso del Señor. Lo que celebramos hoy, Jueves Santo, y cada vez que nos reunimos para participar en la eucaristía, no es un mero recuerdo del pasado sino el rito que hace presente, una y otra vez, el amor que movió a Cristo a dar su vida por nosotros anticipando esa donación en el gesto de partir el pan y ofrecer el cáliz. San Pablo dice: “Cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Cor 11, 26). Proclamar significa reconocer, actualizar, representar haciendo de nuevo actual la muerte del Señor. Una muerte por amor, el amor más grande que consiste en dar la vida (cf. Jn 15, 13). Por eso la eucaristía, de manera misteriosa pero real, hace a Cristo presente con su amor y nos atrae a nosotros hacia ese amor.

            El evangelista san Juan introduce el relato de los hechos acaecidos durante la última cena con estas palabras: "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo"(Jn 13,1). Toda la existencia humana de Jesús fue un reflejo del amor de Dios Padre, el Dios de la misericordia que ha seguido amando a su criatura, el hombre, incluso después del pecado. Pero, al llegar el final, Jesús manifestó ese mismo amor en su propia humanidad, amándonos “hasta el extremo”, es decir, hasta el límite del amor,ocultando incluso su condición divina como si se despojara de ella. Así lo refleja desprendiéndose de sus vestiduras y rebajándose para lavar los pies a los discípulos. San Pablo comentará: “El cual (Jesús), siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo  tomando la condición de esclavo” (Fil 2,6-7).

El amor hasta el extremo hace que el Señor siga arrodillándose misteriosamente ante los hombres y desempeñe el servicio del esclavo lavando nuestros pies sucios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que no podríamos lograr por nosotros mismos si Él no nos hubiera purificado ya en el sacramento del bautismo, lavándonos no solo los pies sino también las manos y la cabeza como terminó pidiendo el apóstol Pedro (cf. Jn 13,9). Ante esa necesidad de purificación integral, deberíamos reflexionar, examinar nuestra vida y acudir con mayor frecuencia al sacramento de la Penitencia que nos eleva a la altura del Hijo de Dios para poder acercarnos a la mesa eucarística limpios y reconciliados.

2. Consecuencia y compromiso de amor por nuestra parte

            Y si el lavatorio de los pies fue una gran prueba de amor por parte de Jesús y el dejarnos lavar y purificar por Él un reto para nosotros, no lo será menos el deber de practicarlo con nuestros hermanos. Porque, situado nuevamente en la mesa, el Señor reveló hasta qué extremo llegaría su amor, pero también hasta donde debe llegar el nuestro si de veras queremos imitarle poniendo en práctica el modelo. Por eso comenzó animando a los discípulos a fijarse en lo que acababa de hacer con ellos: “Me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13,13-14). Las palabras no podían ser más claras y apremiantes: “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13, 15).

Pero Jesús no se limita a dar ese encargo que tiene mucho que ver con el mandamiento del amor que anunciará más tarde comola última voluntad de quien sabe que va a morir. Su ejemplo obedecía a su amor ilimitado (cf. Jn 13, 1). Por tanto, lo que nos manda a los discípulos responde a ese amor, pero comprende también el amor que llamamos “fraterno”, de unos para con otros, el amor o caridad de los discípulos entre sí.  En este sentido, la caridad es consecuencia y exigencia, a la vez, del amor Cristo para con nosotros. Su iniciativa, que desconcertó al apóstol Pedro, se vio reforzada a continuación por las palabras que el Señor pronunció más adelante: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros”  (Jn 13, 34). Por eso, si el “como yo os he amado” de Jesús no tuvo medida, el amor fraterno entre nosotros, los discípulos, tampoco debe tenerla.

No hay duda de que este amor es difícil y en ocasiones parecerá imposible. Todos somos conscientes de cuán lejos estamos a menudo de esta exigencia del mandamiento del amor en nuestra vida, incluso en los ámbitos aparentemente más fáciles, como es la familia, la comunidad, el lugar del trabajo, la vecindad, la parroquia, etc. Y, sin embargo, el Señor nos apremia diciendo: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Jn 13, 35; cf. 15, 12ss.)

3. Jueves Santo, día del amor fraterno y de la misericordia

            Hoy es Jueves Santo. Algunos recordarán que, hace años, se hablaba del “día del amor fraterno”, estimulados por la institución católica de Caritas que ha procurado siempre no solo la comunicación de bienes con los necesitados sino también la formación de las conciencias en favor de la justicia social. El título sigue siendo válido para llevar a todos los ámbitos de la vida el mensaje, inagotable ciertamente, del amor de Cristo. Este mensaje, definido por la misericordia en este año jubilar dedicado a esta virtud, no puede quedar reducido a una hermosa doctrina, ni siquiera a un ideal de perfección más o menos alcanzable. Si no se traduce en la práctica diaria abarcando todos los aspectos de nuestra existencia, será un mensaje estéril. Palabras como compasión, perdón, reconciliación y la misma palabra “misericordia” no significarían nada o apenas producirían fruto alguno.

            Al contemplar a Cristo, en el comienzo de su pasión, lavando los pies a sus discípulos y celebrando con ellos la última cena para dejarles la Eucaristía como memorial permanente de su entrega total y el mandamiento del amor como distintivo, preguntémonos hasta donde llega nuestra capacidad real de amor, solidaridad, generosidad, compasión, servicio y misericordia, en una palabra. El Señor lo dijo muy claramente: Lo que hagamos o dejemos de hacer en favor de los necesitados, lo hacemos o lo dejamos de hacer con Él mismo (cf. Mt 25, 40.45). Nos lo ha recordado también, expresamente, el papa Francisco al convocar el Año Jubilar de la Misericordia: En cada uno de estos ‘más pequeños’ está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado” (MV 15).

            Queridos hermanos: La misericordia es mucho más que un sentimiento, una actitud espiritual o una virtud muy recomendada, y lo es ciertamente. La misericordia  es también un don de Dios que debemos pedir humildemente con el corazón dispuesto a compadecer, servir, perdonar y amar. Por algo el Señor dijo: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7).

+ Julián, Obispo de León

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