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MIERCOLES DE CENIZA

(S.I. Catedral, 10-II-2016)  "Convertíos al Señor… un Dios compasivo y misericordioso"

            Jl 2,12-18; Sal 50             2 Cor 5,20-6,2               Mt 6,1-6.16-18           

            “Convertíos a mí de todo corazón, con ayunos, llantos y lamentos;rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos, y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso…”  (Jl 2,12b-13a). Estas palabras del profeta Joel adquieren un especial significado al comienzo de la Cuaresma de este Año Jubilar de la Misericordia que venimos celebrando. No solamente nos introducen en el espíritu de este privilegiado y singular tiempo litúrgico sino que ponen de relieve la motivación profunda que debe animarnos a todos a emprender con empeño y compromiso personal y comunitario el camino que desembocará en la celebración gozosa de la Pascua.

1. La conversión del corazón y la misericordia divina

Escuchando la voz del profeta Joel que habla, ante todo, de la necesaria conversión del corazón como actitud fundamental para este tiempo de gracia que es la Cuaresma, entendemos que la conversión es mucho más que un mero cambio de conducta. Quiero decir que, más allá de nuestra actitud de arrepentimiento de los pecados y del deseo sincero de avanzar por la senda de los mandamientos divinos, está siempre el gran misterio de la bondad de Dios que se manifiesta “compasivo y misericordioso”. Esta es la verdadera y más profunda motivación que debe impulsarnos, al llegar el miércoles de Ceniza, a emprender el itinerario que nos conduce a la reconciliación con Dios como ideal y meta de la práctica cuaresmal. La Cuaresma cobra, pues, todo su significado saludable cuando se la considera y se la vive con la conciencia de que el Señor, nuestro Dios, es verdaderamente “compasivo y misericordioso” y que, por tanto, todo hombre es un hijo amado por él y llamado a participar en los bienes que le tiene reservados.

La conversión entraña el reconocimiento de la misericordia divina. Lo ha recordado expresamente el papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año jubilar al referirse al modo como ha sido revelado el misterio de la misericordia a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dice el papa: “Dios se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión entrañable, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo de la alianza y es preciso ratificarla de modo más estable en la justicia y la verdad” (Mensaje, n. 2). Detrás de estas palabras está la imagen bíblica, cultivada por el profeta Oseas, del amor nupcial en el que Dios desempeña el papel del esposo de su pueblo y que, al verse olvidado, se enternece aún más y hace más patente y extensiva su compasión (cf. Os 1,7).

Y es que la misericordia de Dios, como recuerda también el papa Francisco, “no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Dios revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón” (Misericordiae Vultus, 6).

2. Obras dignas de conversión y de misericordia

            Pero la conversión no se limita solamente a reconocer la bondad divina en nuestra vida. Este reconocimiento está sin duda en el origen de la conversión, pero ha de traducirse también en la práctica de obras coherentes con esa misericordia que apreciamos. Esto es lo que significa el recibir la ceniza en el comienzo de la Cuaresma. Se trata de un rito que tiene varias lecturas e interpretaciones, pero que significa substancialmente el compromiso indispensable del que quiere avanzar por las sendas de la salvación practicando las obras de la justicia, es decir, las obras de la misericordia. En este sentido, el gesto simbólico de la imposición de la ceniza, ilustrado oportunamente por las palabras que lo acompañan: “Conviértete y cree en el Evangelio” (cf. Mc 1,15) o también: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" (cf. Gn 3,19), no solo evoca con fuerza la condición humana, limitada y débil, sino que subraya también la necesidad de una conducta coherente para avanzar por el camino de la perfección cristiana. El rito pide a todos una actitud o propósito de cambio y una conducta efectiva y práctica, coherente con la palabra de Cristo.

Por eso el llamamiento del profeta Joel, recordando el compromiso espiritual que ha de traducirse en gestos y en obras concretas de justicia, se ve reforzado por las palabras del Señor en el evangelio cuando reclaman la verdad con la que hay que realizar la limosna, la oración y el ayuno: Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial”(Mt 6,1). La auténtica conversión no puede, pues, reducirse a meras intenciones o a vagos propósitos que luego no se cumplen o se cumplen a medias, sino que exige la realización de todo aquello que el Señor propone en el evangelio. En esa práctica se sitúan precisamente las obras de misericordia corporales y espirituales,tan fuertemente subrayadas por el papa Francisco al convocar el Año Jubilar de la Misericordia exhortándonos a redescubrirlas y realizarlas porque el Señor las ha presentado a modo de piedra de toque “para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos” (MV 15). En efecto, las obras de misericordia “nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo” (Mensaje, 3).

3. La misericordia divina transformará nuestras vidas

Ciertamente, la misericordia de Dios, acogida sinceramente en nuestra vida, tiene el poder de transformar nuestros corazones haciéndonos experimentar su amor fiel y haciéndonos capaces, a la vez, de imitarle mediante esas obras que contribuyen a despertar nuestra conciencia, a veces aletargada ante las situaciones de pobreza o de abandono material y espiritual de tantas personas. Recordemos que estas obras, aun en su formulación más sencilla, guardan una estrecha relación con el discurso de Jesús sobre el juicio final de los hombres: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme…”(Mt 25,34-36; cf. 31-45)”.Por eso, que nadie dude que la práctica de las obras de misericordia es la señal más segura de una auténtica conversión cuaresmal, la verdadera transformación del corazón que se traduce también en otro gran aspecto que aparece también en la liturgia de la palabra de esta celebración. Me estoy refiriendo a la gracia de la reconciliación con Dios a la que aludía san Pablo en la segunda lectura al afirmar: “Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5,20).

Queridos hermanos: La conversión cuaresmal, manifestada en las obras de misericordia, desembocará en una transformación interior de todos nosotros por Jesucristo. Dicho de otro modo, esas obras que pertenecen al ámbito de la gracia de Dios y de su acción santificadora en nosotros -en eso consiste en última instancia la reconciliación- solo serán auténticas si las emprendemos en referencia a Cristo y a su obra redentora verificada en la cruz. En efecto, solamente en Él reside la fuerza capaz de transformar la situación de pecado en situación de gracia. Él hará que nuestras obras de misericordia, corporales y espirituales, sean eficaces verdaderamente en orden a nuestra propia salvación y a la de toda la humanidad (cf. 2 Cor 5,21; Ef 2,14.16). De ahí la invitación final del apóstol invitándonos a dejarnos reconciliar con Dios, siempre dispuesto a la misericordia y al perdón.

+ Julián, Obispo de León

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