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FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

JUBILEO DE LAS FAMILIAS (Basílica de San Isidoro, 27-XII-2015)

“La familia, hogar de la misericordia”

Eccl 3,3-7.14-17; Sal 127               Col 3,12-21               Lc 2,22-40

            Apenas abierto el Año Jubilar de la Misericordia, cuando todavía resuena en nuestros oídos el anuncio de la más hermosa y grande noticia de la historia humana: "Os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor" (Lc 2,11), nos encontramos realizando la primera gran convocatoria del año santo para grupos especiales, el Jubileo de las familias cristianas de nuestra diócesis, coincidiendo con la fiesta litúrgica de la Sagrada Familia.

Saludo a todos con afecto, gratitud y alegría por vuestra presencia: a los esposos y a los novios, a los padres y a los hijos, a los mayores y a los pequeños, a todos los presentes, porque la familia es una realidad humana a la que casi nadie se substrae.

1. El Año Jubilar de la Misericordia debe ser una fiesta familiar

            Y en efecto, el carácter festivo y alegre que caracteriza la Navidad se da también en este encuentro específico de las familias cristianas que celebran el Año Jubilar de la Misericordia convocado por el papa Francisco e inaugurado hace apenas quince días en todas las diócesis del mundo. Vosotros sois el primer grupo cualificado de nuestra Iglesia diocesana que responde a mi invitación a celebrar conjuntamente el Jubileo, y lo hace en un día muy señalado del calendario cristiano, la fiesta de la Sagrada Familia. Estas referencias deben recordarnos que la familia, aunque solo sea como realidad humana, es fuente de vida y fundamento de la sociedad; y basada en el matrimonio cristiano, es comunión de personas, reflejo e imagen del ser mismo de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, generadora de amor y, como dice el lema de la actual jornada eclesial, “hogar de la misericordia”. No en vano la familia y la misericordia brotan del mismo amor de Dios manifestado en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado en la Virgen María y ejemplarmente sujeto a la paternal custodia de San José en Nazaret a la vez que crecía “en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”  (Lc 2,52).

            En este sentido no solo la Navidad es expresión del misterio de la encarnación del Hijo de Dios por obra y gracia del Espíritu Santo, sino que lo es también la familia cristiana, porque nuestro Señor Jesucristo, al asumir nuestra condición humana para redimirnos del pecado y de la muerte, quiso unirse a una familia transformada en hogar de la misericordia divina y referente de toda comunidad eclesial (cf. CCE 2205 ss.). El fruto de esta obra ha sido la redención de la humanidad y la divinización y adopción filial de quienes por el bautismo hemos sido hechos hijos de Dios. Por eso es justo y oportuno que el Año Jubilar de la Misericordiase celebre como fiesta familiar de todos los cristianos y que las familias, al celebrar el Jubileo de la Misericordia, se sientan especialmente vinculadas a este acontecimiento gozoso.

2. Las familias cristianas en el Año de la Misericordia

            La alegría y la eficacia de esta particular convocatoria de matrimonios y de familias con motivo del Año Jubilar de la Misericordia serán tanto mayores en la medida en que cada uno trate de vivir esta celebración con un profundo sentido de conversión personal a Dios y de apertura fraterna hacia los demás. El Jubileo tendrá así una repercusión particular en el ámbito de la familia, espacio privilegiado para poner en práctica los consejos de san Pablo en la segunda lectura: como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3,12). Ahora bien, estas virtudes y valores se han de cultivar también en otras realidades eclesiales: las parroquias, las comunidades cristianas, las asociaciones de fieles, los movimientos apostólicos, etc., pero es indudable que es en el ámbito doméstico donde adquieren su principal significado y eficacia.

            Porque es aquí, como han recordado los obispos de la Subcomisión episcopal de la Familia, donde esta se manifiesta como hogar de la misericordia y del amor cristiano. En efecto, “cuando la familia vive desde ese amor que ha recibido y cuando hace de su hogar un lugar privilegiado para la misericordia, se transforma en un don del Dios-Amor”, mostrándose de este modo a los demás, “como un verdadero nido de amor, casa de acogida, escuela de madurez humana y lugar propicio para cultivar las virtudes cristianas en los hijos”[1]. De hecho, en la convivencia cotidiana es donde se aquilatan las virtudes y donde se descubren los defectos. A veces es difícil evitar que haya roces, discusiones, faltas mutuas, pero no hay que olvidar que la gracia del sacramento del matrimonio y la fuerza del amor cristiano intervienen también para suavizar y enriquecer la vida de cada día, ofreciendo y recibiendo el perdón como camino de reconciliación y, en definitiva, para afirmar la relación diaria en el amor verdadero que es, en palabras de san Pablo también, el vínculo de la unidad perfecta” (Col 3,14).

3. La familia, ámbito para descubrir la vocación personal de cada uno

            Hay otro aspecto en la fiesta de hoy que no quisiera dejar de recordar a propósito de la escena relatada en el evangelio. En él hemos escuchado que María y José viajaron a Jerusalén para la fiesta de la Pascua acompañados de Jesús, que acababa de cumplir doce años de edad. Al término de la peregrinación, durante el regreso, el Niño permaneció en Jerusalén sin que sus padres se apercibieran de su ausencia. Después de tres días de búsqueda angustiosa lo encontraron en el templo en medio de los maestros de Israel. María no pudo por menos de quejarse cariñosamente, como haría cualquier madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Jesús responde: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,48-49). Esta fue la primera auto-revelación, por parte de Jesús, de su futuro destino. El Evangelio añade que María y José no comprendieron estas palabras. No obstante, el evangelista añade que “su madre conservaba todo esto en su corazón”(2,50), indicación difícil de interpretar pero que probablemente insinúa también el respeto hacia la futura misión del Jesús.

Al proclamar este relato evangélico, la fiesta de hoy nos invita a reflexionar sobre el misterio no solo del Niño Jesús sino de cada niño o niña, adolescente o joven que ha venido a este mundo. "La herencia que da el Señor son los hijos" afirma el salmo 127 (Ps 126,3a). Por lo tanto, para los creyentes, Dios tiene un proyecto, un plan, sobre cada ser humano que nace. De alguna manera se insinúa, aquí también, que toda persona está llamada a salir del ámbito de la familia de origen para encontrar, en la obediencia a Dios, la dimensión trascendente de su vida más allá de la posible tentación posesiva personal por parte de los progenitores. Los padres y las familias sabéis lo que esto significa, especialmente cuando se trata no tanto de optar por el matrimonio o por una determinada profesión civil, como de secundar la vocación sacerdotal o religiosa.

Jesús afirmó varias veces que tenía a Dios como Padre (cf. Lc 10,22; Jn 20,17) revelando una relación que sobrepasaba el ámbito paterno-filial humano. No obstante, se sometió a quienes representaban en lo humano la autoridad divina: "Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos”(Lc 2,51; cf. Col 3,20; Eclo 3,2-6). Pero estas palabras que cierran el relato evangélico de hoy tienen también otro significado importante. Nos ayudan a comprender y valorar, así mismo, que el proyecto de Dios sobre cada persona se logra a través del crecimiento y de la madurez en el seno de una familia responsable. Por su parte, María y José ofrecieron sin duda a Jesús su experiencia y sus conocimientos sin dejar, por ello, de estar abiertos al plan de Dios para su hijo. Es claro que la familia en la que el ser humano nace y crece tiene una importancia ciertamente fundamental. Pero cada persona, es decir, cada niño o cada joven, tendrá que saber transcender el ámbito familiar, en su momento y en la medida necesaria, para encontrar en la obediencia a Dios, sobre todo si ha recibido una educación cristiana, la dimensión última de su vida.

            Queridos hermanos: También en estos aspectos tan fundamentales de la vida familiar como son la educación de los hijos y la asunción por estos de sus responsabilidades personales, ha de estar presente un amor generoso e incluso tocado por la gracia de Dios. Un amor que, en el fondo, será expresión también de auténtica misericordia, una de las virtudes evocada por san Pablo en la II lectura de hoy y que, en palabras del papa Francisco es fuente de alegría, de serenidad y de paz… y la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida” (MV 2).

+ Julián, Obispo de León


[1] Subcomisión Episcopal para la Familia, Familia, hogar de la misericordia (Nota de 27-XII-2015).

Plaza de Regla, 7 * 24003 León (España)
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